Cachito de Cielo
Cachito de Cielo
Ramón volvió a sentir la soledad, algo que en las últimas horas se había esfumado con la compañía de Álvaro y DALIA. Ahora volvía a estar solo, pero tenía un propósito y un destino.
Pasó la mano por el depósito casi sin darse cuenta, como si comprobara que seguía ahí…
o que él seguía aquí. Subirse a la moto le dolió bastante.
La rodilla derecha protestó con ese pinchazo que siempre llegaba antes que cualquier pensamiento.
Apretó los dientes, apoyó el peso con cuidado y se sentó.
Dio contacto y el clic cortó el silencio de la calle.
De repente, Ramón volvió a escuchar lo que importaba: el latido mecánico de la máquina.
Era el mismo manillar, el mismo olor a gasolina y el recuerdo de Daniel, años atrás, con la risa fácil y el casco mal abrochado, prometiendo que «solo una vuelta, papá, solo para aprender a soltar el embrague».
Terminó de girar la llave y el arranque rugió como un impacto en su pecho.
El sonido lo devolvió de golpe al presente: a una ciudad sin semáforos y con demasiada gente inventándose normas.
Ramón dejó que el motor se estabilizara un segundo, escuchando el ronroneo: era un sonido que desde siempre le había tranquilizado.
Se colocó el casco y lo ajustó sin prisas. Y salió.
Madrid era un atasco constante, nada había cambiado incluso con unas horas de por medio. Las calles estaban colapsadas por vehículos abandonados que convertían el asfalto en un laberinto de chapa y cristales. Avanzar por ellas era un ejercicio de paciencia y reflejos.
Ramón se deslizó despacio atento a los detalles. Más allá, empezaban a verse los primeros controles policiales. Era una fila de conos, con coches de la local cruzados, policías con chalecos reflectantes y las linternas barriendo la calzada.
No quería llamar la atención, así que bajó un poco la velocidad. La moto le daba agilidad, pero lo convertía en un blanco solitario en una calle donde cualquier movimiento rápido atraía los ojos de quien estuviera buscando algo.
El centro de Madrid mostraba un movimiento distinto: era una marea humana que desbordaba las aceras y ocupaba el asfalto, moviéndose por inercia hacia ninguna parte.
En algunas azoteas, se podía ver el brillo artificial de luces que no deberían estar ahí: eran puntos de luz donde el poder seguía respirando mientras el resto de la ciudad se ahogaba.
Si Álvaro encontraba a Lucía, la llevaría directamente a uno de esos sitios con luz. A su ático. Ramón apretó el manillar, intentando convencerse de que el chico sabía manejarse solo.
Llegó con tiempo de sobra. A pesar del caos, de los cruces bloqueados y de los controles improvisados, la moto le había dado una velocidad que el resto de Madrid ya no tenía. El reloj no mentía: había llegado demasiado rápido. Y eso no era buena señal.
Reduciendo la velocidad, buscó el punto exacto. Se metió en un hueco entre dos coches, apagó el motor y dejó que el silencio le entrara en los oídos. Se quitó el casco y se colocó una gorra en su lugar porque no quería mostrarse mucho.
El silencio de Chueca era artificial y denso; el tipo de calma que precede a una carga policial.
Bajó de la moto con cuidado y el dolor en la rodilla volvió a recordarle que tenía el cuerpo machacado de tantos años. La empujó un poco más y la dejó ladeada, lo justo para que quedara escondida. Se apartó dos pasos y eligió un portal cercano para ocultarse.
Se colocó allí con la espalda contra la pared, como había hecho mil veces en otras épocas. La diferencia era que antes tenía radio, apoyo y el país obedecía, aunque fuera de mala gana. Ahora estaba solo.
Entonces vio la capilla.
Cachito de Cielo.
La entrada era sobria y triste para ser una capilla: la fachada era de piedra vieja, con una puerta de madera oscura con herrajes gastados y un pequeño arco sin ninguna pretensión. Dentro, se veía otra puerta de madera más clara con una cruz negra.
Ramón notó la boca seca de la tensión acumulada. Miró el reloj y solo quedaban unos minutos. Le costaba no moverse ni mirar demasiado pero no quería parecer alguien esperando a alguien.
En el centro de Madrid el ruido iba creciendo poco a poco. Cada vez más gente bajaba por las calles laterales como si el centro de la ciudad los atrajera por pura gravedad. Y, por debajo de todo eso, flotaba la sensación de ser observado sin poder señalar a nadie.
El policía se dijo que era la tensión y el cansancio de no haber dormido. Se limitó a apretar más el hombro contra la pared y a mirar la puerta de Cachito de Cielo. En ese mundo sin luz, aquel trozo de madera era la única entrada a la verdad.
Aranda llegó a su hora de siempre como si el país no estuviera apagado.
Lo vio aparecer al final de la calle con un paso rápido y exacto.
Caminaba solo y llevaba una mochila pequeña colgada de un hombro y un gesto que Ramón conocía: el de quien no mira a los lados porque ya lo ha mirado todo antes.
Se detuvo ante la puerta y entró sin dudar.
Ramón esperó cinco segundos. Se despegó de la pared y cruzó la calle con decisión. Al llegar a la puerta, vio el hueco aún abierto que había dejado Aranda a su paso. Entró y al cruzar el umbral, la luz tamizada de las velas no le trajo paz. La capilla le recibió con un silencio estanco y pesado.
Justo antes de que la puerta se cerrara del todo, su instinto le obligó a mirar por la rendija. Lo que notó fue simplemente un parpadeo de movimiento en la acera de enfrente o una sombra que se recolocaba. Tenía claro que no era un peatón perdido, sino alguien con disciplina que sabía esperar.
Lo que ahora había afuera era gente moviéndose con intención.