Enlace
Enlace
La pregunta seguía flotando en el aire entre ambos: ¿dónde está Lucía?
Todavía en el portal, la tensión del encuentro les acortaba la respiración. Esperaron en silencio mientras Álvaro exhibía esa tranquilidad aterradora del que ha calculado todas las formas posibles de morir esa noche.
Cuando el ruido exterior volvió a ser el ruido de la calle —con coches parados, alguna radio y una discusión a distancia— Álvaro dijo sin dramatismo:
—Nos vamos a ir. No te muevas rápido y no mires atrás.
Mara apretó los dientes.
—¿Quién eres tú para darme órdenes, Álvaro?
Entonces la miró por primera vez de verdad, con los ojos rojos y la cara de no haber dormido.
—¿Cómo sabes quién soy?
Mara tardó un segundo en contestar, lo justo para calibrar si era seguro decirlo.
—Por Lucía —dijo, midiendo la distancia—. Eres el nombre que más ha repetido en las últimas cuarenta y ocho horas. Te reconozco por las fotos, aunque en persona pareces bastante más acabado.
Álvaro bajó la vista un instante, encajando el golpe en silencio.
—¿Te ha hablado… hace poco? —preguntó, sin querer.
—Me hablaba antes y me habló hace poco. —Lo miró directamente—. Así que deja de hacerte el extraño conmigo que el raro aquí eres tú.
—Dime, ¿dónde está Lucía ahora?
Mara respiró hondo. Dentro del portal olía a la humedad de la escalera y en el patio interior caía una luz azul débil proveniente del reflejo de algún ventanal. Allí, por primera vez desde el apagón, se podía hablar sin que el mundo impusiera su presencia.
—No lo sé —dijo Mara—. Ayer por la noche, después del apagón fue a buscar a Ramón. Supongo que iría a su casa.
Álvaro maldijo en voz baja.
—¿Qué pasa?
—Pues que Ramón no estaba. Anoche, después del apagón, estaba conmigo.
—Lucía ayer no estaba bien, estaba como… encendida y la cabeza le iba a mil. Había tenido un día raro, con mensajes extraños en el portátil y fotos en su móvil como si la estuvieran vigilando.
A Álvaro se le cerró el estómago. Un frío denso le subió por la nuca, idéntico al que sintió al leer el mensaje de la impresora térmica.
El patrón se repetía: el acoso, la vigilancia, y ahora la desaparición de Lucía.
Estaban estrechando el cerco. Y cada movimiento parecía conducirlos al mismo punto.
Bajó la vista un segundo mientras pensaba en qué sitios podría haberse metido Lucía.
—¿Tienes cómo localizarla? —le preguntó a Mara, que soltó una risa irónica.
—¿Con qué? ¿Con la cobertura? ¿Con WhatsApp? —Se señaló el bolso—. Anoche en comisaría ya era un chiste. Y esta mañana sigue igual.
Álvaro miró el dispositivo que aún sostenía. La pantalla seguía apagada, sin rastro de SIGNAL_L ni de ninguna red de emergencia. La cobertura no había vuelto y Lucía estaba ahí fuera, incomunicada.
Mara no le dejó escapatoria.
—Ahora me toca a mí, Ortega. —No había confianza en el tono—. ¿Qué haces tú aquí? ¿Cómo me has encontrado? Y, no me mientas, ¿por qué buscabas a Lucía?
Álvaro guardó silencio un instante; Mara notó cómo medía cada palabra antes de abrir la boca.
—Anoche, en la oscuridad, pensé que seguía a Lucía —admitió él—. Cuando por fin te vi la cara... supe que había cometido un error de cálculo.
—Eso ya lo sé —dijo Mara mirándole con intensidad.
Álvaro apretó la mano alrededor del móvil y lo bajó.
—Esto está provocado —dijo, por fin—. Hay gente detrás de esto y tiene que llevar mucho tiempo preparándolo. Y ayer, con el eclipse, lo han ejecutado. Todo está demasiado sincronizado para ser una coincidencia.
Mara se quedó quieta. Lo escuchaba como policía, pero también como alguien que había estado doce horas en una comisaría viendo cosas que no encajaban.
—¿Qué gente?
—No te puedo decir nombres porque no lo sé. Pero creo que quieren algo más que apagar el país entero.
—A ver, Álvaro, dímelo claro.
—Anoche nos atacaron —dijo, agotado—. A mí y a lo que tenía montado.
—¿Qué demonios tenías montado?
—Es un sistema. —Se corrigió con un pequeño gesto—. Una ayuda. Algo que nos puede dar información para entender lo que está pasando y para ordenar el caos. Tiene capacidad para predecir y actuar, pero no la dejaron.
—¿Y lo han apagado? ¿Cómo? —preguntó Mara con pragmatismo.
—Han entrado en el sistema desde dentro, Mara. No sé cómo ha pasado, pero la han dejado inútil. Primero me bloquearon en casa y luego han terminado el trabajo en el refugio. Me han dejado totalmente a ciegas. Cuando he querido reaccionar, ya era tarde. La han borrado.
Mara asimiló la información con mentalidad de atestados.
—¿Por qué tomarse tantas molestias por un solo ordenador?
Álvaro le sostuvo la mirada. Su habitual coraza de frialdad había desaparecido, dejando a la vista algo inédito en él: puro terror.
—Porque les estorbaba y porque saben que es lo único que podía predecir y parar esto si le daban una oportunidad.
—Eso es mucho decir —masculló, escéptica.
—Mara —dijo él, más bajo—. Esto es un ataque de precisión de alguien que ha cortado la red eléctrica a medida.
Ella lo miró y percibió en esa frase la certeza de alguien que ha visto la puerta desde dentro. Se apoyó en la barandilla, sin quitarle el ojo.
—En comisaría, la radio no sonaba oficial. Sonaba a… discurso preparado. Como si alguien hubiera escrito el mensaje con antelación para tranquilizar. Y no es la primera vez que veo un apagón; el del año pasado la gestión fue distinta. Esto huele a control externo.
—Sí, por eso necesito ir a mi casa —confirmó Álvaro—. Ya.
—¿A tu casa para qué?
—Para recuperar lo que pueda de ese sistema. —No dijo «DALIA». No era el momento de nombres ni de explicaciones—. Si queda algo, podemos volver a tener una posibilidad. Si no queda… —se frenó— vamos a ciegas.
Mara lo miró con una mezcla de incredulidad y lógica práctica.
—¿En serio tienes algo así en tu casa?
—Era lo más seguro. O eso pensaba —respondió ignorando el tono.
—Ya —dijo Mara y soltó una risa corta.
—Y porque hay otra cosa allí —añadió aceptando el golpe—. Algo que tengo que recuperar, pase lo que pase.
Mara esperó, pero el silencio de Álvaro dejó claro que esa puerta estaba cerrada, por ahora.
—Vale —dijo ella—. Vamos, pero con una condición.
Él alzó una ceja.
—No estamos para muchas condiciones.
—Hoy sí. Yo no voy detrás como si fuera un paquete. Si veo algo raro, te lo digo y si te pido que pares, paras.
Álvaro se quedó un segundo callado. En otro momento habría respondido con orgullo, pero ahora se lo impedía el cansancio y algo que no le gustaba: la necesidad.
—Hecho —aceptó.
Con el pacto sellado, salieron del portal. El centro de Madrid ya estaba lleno. No parecía hora punta, pero había demasiada gente para un jueves a las siete y media con el país apagado.
Tiraron por donde Mara había venido un rato antes. Subieron por la calle Leganitos y pasaron frente a la comisaría donde había pasado la noche. Mara miró el edificio reformado, como quien mira un sitio que a pesar de formar parte de tu vida ya no te pertenece.
Continuaron hacia Plaza España. Cruzarla fue raro: es una plaza grande y abierta, que en días normales te traga sin más. Al pasar frente a la estatua de Quijote y Sancho, Mara se giró levemente.
—¿Nos siguen? —preguntó, en voz baja.
Álvaro no se inmutó. Respondió como alguien que lleva toda la noche jugando a lo mismo.
—No lo sé seguro. —Se paró un segundo—. Pero yo camino como si sí.
Ella apretó el gesto y asintió.
De Plaza España a Ferraz, el calor empezaba a subir. En algunos portales había gente sentada como vigilantes de barrio. Cuando estuvieron a pocos metros del edificio, Álvaro redujo el paso. Mara miró al frente y entonces los vio.
Había dos hombres en la acera, demasiado quietos y demasiado atentos. Uno apoyado en una farola como si estuviera descansando y el otro mirando el portal como si no hubiera nada más que mirar.
—Están vigilando —susurró Mara, que no necesitaba más confirmación.
Álvaro sintió el estómago cerrarse.
—Han llegado antes —dijo—. O ni siquiera se han ido.
Mara se quedó a su lado, pegada al coche aparcado que les daba cobertura.
—¿Qué hacemos?
Álvaro no respondió al instante, mirando el portal y la calle, rehízo el dibujo en su cabeza. Y, por primera vez desde que salieron del refugio, aceptó en voz alta lo que llevaba apretado en la garganta.
—Si están ahí arriba, no buscan mis discos duros —susurró, con los ojos fijos en los dos vigilantes—. Están buscando el borrado total. Quieren asegurarse de que no quede nada. —Respiró una vez, despacio, y luego dijo—: No entraremos por delante.
La policía asimiló la situación de un vistazo y fue al grano:
—¿Hay otra entrada?
—Por detrás, es la entrada de mercancías para los locales de abajo.
Mara apretó el hombro contra el coche, preparada para salir. Álvaro apartó la vista del portal por primera vez.
—Vamos. Antes de que se les ocurra mirar hacia el otro lado.
Y los dos se alejaron sin correr, sin prisa aparente, como si fueran solo otra pareja más buscando una solución en una ciudad apagada.