Nuevo día #3
Gran Vía le quedaba al norte. Sintió la amenaza en la nuca una fracción de segundo antes de oír las pisadas a su espalda.
Era una sensación extraña, una repetición: la misma silueta en dos cruces, el mismo reflejo en un cristal y la misma distancia mantenida a conciencia.
Alguien que sabía seguir sin invadir y tratando de no ser visto.
El instinto le pedía acelerar; ella se contuvo.
Se obligó a no mirar atrás demasiado; hacerlo suponía ceder ventaja, y no estaba dispuesta a regalar nada.
Giró una esquina, aceleró un poco y volvió a girar. La sensación seguía: ni más cerca ni más lejos, a la misma distancia de antes.
Eligió una calle secundaria, más estrecha y con portales seguidos donde cualquier sombra puede ser cualquier cosa. Si tenía que comprobar algo, lo haría allí.
07:23
La burbuja reapareció en la pantalla, se apagó y volvió a encenderse.
Álvaro caminaba rápido con el móvil pegado a la mano como si fuera una brújula. El mapa local no le decía nada fijo, pero le servía para moverse y eso para él era suficiente.
PULSO
BURBUJA: actualizada.
La burbuja saltó hacia el oeste. Álvaro giró sin pensar a la izquierda.
El pulso volvió antes de tiempo. Y esta vez la burbuja…
se estrechó. Álvaro lo sintió como un escalofrío: cuando una señal mejora en un mundo apagado, es porque alguien ha levantado la compuerta y está permitiendo que la información pase.
PRECISIÓN: ~50 m (momentánea).
—Venga… —murmuró, sin darse cuenta de que hablaba solo en voz alta.
Otro pulso. Y la burbuja se cerró aún más, como un puño.
PRECISIÓN: ~25 m (ventana).
Álvaro se detuvo en seco. Veinticinco metros era demasiado bueno para ser normal. Alguien estaba abriendo la mano para localizar algo. Y DALIA estaba aprovechando esa mano abierta.
Miró al final de la calle y entonces la vio: una mujer caminando rápido con una bandolera cruzada y los hombros tensos. Y la burbuja la cubría.
Sintió el golpe en el pecho: la mente completando el dibujo antes de que los ojos lo confirmaran.
Lucía. Lo dio por hecho y se movió hacia un portal a la derecha, un hueco oscuro entre dos persianas bajadas.
Entró lo justo para salir del ángulo visual y bajó el brazo para que la luz del móvil no lo delatara.
El pulso se apagó, luego volvió y la burbuja seguía allí.
Álvaro se pegó al marco y esperó. Revisó la calle y no vio ni un movimiento extraño, ni una sola sombra fuera de lugar.
Sin embargo, una certeza incómoda se le clavó en el estómago: tanta precisión no podía ser mérito exclusivo de DALIA. Alguien más estaba al otro lado.
07:30 — Madrid Centro
Después de doblar la última esquina y ver el reflejo, pudo confirmar que la seguían. Y en cuanto lo asumió, los nervios desaparecieron. Aceleró el paso sin llegar a correr.
Buscó un portal con sombra, un hueco que pudiera usar si necesitaba cambiar de dirección sin que la vieran. Y entonces, al girar, le pareció ver a un hombre en el borde de un portal: apenas un segundo, en un simple gesto, una mano que se movió hacia ella con decisión.
Ella tensó el brazo por reflejo.
07:32 — Portal
El tirón fue tan rápido que apenas le dio tiempo a pensar: una mano la aferró por el antebrazo y la arrastró hacia el portal con una fuerza imperiosa.
La respuesta fue automática, como un resorte: con los codos arriba y rodilla lista para golpear.
El golpe no llegó a impactar de lleno; la mano que la sujetaba la hizo cambiar de ángulo para protegerse.
—¡Eh! —salió su voz, baja y afilada.
La sombra delante de ella respiró cuando la luz de la calle alcanzó su cara. Entonces parpadeó, se quedó mirando fijamente a los ojos: ese segundo se le quedó grabado.
—¿Álvaro?
El eco de la voz rebotó en el hueco de las escaleras. Álvaro la miró como si la pregunta estuviera mal realizada. Sus ojos buscaban una respuesta que no estaba en esa cara. La burbuja del móvil —allí todavía, en la mano— seguía siendo el único «sí» que le había dado el mundo.
La miró bien, pestañeó fuerte y rápido varias veces, como si así pudiera cambiar lo que sus ojos le estaban contando. Y entonces dijo, sin suavizarlo, con el desconcierto crudo de quien acaba de perder su única referencia, le preguntó:
—¿Quién… eres?
—Soy Mara —respondió, tras tragar saliva.
Álvaro arqueó las cejas con perplejidad; aquel nombre no significaba nada para él.
No apartó la mirada del todo. No podía, porque si era Mara…
entonces la señal… Bajó la vista al móvil: la burbuja seguía clavada allí, en la bandolera de Mara, en el rastro equivocado.
Levantó la cabeza otra vez, ya sin duda, y lo que vino fue peor.
—¿Dónde está Lucía?
Mara abrió la boca para responder… pero su cuerpo se tensó de golpe al notar que, allá afuera, en el cruce por el que acababa de pasar, alguien se había detenido a esperar. Y, entonces, sonó una voz por radio:
—Hemos perdido el contacto visual; repito, perdido contacto visual de Rey.
Mara y Álvaro miraron hacia fuera un segundo, no más, pero fue suficiente para entender lo mismo a la vez: no estaban solos.
Si habían seguido ese rastro, Lucía estaba en el tablero. Pero en otra parte.
Y ahora ellos iban a ciegas.