La Noche del Eclipse Nuevo día #2
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Nuevo día #2

Salió con dos patrullas al barrio de al lado cuando llamaron por radio por una pelea en un cruce sin semáforo. Ayudó a despejar una calle donde una ambulancia se quedó parada y no podía avanzar más. Se sentó un rato al lado de un chico con un ataque de ansiedad hasta que dejó de temblar.

Entre una cosa y otra, probó la radio. Una y otra vez. Los canales seguían saturados, con interferencias, con mensajes repetidos de manera constante. Las frases seguían siendo cortas: «calma», «eviten desplazamientos», «sigan la radio». Un país hablándose a sí mismo para no desmoronarse.

A ratos, en la comisaría, alguien soltaba una teoría. Otras veces, simplemente callaban porque no quedaban fuerzas para discutir. La sensación general era la misma: esto no se arregla en una hora.

Mara estaba acostumbrada a los turnos de noche, a ese estado raro donde el cuerpo sigue y la cabeza, si no la agarras con fuerza, se te va. Pero aquella noche era distinta.

Cuando el cielo empezó a clarear por el este, alguien dijo lo que todos estaban evitando decir desde hacía horas:

—Vete a casa, descansa, date una ducha, cámbiate de ropa y duerme algo… si puedes. Luego vuelve, que te necesitaremos.

Mara no discutió. Sabía que, si se quedaba, no iba a ser útil. Y en un día así, fallar no era una opción.

Salió para casa. En el trayecto todavía tenía que cruzar Sol hasta el Barrio de las Letras, donde vivía.

Eran puntos calientes en una ciudad sin luz.

La Puerta del Sol parecía el decorado de una ciudad abandonada.

El habitual ruido de turistas y furgonetas de reparto había desaparecido por completo mientras varios cordones policiales bloqueaban los accesos a la plaza.

Mara se tocó la bandolera por costumbre: ahí dentro llevaba el móvil de Lucía.

Lo notaba incluso sin sacarlo: por el peso, por la forma, por esa muesca minúscula que el suyo no tenía.

Se lo había cambiado a conciencia para protegerla, guiada por puro instinto, aunque temía haberle quitado el único medio de comunicación con los suyos.

Después de lo que Lucía le había contado, tomó una decisión simple: si alguien la estaba siguiendo, que la siguiera a ella.

Caminó hacia su casa con el paso cansado de quien ya ha hecho demasiado por hoy y, aun así, cree todavía que puede dar un poco más.

A las 6:55, dobló por una calle estrecha buscando menos gente; no quería atravesar plazas abiertas ni cruzarse con más ojos, solo tenía ganas de llegar a casa.

OASIS1 — 06:55

Faltaban solo cinco minutos para las 7:00 y Álvaro y Ramón estaban ya listos para salir del refugio.

Pese al tiempo transcurrido desde que confirmaron el siguiente paso, ninguno quiso ser el primero en romper la tranquilidad de aquel santuario.

Nunca es el momento adecuado y nunca se lleva lo necesario encima.

Dentro, el aire, a pesar de la hora, seguía espeso, pero algo había cambiado afuera.

Álvaro lo detectó antes de verlo porque DALIA lo notó primero. El móvil vibró una vez. En la pantalla apareció un icono y murió. La cobertura volvió unos segundos después, como si alguien entreabriese una puerta y la cerrase de golpe.

Álvaro sacó el móvil con la versión reducida de DALIA y encendió la pantalla.

—¿Qué es eso? —preguntó Ramón, que había observado la escena sin comprender la técnica, pero captando la intención.

—Ventanas de cobertura —dijo Álvaro—. Pequeños pulsos, aunque no es cobertura real ni continua.

El inspector miró al techo, como si la señal pudiera estar ahí arriba.

—¿Alguien está devolviendo la cobertura?

Álvaro no se puso a teorizar. Alguien se conectó, esperó... y lo volvió a apagar.

La pantalla del móvil, con el pequeño logo de DALIA, mostraba un mapa descargado, local y sin nombres. El tipo de mapa que solo sirve cuando ya sabes lo que estás buscando y dónde. Y entonces DALIA hizo lo único que podía hacer con un mundo que parpadeaba: aprovechar cada parpadeo.

PULSO: detectado.

VENTANA: 2,1 s.

TRAZA: mínima.

La burbuja apareció: un círculo impreciso y de radio demasiado amplio que se abrió sobre un barrio. Antes de que Álvaro pudiera respirar, se desplazó unos metros, se apagó y volvió a encenderse más adelante, mostrando una etiqueta en la esquina.

SIGNAL_L: detectada.

PRECISIÓN: 100 m (variable).

ESTADO: inestable (ventanas).

Álvaro se quedó clavado un segundo, como si no se lo creyera. Ramón se levantó de golpe.

—¿Es ella?

Álvaro no confirmó porque no podía. Lo que veía distaba de ser una cruz roja sobre un mapa del tesoro: era una pista viva, un rastro que se movía, solo una posibilidad.

—Es una señal —dijo—. Lo más cerca que hemos estado desde anoche.

El pulso volvió y la burbuja se movió otra vez. No daba saltos por la pantalla; se deslizaba, como alguien que camina deprisa.

Ramón miró a Álvaro, y en su cara había una pregunta que no quería formular:

—¿Cómo vas a encontrarla con esto?

Álvaro apretó el móvil.

—DALIA la tiene, yo solo tengo que seguirla —dijo—. No la perderé otra vez.

Otra ventana. La burbuja volvió a saltar. Álvaro sintió un vuelco en el estómago y supo que ya no podía parar.

—Me voy.

Ramón tardó medio segundo en reaccionar.

—Vamos —dijo—. Yo voy en moto, que no tengo las piernas para recorrer medio Madrid.

—Tú a por Aranda —dijo Álvaro—. Yo sigo la señal.

Ramón asintió y salieron juntos. Y el refugio quedó atrás como quedan las cosas que solo sirven mientras no te ven.

Madrid — 07:10

Caminar por Madrid sin semáforos era improvisar a cada paso.

Álvaro no se permitió mirar demasiado a su alrededor, solo miraba el móvil.

Ese mapa local, plano y sin alma se movía con él.

La burbuja aparecía cuando DALIA conseguía esa pizca de conectividad y se apagaba cuando la ventana se cerraba de nuevo.

Volvía unos segundos después, a veces se movía unos metros y otras seguía casi en el mismo sitio.

Cada pulso era una oportunidad.

PULSO

BURBUJA: actualizada.

El círculo se desplazó a la derecha y Álvaro giró.

Al principio no corría, pero cuando entendió que la burbuja se movía con ritmo, dejó de disimular: primero aceleró el paso y, después, simplemente echó a correr. La mochila golpeaba su espalda con todo su peso, aunque la carga era menor que la urgencia que pedía la situación.

Al cruzar una avenida, vio los primeros uniformes: dos agentes junto a un coche sin luces, un militar hablando con alguien que llevaba una radio grande. Puntos sueltos por todas partes, lo justo para hacerse notar. Bajó la cabeza y siguió.

El pulso volvió y la burbuja estaba más cerca.

Y entonces, durante un segundo, tuvo la certeza de que aquello no era casual.

Esos instantes de cobertura no eran la red recuperándose de forma natural: alguien había decidido que volviera lo justo para poder mirar…

pero no lo suficiente para que el país pudiera contar la verdad.

Apretó los dientes. DALIA sí podía hablar en ese idioma porque no necesitaba entender ninguna conversación. A DALIA le bastaban segundos.

La burbuja saltó otra vez, un poco más adelante, hacia una calle que parecía secundaria. Álvaro giró sin pensarlo. La ciudad, por un instante, se le estrechó en ese círculo sin precisión ninguna.

SIGNAL_L

detectada / inestable

Álvaro aceleró más.

07:18 — Centro

Ella agarraba fuerte la bandolera y avanzaba por pura inercia. La ciudad había cambiado respecto a la noche anterior. Era de día, y aunque la impresión de oscuridad persistía, ahora había vigilancia. La gente los miraba como se mira una farola encendida: no te da seguridad, pero te orienta.