Nuevo día
Nuevo día
La luz de la mañana entró por la pequeña ventana del refugio. La pantalla del portátil seguía apagada, pero DALIA continuaba a lo suyo: ajustes mínimos… y la señal.
Álvaro abrió la mochila e hizo criba, porque no quería llevar más de lo necesario; el día sería largo y si hiciera falta, en casa podría rellenarla.
Ramón lo observaba desde la silla baja, con las manos sobre las rodillas.
Llevaba horas despierto, pero seguía con el cuerpo tenso, como si aún estuviera de patrulla.
De una de las estanterías del refugio, Álvaro cogió un par de walkies . Eligió uno y se lo tendió.
—Toma.
Ramón lo cogió, lo giró y comprobó si encendía.
—¿Qué alcance tiene?
—En ciudad, poco. Dos kilómetros como mucho, y en el centro bastante menos.
Ramón asintió. Conocía las limitaciones, pero quería tener claro el radio. Álvaro sacó el segundo walkie y lo encendió apenas un instante, lo justo para comprobar el led antes de volver a apagarlo.
—Solo cuando haga falta.
Ramón señaló hacia la mesa.
—¿Y DALIA? —dijo sin rodeos. Para él ya había dejado de ser una cosa para convertirse en alguien.
Álvaro se inclinó, soltó cables con cuidado y cerró el estuche rígido. El piloto azul desapareció.
—Se viene conmigo.
—¿La vas a apagar de nuevo? Pensaba que la dejarías funcionando, trabajando… —preguntó Ramón con recelo.
—Aquí no la puedo dejar activa —respondió Álvaro—. Si se queda encendida, en cuanto la detecten, este sitio dejará de ser un refugio.
Metió el estuche en la mochila y lo encajó al fondo. De todo lo que llevaba, era lo más importante y no admitía golpes. Luego sacó el móvil y lo desbloqueó. En la pantalla no había un mapa detallado. Solo una burbuja grande, imprecisa, que cambiaba cuando podía.
—Esto es lo único que puedo llevar para seguir una señal —dijo—. Una versión mínima de DALIA. Cuando detecta la señal, la burbuja se mueve.
Ramón miró el círculo.
—¿Cuánto margen tendrás?
—Unos 100 metros, puede que más. —Hizo una pausa corta, con resignación—. Sirve para ir en una dirección, pero con la situación actual no vamos a llegar directamente hasta ella.
Ramón lo entendió perfectamente: con Madrid apagado, no había precisión posible.
Álvaro cerró la mochila y la sopesó un segundo. Todo estaba listo.
A las 6:25, con Madrid a oscuras, hablar de un plan seguía sonando improvisado.
—Me voy a por Aranda —rompió el silencio Ramón. Como policía veterano, tenía clara su próxima posición.
Álvaro asintió y se quedó un segundo mirando el suelo, calculando su propia ruta.
—Yo vuelvo a mi ático.
—Lo estarán vigilando, Álvaro. ¿Lo has pensado?
—Sí, lo tengo previsto. Si llevan tanto tiempo maquinando esto y vigilando mi casa, seguro que siguen por allí cerca. La moto se queda aquí o se va contigo, no puedo arriesgarme.
Tras el comentario, se hizo un breve silencio, roto por las dudas de Ramón:
—¿Y si aparece Lucía?
—Entonces cambia todo —contestó Álvaro con firmeza—. En cuanto DALIA fije su señal… voy a donde sea.
—Por favor, me lo cantas por walkie . Si la burbuja aparece y desaparece, me lo dices igual. Si puedo cerrar el cerco, yo te cubro.
Álvaro apretó los labios, tenso.
—Tranquilo, si aparece… no la dejaré escapar, no otra vez.
Afuera, la luz empezaba a insinuarse, pero dentro el refugio seguía igual: el aire pesado y decisiones que, si salían mal, saldrían muy caras.
Álvaro se levantó, se colgó la mochila al hombro y miró la puerta cerrada. Apoyó la mano en el pestillo, sin abrir todavía. Ramón lo vio y entendió que no estaba dudando: estaba trazando un mapa mental. Así funcionaba Álvaro.
—Si el walkie muere… estaremos en una ciudad de día, pero apagada, y sin saber qué hacer o dónde ir —dijo Ramón.
Álvaro giró un poco el rostro y lo miró a los ojos.
—Nos queda un sitio.
Ramón esperó y lo miró con incredulidad. Álvaro se acercó a la mesa, apartó un cable y dibujó un rectángulo pequeño en una hoja de la libreta negra. Cuatro líneas, lo justo para entenderse.
—Delicias —dijo.
—¿Dónde? —preguntó Ramón buscando precisión.
—Cerca de la vieja estación. No te voy a dar una dirección completa por si esto acaba en manos equivocadas, pero con esto sabrás llegar.
El inspector cogió el papel y se hizo el mapa mental: referencias de patrulla, nada de GPS.
—¿Y cómo sé qué puerta es?
—Busca este símbolo.
Ramón alzó una ceja.
—¿Una flor?
—Una dalia. Un icono pequeño junto a la cerradura. Si la ves, es el sitio. —Le tendió una llave—. Solo tú y yo tenemos acceso ahora. Canal 3. Si no hay voz y tenemos que escapar… vamos a Delicias.
Ramón levantó el walkie .
—Canal 3. Y si no… Delicias.
La madrugada entró de golpe con un olor a calle sin semáforos y sin vida.
Comillas — 06:30
Lucía salió del portal sin volver la vista porque, si lo hacía, se quedaría.
Por fuera, el edificio de su padre seguía igual: misma fachada, ventanas negras y esa «tranquilidad» de un barrio que no está acostumbrado al caos diario. Sin embargo, sentía que se llevaba la casa a cuestas: la nota, el artículo y su antigua firma.
En la bandolera llevaba lo mínimo: lo justo para no sentirse desnuda y lo necesario para no tener que volver.
El móvil —el que no era el suyo— lo metió al fondo del todo, como si esconderlo de la vista pudiera hacerle olvidar la muesca que faltaba.
Encima, doblada en cuatro, una hoja impresa: el artículo donde aún firmaba Cifuentes.
Lo había metido sin pensar, como se guardan las cosas cuando algo por dentro te dice: «esto importa».
El cielo se aclaraba por el este con esa luz de mediados de verano.
Lucía echó a andar. Siempre había preferido el metro, aunque fuera para dos paradas. Ahora caminaba empujada por pura necesidad. Permanecer en esa casa era encerrarse con una pregunta que no se iba a responder sola.
Por la noche, antes de medio adormilarse en la cama de Daniel, fijó un destino claro en su mente: Gran Vía 32.
La idea surgió mientras oía a lo lejos en la cocina el mensaje «tranquilizador» de la radio.
Era el único medio disponible para comunicar y el único sitio donde sabía que podría entrar.
Allí había entrado muchas veces con una acreditación al cuello y la adrenalina de los directos de los miércoles.
Si quedaba un sitio vivo, sería ese: generadores, técnicos, micrófonos y la obsesión profesional de salir al aire aunque el mundo se estuviera apagando.
Llevaban todo el día anterior en línea. Y si no estaban emitiendo cuando llegara… al menos habría gente: alguna fuente, alguna pista o alguna idea de qué demonios podría estar pasando.
Cruzó el Manzanares y sintió el ambiente de Madrid Centro.
En la calle Toledo, el aire era más denso con el olor a la basura de los contenedores descomponiéndose.
Las conversaciones de las personas que se movían a esa hora giraban en torno a los mismos temas.
¿Volverá pronto la luz? ¿Podremos ir a trabajar? Todo eran teorías y ninguna certeza.
Iba con la radio metida en la cabeza, aunque no llevara auriculares. El país repetía «calma» desde la noche anterior, pero todo lo que veía decía otra cosa: gente buscando agua, familiares o algún sitio con luz.
Se obligó a ir más despacio porque quería llegar con la cabeza fresca y las cosas claras.
Al pasar cerca de un cruce vio el primer uniforme: dos agentes de la local, con chaleco y linterna al cinturón, que se limitaban a estar allí sin dar órdenes.
Esa presencia era ya un mensaje: «os estamos mirando, no hagáis locuras».
Un poco más adelante, una pareja de la Guardia Civil hablaba con un grupo de vecinos. No parecía una simple avería. Tenía pinta de… otra cosa, de algo hecho a propósito.
A la altura de Sol, la luz ya era clara, como si estuviera devolviendo una aparente normalidad a la ciudad.
Allí vio más uniformes: una furgoneta aparcada en doble fila y un par de militares cuya presencia bastaba para imponer respeto.
La radio que alguien llevaba en alto soltó una frase en mitad de la calle y varias cabezas giraron a la vez por puro acto reflejo, como si la voz diese una orden.
—… mantengan la calma… —dijo la voz con interferencias—. … los servicios de emergencia…
Lucía no escuchó el resto y miró alrededor. La gente estaba cansada, quizás después de una noche movidita sin luz, pero ya no estaba perdida. Y eso, en un apagón, era más peligroso de lo que parecía: cuando el miedo empieza a tener forma, también empieza a tener una dirección difícil de predecir.
Se tocó la bandolera sin darse cuenta, como si comprobara que seguía llevando el papel.
El artículo doblado le rozó los dedos a través de la tela.
Cifuentes . Esa palabra le picaba constantemente como una astilla en la yema de los dedos.
La guardó en un bolsillo de su mente, donde se guardan las cosas que duelen, y se obligó a empujar su cuerpo hacia delante.
La Gran Vía estaba más cerca. Y, con ella, la posibilidad de encontrar a alguien que supiera por qué, en la letra de su padre, una sigla antigua y el nombre de Álvaro se habían convertido en un punto en un mapa.
Barrio Universidad — 06:50
El cuerpo de Mara llevaba horas funcionando por pura inercia. Desde que se separó de Lucía, la noche se convirtió en trabajo y en tareas que conocía de sobra: buscar ayuda, entender y servir.
Lo primero fue encontrar un lugar donde todavía existiera la palabra «servicio». Mara hizo lo que siempre hacía ante el caos: se puso en modo policía, aunque estuviera fuera de turno, y tiró hacia comisaría.
Allí no había luz, pero sí un orden y una rutina. Había linternas, pequeños generadores y cables tirados por el suelo. Se montaban turnos sobre la marcha porque alguien tenía que estar de pie aunque el mundo estuviera dormido.
Pasó por la puerta sin que nadie le preguntara qué hacía allí; esa noche, la única cuestión importante era si podía ayudar. Y ayudó. Todo lo que pudo y más.