La Noche del Eclipse Caja Negra
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Caja Negra

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El ascensor de cristal se elevó en absoluto silencio sobre el paseo de la Castellana, dejando atrás el tráfico colapsado y el ambiente tórrido de Madrid.

Las puertas se abrieron en la planta cuarenta y dos, revelando un espacio diáfano.

La estancia estaba diseñada con madera clara, acero mate y ventanales inmensos que ofrecían una vista cenital del país que estaban a punto de reiniciar.

La sala de juntas principal, conocida en los organigramas internos simplemente como «Caja Negra», no tenía nada de oscura porque la luz natural lo inundaba todo.

Tenía una gran mesa ovalada de corian blanco y una pantalla mural de ultra alta definición donde los flujos de datos de España corrían como mansas columnas de números financieros.

Cuatro ejecutivos aguardaban de pie alrededor de la mesa. Llevaban trajes a medida y revisaban sus tablets con la misma actitud de quien se prepara para presentar el balance de resultados del tercer trimestre. Ellos eran los directores de Análisis, Comunicaciones, Riesgos y Logística Estratégica.

A las 10:00 exactas, la puerta de cristal se deslizó sin ruido y entró Ugarte.

Ugarte era el director de Transición, un cargo burocrático diseñado para no llamar la atención en ninguna auditoría. Era un hombre de cincuenta años, de aspecto pulcro y mirada gélida, que sostenía un café de especialidad en una mano y una tablet en la otra.

—Buenos días —saludó Ugarte, tomando asiento y dejando su café sobre la mesa—. Vamos a repasar el estado de los activos. ¿Nivel de fricción proyectado?

La directora de Análisis deslizó con un gesto muy rápido un documento digital hacia la pantalla central.

—Controlado. Empecemos por los factores de riesgo —dijo, abriendo la primera pestaña—. Lucía Rey.

El perfil de la periodista apareció en pantalla, resumido en métricas de influencia y patrones de geolocalización.

—Sigue operativa —informó la directora de Análisis—.

Hemos monitorizado sus descargas. Ha conseguido el expediente 14-05, pero está encriptado y, con su nivel de recursos técnicos, el tiempo estimado de descifrado supera nuestra ventana de ejecución.

Cuando lo abra, la infraestructura ya habrá sido reseteada.

—Que siga sujeta a monitorización pasiva y no incrementen su nivel de alerta —ordenó Ugarte, dando un pequeño sorbo a su café—. Siguiente.

El director de Riesgos tomó el relevo.

—Ramón Cifuentes. Sigue con un perfil bajo. Su red de contactos en la policía está prácticamente inactiva y si presenta resistencia durante la transición, los algoritmos de contención primaria lo aislarán sin que se dé cuenta.

—Correcto. ¿El activo Ortega?

—El vector de Ortega es estable —respondió de nuevo la directora de Análisis, mostrando un mapa de calor con los movimientos de Álvaro—.

Sigue con su rutina milimétrica. No hay ninguna anomalía en su comportamiento diario.

Su latencia de respuesta está dentro de los márgenes previstos e ignora por completo nuestra auditoría.

Ugarte asintió levemente, satisfecho con la eficiencia del proceso.

—Los elementos están alineados —confirmó—. Pasemos a los pasivos.

El más joven de la mesa, el director de Logística Estratégica, abrió un archivo residual. El sello digital marcaba: PROYECTO DAIA.

—Es un remanente del proyecto universitario de la Complutense —explicó el joven, con un tono casi de disculpa por hacerles perder el tiempo con aquello—. El prototipo fue dado de baja en la purga de 2021. Es, a todos los efectos, chatarra digital fragmentada.

—No desestimen los activos depreciados —le interrumpió Ugarte con suavidad, pero con un peso que congeló la sala—. Mantengan el registro activo porque toda reestructuración requiere limpiar a fondo, y a veces la fricción proviene del software heredado. Por favor, no dejen cabos sueltos.

Ugarte dejó el café, deslizó el dedo por su propia pantalla y proyectó un reloj regresivo en el centro del muro de cristal. Una sola hora: 20:30.

—T-menos diez horas y treinta minutos —anunció—. ¿Estado de la red?

—TRJ-0 compilado y a la espera de ejecución —respondió el director de Riesgos.

La directora de Comunicaciones intervino, ajustándose sus gafas de montura fina.

—Las plantillas institucionales están precargadas. Hemos clonado la cadencia y el vocabulario de Moncloa y Protección Civil. Cuando la red caiga, los mensajes automáticos que enviaremos por radio sonarán al Gobierno y controlaremos el relato desde el segundo cero.

—La contención del pánico es prioritaria —dictaminó Ugarte, levantándose de la silla y abotonándose la chaqueta—. No estamos destruyendo un país, señores, estamos ejecutando un hard reset institucional. Los daños colaterales son simplemente el coste operativo de sanear un sistema ineficiente.

Ugarte caminó hacia el ventanal y miró hacia abajo. Las calles de Madrid hervían de coches y personas ajenas a que su realidad iba a ser apagada desde una sala de juntas.

—El ensayo del año pasado demostró que el modelo es viable —concluyó, dándoles la espalda—.

Hoy pasamos a producción. Que Ortega siga confiando en sus cortafuegos y que la periodista siga creyendo en sus fuentes, pero sobre todo no quiero anomalías estadísticas.

Quiero que la ejecución sea limpia, quirúrgica y que, a ojos de todo el mundo, parezca un simple colapso del sistema.

Ugarte se giró por última vez hacia la mesa antes de salir.

—Que comience la transición.