Un país en funciones
Un país en funciones
España llevaba meses en pausa. En los telediarios se repetían los mismos rótulos, las mismas mesas de debate y las mismas frases huecas; solo cambiaban las imágenes de fondo y cada día parecían un poco peores.
El Gobierno seguía ahí, respirando y gastando espacio, pero incapaz de mover el país un paso adelante.
***
En una sala de Moncloa bañada por una luz blanca y plana, varias pantallas mostraban mapas, alertas y titulares.
—Cataluña vuelve a apretar —dijo una analista, señalando el noreste.
Nadie se sorprendió porque la amenaza del referéndum se había convertido en ruido de fondo: subía y bajaba según convenía, mientras Madrid respondía con el mismo marco constitucional y el mismo desgaste.
—No hay margen político ni operativo para otro choque —murmuró un técnico—. Estamos al límite.
Sobre la mesa descansaba otro documento, encuadernado en tapa gris:
Escenario de inestabilidad institucional: septiembre 2026. La consulta de Estado.
—La consulta no es el problema —dijo alguien—. El problema es el año en que llega.
No era una sola crisis, sino la suma de todas: accidentes mal explicados, servicios públicos cada vez más frágiles, comunidades enteras peleando con sus propias emergencias y una sensación creciente de que el Estado comparecía más de lo que resolvía.
Las pantallas cambiaron a una gráfica de conversación digital. Tres palabras se repetían por encima del resto:
Eficacia, orden y reinicio.
—A la gente ya le da igual la ideología —dijo el jefe de gabinete—. Solo quieren saber si el tren va a llegar a su hora o si se van a quedar tirados en un túnel.
Nadie discutió la frase. Porque después de «si esto funciona» siempre llega la pregunta peligrosa: «si deja de funcionar, ¿para qué sirve?».
En otra pantalla apareció un mapa de ocupación hotelera y reservas de vuelos.
Turismo.
España dependía demasiado de ese flujo como para permitirse un sobresalto serio. Y aquel día el país estaba lleno: miles de visitantes habían venido a ver el eclipse. Cualquier problema dejaría de ser una crisis doméstica para convertirse en un escándalo global.
Iván Llerena se rascó la muñeca bajo el reloj.
—Necesitamos un canal único —dijo—. Si durante el eclipse dejamos un vacío de información, WhatsApp se va a llenar de bulos. Hace falta una voz técnica, clara y reconocible. Que informe, no que pida votos.
La idea quedó sobre la mesa con un peso incómodo.
—Si en septiembre seguimos así —añadió Iván—, el país no va a discutir un Gobierno. Va a discutir el sistema.
La palabra se quedó flotando en la sala y nadie quiso definirla demasiado todavía.
***
A diez kilómetros de allí, en Zarzuela, la mañana tenía una densidad distinta. En Moncloa sobraba ruido y aquí sobraban silencios.
En una de las salas de trabajo, el rey escuchaba con gesto impenetrable a un asesor civil que llevaba diez minutos argumentando los riesgos de hacer un comunicado oficial. A su lado, la princesa de Asturias revisaba un dosier de seguridad, marcando el ritmo con el leve pase de las páginas.
La tensión contenida se cortó cuando el coronel Tomás Laredo entró en la sala sin anunciarse. El asesor enmudeció de golpe. La princesa cerró el dosier y apoyó las manos sobre la mesa de caoba.
—Majestad. Alteza —saludó Laredo, con una sequedad que no admitía preámbulos—. Tenemos una anomalía.
—¿Niveles de ruido? —preguntó el rey.
—Tráfico inusual coordinado.
El asesor civil, reponiéndose de la interrupción, deslizó una tablet sobre la mesa.
En la pantalla se reproducía un vídeo en bucle y sin sonido: una amalgama de imágenes de la princesa, sacadas de contexto, intercaladas con multitudes y subtítulos agresivos.
Un montaje de guerrilla diseñado para viralizarse.
El monarca lo miró un segundo antes de apartar la vista.
—¿Origen?
—Servidores ofuscados y cuentas fantasma —respondió Laredo, impasible—. El vídeo es irrelevante, Majestad, porque aquí lo preocupante es la estructura que lo está distribuyendo. No es un estallido orgánico sino una prueba de estrés a nuestros sistemas de monitorización.
A través del ventanal, el jardín lucía inalterable, ajeno al país que hervía al otro lado del muro. La princesa miró a Laredo.
—¿Recomendación, coronel? —preguntó ella.
—Contención absoluta, Alteza. Nada de agendas públicas por el momento, la más mínima declaración ahora mismo puede servir de munición.
—¿Nos está pidiendo prudencia… o nos está encerrando?
Laredo no pestañeó. En su negociación, el ego de la Corona era secundario ante una brecha de seguridad.
—Estoy blindando el perímetro, Alteza.
Hubo un silencio denso en la sala. La princesa asintió con un movimiento mínimo y bajó la mirada hacia su propio teléfono, que acababa de vibrar sobre la mesa.
No era una notificación oficial, sino un SMS, enviado desde un número oculto, que había saltado todos los filtros de palacio. Solo tenía una línea:
«Cuando se vaya la luz, la verdad será lo único que no podrán apagar».