Lucía Rey
Lucía Rey
Mientras la alarma sonaba por tercera vez, Lucía Rey abrió los ojos perezosamente y juró que sería la última. La noche anterior se había vuelto a dormir en el sofá.
Fue al baño e hizo lo mínimo imprescindible: lavado de dientes, una coleta y agua fría en la cara.
Hacía tiempo que había dejado de lado la vanidad; en ese momento tenía el instinto de arrancar el día con el piloto automático.
Cogió de ropa lo primero que encontró en un rincón de su habitación que no olía a sofá y se puso las Converse para aguantar el día de calor.
A la bandolera echó lo esencial en su vida: portátil, cartera, radio y grabadora, y se puso el reloj de su hermano, un Omega de acero gastado con la esfera en negro, lo único que le quedaba de él.
Antes de salir, el ritual de la puerta: el pestillo.
Una, dos, tres y cuatro vueltas, hasta llegar al tope.
Optó por bajar por las escaleras, no le gustaban los espacios cerrados y evitar el ascensor en agosto era instinto de supervivencia.
Al abrir la puerta del portal notó de repente a un Madrid encendido.
La ola de calor ya había ganado el pulso y las farmacias marcaban números absurdos para esa hora.
El asfalto devolvía el calor acumulado de varios días sin tregua.
Avanzó por la acera pegándose a las sombras que proyectaban los edificios. Llevaba una camisa de lino gris, ya rendida al sudor, y el bolso bandolera cruzado como si pesara el doble. Apretaba la correa con tanta fuerza que los nudillos se le quedaban blancos.
A sus treinta y dos años, Lucía tenía la mirada de quien ha pasado demasiadas horas leyendo informes de «transparencia» que no transparentaban nada.
Era periodista freelance , especializada en energía y en las cloacas tecnológicas de lo que había aprendido dos reglas: no confiar en nadie que sonría demasiado y no conectarse jamás a una red que no controle.
Lo de esta semana le había roto todos los esquemas.
Tenía algo en el portátil «encriptado», «copiado», «duplicado» que abría una grieta en el guion del país, y llevaba mucho tiempo persiguiéndolo.
Mantenía su ruta inalterable: siempre la misma distancia, la misma hora y en la misma acera; era una de las pocas manías que cumplía a rajatabla.
Al pasar frente al edificio de Telefónica, levantó la vista y vio como la torre se recortaba contra un cielo azul sin una sola nube.
Pensó en las salas sin ventanas, en los cables bajo tierra y en decisiones que nunca salen en portada.
Y notó el mismo pinchazo: siempre hay alguien observando.
El teléfono vibró con un zumbido seco, pero no se detuvo. Sorteó a un grupo de turistas y miró la pantalla: era Mara.
«Tía, ¿te vas a dignar a contestar? Llevas dos días en silencio. Sé que a estas horas sueles estar en el centro. Si no respondes en diez minutos, llamo a la policía, o peor, voy yo».
Lucía sintió un pinchazo de culpa porque Mara era su única vía de escape a la vida normal pero no podía meterla en esto.
—Lo siento, Mara —murmuró sin voz—. Cuanto menos sepas, mejor.
Giró por una calle lateral, donde el olor a café intentaba imponerse al alquitrán caliente. Allí estaba su refugio: el Café Galdós, donde predominaba la madera oscura y el latón. Era una trinchera discreta en el centro de Madrid.
Al entrar, el golpe del aire acondicionado le heló el sudor en la nuca. Levantó la vista por pura manía: detectores de humo, rejillas del aire acondicionado… y un disco blanco nuevo en el techo, demasiado limpio para esa madera vieja.
«Lo habrán cambiado hace poco», pensó y lo dejó pasar. Julio, el dueño, secaba una copa tras la barra.
—Llegas siete minutos tarde, Lucía.
—El mundo está peor de lo normal, Julio.
—Y espérate a esta tarde —gruñó él, señalando vagamente la televisión en mute —. Los turistas me están dejando sin hielo esperando el dichoso eclipse. Tienes mala cara. ¿Lo de siempre?
—Uno doble, solo y con mucho hielo, por favor.
Se dirigió a su mesa habitual, en la esquina del fondo: le gustaba tener la espalda contra la pared y visión de la entrada y de la barra.
Sacó el portátil de la bandolera: de color gris mate, sin logos, y con una pegatina sobre la webcam .
Era un equipo discreto, modificado y endurecido lo justo para alguien que era lo bastante paranoica como para sobrevivir a las compañías que investigaba.
Lo encendió y, mientras arrancaba, sus ojos repasaron el local: un estudiante con auriculares, dos abogados discutiendo en voz baja y una pareja al otro lado, nada fuera de lugar.
Julio dejó el café y el vaso con hielo sobre la mesa y Lucía le dio las gracias sin mirarlo.
Antes de abrir nada, sacó su móvil y activó el punto de acceso junto a la VPN. Lo comprobó dos veces porque hacía tiempo que no usaba redes públicas y operaba en su propia línea, atrincherada en su burbuja, o eso quería creer.
Tecleó una contraseña kilométrica, de esas que solo residen en la memoria de los dedos. El escritorio apareció y abrió su gestor de archivos donde localizó el documento que había descargado del Ministerio de Energía el día anterior: expediente_14_05.pdf
Sintió el nombre como una punzada en el estómago.
14-05 era la fecha en la que murió Daniel. Instintivamente su mano fue hacia la corona del reloj.
Ayer, al abrirlo, el documento era un amasijo de datos ilegibles: columnas rotas, caracteres extraños y las páginas no cargaban.
Lo había atribuido a un error de exportación o a un formato intencionalmente sucio.
Necesitaba saber si era una simple coincidencia macabra o si alguien estaba hurgando en la herida a propósito.
Hizo doble clic.
Durante un segundo no pasó nada, solo el cursor girando, y después, una ventana emergente se impuso sobre todo. Era una pantalla negra y minimalista, sin logotipo ni remitente. El sistema operativo no había generado esa alerta; brotaba directamente de las entrañas del documento.
AVISO: Ten cuidado donde te metes. No sigas por ahí.
A Lucía se le quedó el aire atascado en la garganta. Miró instintivamente la conexión, donde la VPN y el punto de acceso seguían activos. Debería estar completamente aislada pero aun así…
Un sonido metálico salió de los altavoces. Ding.
En la misma ventana, apareció una línea nueva:
AVISO: No estás sola.
Lucía sintió un frío que no venía del aire acondicionado. Ella no sabía romper un servidor, pero sabía reconocer una intrusión y aquello burlaba cualquier fallo del sistema o pop-up publicitario. Alguien acababa de tocarle el hombro desde el otro lado de la pantalla.
Con los dedos aún temblorosos, volvió al archivo.
El documento, que el día anterior se deshacía en basura, empezó a cargarse normalmente.
No era magia: parecía que al abrirlo hubiera recibido una llave o una instrucción que desbloqueaba una capa oculta.
Ahora las líneas estaban alineadas, los bloques y los párrafos tenían forma y el texto dejó de ser ruido.
Una frase se construyó arriba del todo, como un encabezado que no estaba ahí antes:
Todas las historias tienen un padre. Esta no empieza en un servidor. Empieza con una decisión.
Lucía empujó la silla sin querer; rechinó en el suelo y el estudiante levantó la vista.
—¿Estás bien?
—Sí… —consiguió decir.
No podía quedarse allí, lo que tenía que leer podría ser demasiado crítico como para hacerlo en público. Tenía que cerrarlo, apagar el equipo y salir de ahí, pero antes de que sus manos obedecieran, la pantalla cambió sola.
Un archivo se abrió a pantalla completa.
AHORA.jpg
La fotografía tenía una resolución enorme con un encuadre perfecto. Era el interior del Café Galdós. El encuadre venía desde arriba, como una cámara alta, aunque Lucía no había visto nunca cámaras en ese bar, y aun así, el plano existía.
Se veía a Julio de espaldas en la barra, el brillo del latón… y al fondo, en una mesa, una mujer pálida frente a un portátil gris.
Ella.
Lucía alzó la vista despacio y fue directa hacia ese disco blanco impoluto camuflado entre las rejillas del aire acondicionado.
El parpadeo minúsculo de una luz roja la observaba desde las alturas.
La habían emboscado en su propio refugio.
Entonces el móvil se iluminó sobre la mesa, pero no era Mara.
Un mensaje irrumpió en la pantalla con letras blancas sobre fondo negro: Lucía, la historia que buscabas acaba de empezar. El corazón le dio un vuelco porque no solo habían accedido al portátil; acababan de cruzar el puente hacia su teléfono personal.
El peso de una mirada invisible le cayó sobre los hombros.
Lucía cerró el portátil sin hacer ruido, como si el sonido pudiera delatarla, metió el equipo en su bandolera, se levantó sin terminar el café, sacó del bolsillo varias monedas y las dejó en la mesa sin mirar si era suficiente.
Al pasar junto a la barra, Julio levantó la vista.
—¿Te vas ya?
—Me ha salido… un tema de trabajo, ya sabes —mintió.
No esperó respuesta y salió casi corriendo.
En la calle no parecía haber nada ni nadie observando, solo gente sudando y andando deprisa. El aire caliente le pegó en la cara como una bofetada y caminó dos o tres pasos, sin rumbo, hasta obligarse a respirar.
Sacó el móvil y el pulgar dudó sobre el contacto de Mara. No quería contarle nada, pero tampoco podía ni quería estar sola. Guardó el móvil y decidió que no la llamaría todavía. Primero necesitaba saber quién le estaba hablando, y cómo demonios la habían encontrado.