La Noche del Eclipse Ramón Cifuentes
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Ramón Cifuentes

Ramón Cifuentes

El despertador sonó a las seis y media, pero Ramón Cifuentes llevaba una hora mirando las grietas del techo.

En esa franja entre la noche y el amanecer, el calor no daba tregua.

El aire estancado de Madrid entraba por la ventana junto con el estruendo del primer camión de la basura subiendo por Antonio Leyva.

Ramón se incorporó, las rodillas le crujieron con un chasquido seco y volvió a sentir el pinchazo en la espalda. El médico lo llamaba «desgaste» pero él «treinta años al pie del cañón».

La habitación estaba en penumbra, con el olor a cerrado y a ropa usada.

Tenía una pila de ropa sin doblar que ocupaba el sillón de lectura y una montonera de libros de historia militar acumulando polvo en la mesilla.

No había fotos por ningún lado, hacía años que había guardado los marcos en una caja de zapatos al fondo del armario, detrás del uniforme de gala, porque verlas dolía, aunque no verlas, también.

Pero al menos el hueco se podía aguantar.

En la cocina preparó café. La cafetera italiana, abollada y manchada de cal, tardó una eternidad en gorgotear.

Se sirvió café, completamente negro y sin azúcar.

El primer sorbo le quemó la lengua, pero no le importó porque necesitaba el golpe de cafeína para espantar la resaca de la medicación para dormir.

Se vistió frente al espejo del pasillo con el uniforme reglamentario de policía.

Luego se abrochó el cinturón con la HK USP Compact y las esposas.

El peso le tiró del pantalón hacia abajo, un peso que antes le hacía sentirse policía y hoy solo le recordaba que llevaba un arma cargada para custodiar papeles.

Salió a la calle y el barrio despertaba de nuevo malhumorado.

Caminó como de costumbre casi una hora hacia la comisaría de Carabanchel, ignorando el sudor que ya le bajaba por la espalda.

Al llegar el aire acondicionado lo golpeó con un ruido asmático, funcionando a medio gas y esperando un recambio que el Ministerio nunca enviaba.

—Buenos días, inspector Cifuentes —saludó el agente de guardia tras el cristal. Era un chaval nuevo, Rodríguez, que lo miraba con esa mezcla de respeto y lástima.

—Ramón —corrigió él, secamente—. Solo Ramón, aquí el cargo no significa nada —dijo sin mirarle.

Cruzó la sala común y escuchó los cuchicheos.

Dos oficiales de la escala básica se callaron cuando él pasó.

Ahí va el viejo que venía de arriba y lo perdió todo.

Ramón apretó la mandíbula y se encerró en su despacho, o lo que llamaban despacho: un cubículo al fondo del pasillo, donde la cobertura del móvil iba y venía.

Su mesa era un cementerio de papeles con expedientes de hurtos menores, quejas vecinales por ruido y una denuncia de vandalismo en un parque. Ramón se sentó, la silla protestó con un chirrido metálico, y encendió el ordenador.

El sistema tardó cinco minutos en arrancar y, mientras esperaba, encendió el terminal con la emisora compartida con la Guardia Civil, la Sirdee. Le gustaba tenerla de fondo y escuchar el pulso de la ciudad: atracos, infartos, violencia de género… la realidad.

Pero hoy, la radio estaba rara porque no se oían voces claras, solo interferencias. Ramón giró el dial.

—Zeta 38 solicitando... chhhzzzz... interferencia masiva en... chhhzzz...

Frunció el ceño y le dio un golpecito al aparato.

—Central, no se reciben coordenadas... Los semáforos de la Plaza Elíptica están... todos en verde, repito, todos en verde.

Ramón se detuvo. ¿Todos en verde? Eso iba a ser una carnicería. Miró por la ventana de su despacho, que daba a una avenida secundaria, y vio como el semáforo del cruce parpadeó, de rojo a ámbar, luego apagado y después rojo otra vez. Fallaba sin sentido, como todo lo demás.

—Maldito calor —murmuró—. Hasta los circuitos se están friendo.

Las horas de la mañana se le fueron revisando informes hasta que el teléfono fijo de su mesa sonó, sobresaltándolo. Ese teléfono nunca sonaba.

—Aquí Ramón Cifuentes.

Al otro lado solo había estática y una respiración, notó que alguien estaba ahí.

—¿Quién es?

Preguntó una y otra vez, y no obtuvo respuesta. Ya iba a colgar cuando una voz rompió el silencio.

—Hoy... Daniel.

El corazón del inspector se detuvo un segundo y el auricular le resbaló un centímetro de la mano. No reconoció la voz, pero el nombre fue un disparo a quemarropa. No llegó a preguntar, el nombre lo dejó sin aire y finalmente colgó.

Se quedó con la mano sobre el teléfono, mirando la pared desconchada frente a él. El dolor era un agujero en el pecho que no tenía forma de llenar. Le faltaba el aire y se levantó de golpe de la silla porque necesitaba salir de ese cubículo antes de empezar a gritar.

Afuera, el sol de las doce ya castigaba el asfalto; la luz era blanca y cegadora.

Ramón caminó hasta el cruce donde el semáforo seguía yendo a trompicones.

Se ajustó las gafas de sol y buscó con la mirada la cámara de tráfico del Ayuntamiento instalada en la farola.

Era una cúpula negra, de las que giran como un ojo.

Ramón entrecerró los párpados tras los cristales oscuros.

La cúpula negra parecía inmóvil, pero el ojo interior empezó a girar.

La cámara dejó de barrer el tráfico, bajó el ángulo y ajustó el foco quedándose fija apuntando hacia él.

—¿Qué coño...? —susurró y se llevó la mano al transmisor de su hombro—. Central, aquí desde la puerta de comisaría. Tengo una cámara de tráfico actuando de forma errática. ¿Están tocando algo los de Movilidad?

No se oyó nada, solo recibió ruido blanco.

Y entonces, entre ese ruido blanco, una voz se coló. La voz no pertenecía a ninguna operadora ni a ningún compañero, sino que era una voz sintética, limpia y sin interferencia.

—No es un error, Ramón. Te están observando.

Ramón dio un paso atrás, llevando la mano a la funda de su pistola por puro reflejo. Miró a su alrededor, pero la calle estaba medio vacía por el calor. Nadie con un walkie-talkie ni con un móvil cerca.

—¿Quién habla? Identifíquese —ladró a la radio.

La estática regresó, chhhzzz... y nadie respondió. La cámara de tráfico volvió a girar hacia la carretera como si nada hubiera pasado.

Se quedó allí plantado, cociéndose en su propio sudor y empapando la camisa.

Observó de nuevo la cámara, la radio y sus manos temblorosas.

Durante años había pensado que su vida se había acabado, que solo estaba esperando el final de la película.

Al cruzar la puerta, el aire acondicionado le golpeó la cara, pero ya no sentía alivio sino que percibió ese viejo hormigueo, esa alarma interna que salta antes de una emboscada.

No sabía qué estaba pasando, pero no iba a dejar que lo pillaran sentado detrás de una mesa.

En la sala común, en una esquina, la televisión escupía gráficos rojos y negros. Un rótulo parpadeaba: «CUENTA ATRÁS PARA LA TOTALIDAD: MENOS DE 8 HORAS». Ramón desvió la mirada porque no le gustaba nada de aquello; la palabra «totalidad» le sonaba a sentencia final.

En la banda inferior se alternaban destinos y cifras: «España, punto caliente de observación», «ocupación récord», «miles de visitantes».

Ramón sintió que esa sombra no venía sola.