Toboganes
Toboganes
Ramón Cifuentes llevaba toda la mañana en su mesa, con la vista fija en un parte de lesiones leves del que no entendía ni una palabra. Todavía estaba asimilando lo que había ocurrido un rato antes: la cámara de tráfico, la voz a través del walkie y ese nombre… Daniel.
El teléfono de su mesa sonó un par de veces hasta que lo descolgó.
—Diga.
—Ramón, tenemos un menor desaparecido —dijo la operadora.
A Ramón se le contrajo el estómago; era el mismo vacío que precedía a todas sus pesadillas.
—¿Dónde? —preguntó, con la voz ronca.
—En Madrid Río, en la zona del Puente de Toledo. Es un niño de ocho años, los padres dicen que se ha esfumado.
Ramón no esperó a su compañero; cogió las llaves del coche patrulla y salió de allí a la carrera, ignorando el pinchazo en sus rodillas.
El trayecto fue un aullido de sirena entre el tráfico denso y un bochorno que ya empezaba a distorsionar la visión.
A esa hora Madrid Río hervía: había familias apiñadas en la sombra, muchos niños bajo los chorros de agua y algún que otro corredor suicida desafiando a los 36°.
Al llegar, se topó con el caos: gritos, una mujer hiperventilando en el suelo y un hombre que corría en círculos gritando un nombre.
—¡Álvaro! ¡Álvaro!
Ramón se detuvo en seco al bajar del coche y escuchar ese nombre. El nombre de su otro «hijo». El mismo del que se había distanciado en los últimos años y que se dedicaba a construir fortalezas digitales para no tener que hablar con las personas.
—Agente Cifuentes. —Se identificó ante el padre, agarrándolo por los hombros para detener su carrera—. Míreme. ¿Cómo iba vestido?
—Una camiseta roja y un pantalón vaquero corto. Estaba ahí... ¡estaba ahí hace un segundo! —El hombre señalaba los columpios—. Me giré para coger agua y... ya no estaba.
Ramón pulsó el PTT de la radio.
—Zeta-40 a Central. Iniciamos batida. Cierre de perímetro en el Puente de Toledo y Pasarela de Arganzuela. Corten salidas.
El inspector empezó a correr y sus ojos comenzaron a escanear matorrales y las bajantes del río. El sofoco le golpeaba la nuca y el sudor le escocía en los ojos.
«Por favor, otra vez no».
Las imágenes se le superponían delante de sus ojos. El parque de hoy se mezclaba con el descampado de hacía cinco años y el grito de aquel hombre se fundía con el suyo propio, ese que se le quedó atascado en la garganta y nunca terminó de salir.
Y entonces, sucedió. Ramón se detuvo en un cruce de caminos de tierra, dudando entre izquierda o derecha; no había huellas ni pistas que lo ayudaran a decidir.
Iba a pedir la unidad canina por radio cuando el walkie emitió un chasquido.
Fue un sonido limpio y sin rastro de estática con tres pitidos cortos.
Bip. Bip. Bip.
Y luego, una voz sintética, la misma de la mañana, susurró una sola palabra:
—Toboganes.
Ramón miró el aparato.
—¿Quién habla?
Nadie respondió.
Miró a la derecha y a unos doscientos metros se encontraba la zona de los toboganes gigantes oculta tras unos pinos.
Era completamente ilógico porque el niño estaba en los columpios, y esto quedaba en el lado opuesto, pero Ramón ya no creía en la lógica y sí en los fantasmas. Echó a correr hacia la derecha.
—¡Zeta-40, me dirijo a la zona de toboganes! —ladró por la radio.
—Negativo, Ramón, el padre dice que... —intentó corregirle el coordinador desde la central de transmisiones.
Pero Ramón ignoró la radio.
Llegó jadeando a la estructura de los toboganes que relucía bajo el sol como una jaula de acero incandescente y completamente desierta.
—¡Álvaro! —gritó.
No se escuchaba nada, solo el zumbido de las cigarras hasta que, desde el fondo de un tubo, llegó un sollozo. Fue un llanto pequeño y ahogado.
—¿Álvaro? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Tengo calor... —gimió una vocecita desde dentro—. La puerta no se abre.
Repetir ese nombre le golpeó como un puñetazo seco en el estómago. Ese niño no era su Álvaro; era un niño atrapado en un tubo de metal que se calentaba por segundos y, aun así, el eco fue el mismo.
Ramón miró la estructura donde había una trampilla de mantenimiento en la base del tubo que debería haber estado sellada con candado. El crío se había metido, la puerta se había atascado y, con el metal ardiendo, aquello era un horno.
Golpeó la chapa con la culata de su pistola hasta reventar el pestillo oxidado que se había atascado y abrió la trampilla. Sacó al niño en brazos, estaba empapado en sudor, con la cara roja y medio inconsciente.
—Ya está, ya está —le susurró, apretándolo contra su pecho, sintiendo el latido acelerado de ese corazón pequeño—. Estás a salvo.
Cuando entregó al niño a los sanitarios y vio a sus padres correr hacia él, el policía se apartó. Se alejó del grupo, buscando una sombra solitaria, apoyándose en un árbol, y creyó que se desmayaría. Un sabor a bilis le subió hasta la boca.
Cuando se enderezó miró su radio y recordó.
Toboganes.
¿Quién podría saberlo? Las cámaras del parque no alcanzaban el interior del tubo. Permitían ver un cuerpo entrar o una sombra moverse, pero ese susurro… esa palabra exacta en el momento preciso era una orden silenciosa.
Alguien que veía lo que no se podía ver y le había guiado hasta el niño.
Volvió a la comisaría en silencio y allí el compañero joven no paraba de hablar de lo «heroico» que había sido y de su «instinto policial», pero Ramón no dijo nada. Se sentó en su mesa y fijó la mirada en la cámara de tráfico que asomaba por la ventana.
Cogió un bolígrafo y escribió en una nota adhesiva:
Toboganes. Voz. Eclipse.
Y debajo, trazó una línea uniendo las tres palabras con un nombre:
DANIEL.
Daniel estaba muerto, ese era un hecho inapelable y lo único que quedaba era la pregunta: ¿quién usaría su sombra para hablarle?
Hundió la punta del bolígrafo hasta casi rasgar el papel y añadió, a un lado, como si le doliera escribirlo:
DAIA → ¿ÁLVARO?
Miró la nota y el único nombre vivo le devolvió la mirada: Álvaro.