La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

El inspector Gabriel Somoza sube la escalera con paso decidido. Patricia es una agente excelente, una profesional que no necesita que la protejan. Aun así, no quiere dejarla más tiempo a solas con una pareja de asesinos y una adolescente.

El dolor en el brazo ha desaparecido, probablemente gracias a la adrenalina que le corre por las venas.

A pesar de la mejoría, sabe que no puede enfrentarse a ellos en su estado.

Por eso, una pareja de agentes espera en su coche patrulla frente a la mansión.

Gabriel y Patricia ya les habían advertido que quizá tendrían que custodiar a una menor cuyos padres iban a ser detenidos.

Los agentes no saben más, y Gabriel prefiere que así sea, por ahora.

Cuando entra en el despacho, Patricia gira la cabeza hacia él con una mirada cargada de expectación.

De todos los presentes, es la única que sabe que Gabriel no estaba revisando su vendaje, sino haciendo algo mucho más importante.

No necesita articular palabra; su rostro lo dice todo.

Al comprenderlo, Patricia se tensa y endereza la espalda en un gesto automático.

Un silencio tenso inunda la estancia. Lisa alterna la mirada entre ambos inspectores, claramente incómoda. La sospecha comienza a asentarse en sus ojos mientras intenta descifrar qué ha cambiado en el ambiente.

—¿Qué pasa? —inquiere rompiendo el silencio con una voz cargada de nerviosismo.

Gabriel no responde de inmediato. Mantiene las pupilas fijas en Rafael Sierra, el hombre que ha usurpado la identidad de Bastian Dubois disfrazándose y fingiendo ser alguien que no es.

Una ola de desprecio acomete a Gabriel. Le dan ganas de estrellarle la cabeza contra el escritorio, de liberar la ira que bulle en su interior.

Pero no lo hará. Su experiencia lo ha curtido en situaciones como esta y sabe mantener la calma.

Siempre lo ha hecho, y hoy no será la excepción.

Con esfuerzo, aparta la mirada de Rafael y centra sus pensamientos en Amanda. La prioridad es protegerla. No cree que la joven esté al tanto de lo que han hecho su madre y su supuesto padrastro. Y, aunque lo estuviera, no es necesario hacerla partícipe de lo que viene a continuación.

—En la calle aguardan dos agentes en un coche patrulla. Será mejor que Amanda se vaya con ellos —dice Gabriel en un tono firme pero medido.

—¿Qué? ¿Por qué? —grita Amanda con los ojos muy abiertos—. ¿Estoy detenida?

Patricia se pone en pie de inmediato y levanta las manos en un gesto tranquilizador.

—Nadie te va a detener, Amanda. El inspector Somoza y yo necesitamos hablar con tu madre —añade mientras coge su radio para llamar a los agentes.

Su mirada hacia Gabriel es un recordatorio silencioso: no piensa dejarlo solo con Lisa y Rafael.

No se fían de ellos, y con razón; en cualquier momento podría aparecer un arma de algún cajón de ese escritorio—.

¿Está abierta la puerta? —pregunta dirigiéndose a Lisa.

La mujer levanta la mirada, que hasta ese momento tenía fija en el suelo. Asiente con un movimiento débil y casi mecánico.

—No… no entiendo nada. ¿Qué está pasando, mamá? —insiste Amanda con la voz quebrada por la angustia.

Lisa no responde. El miedo ha sellado sus labios y robado cualquier intento de consuelo. Incapaz de mirar a su hija, permanece congelada, como si cualquier palabra pudiera derrumbarla aún más.

Un par de agentes, un hombre y una mujer, irrumpen en el despacho.

Con movimientos rápidos y eficientes, acompañan a Amanda afuera de la habitación.

Nadie dice nada; la escena se desarrolla en un silencio que pesa como una losa.

Gabriel y Patricia no apartan la vista de la pareja sentada al otro lado del escritorio.

Rafael y Lisa parecen encogerse con cada segundo que pasa, hundidos en sus asientos, incapaces de devolverles la mirada, faltos de valor y dignidad.

Un minuto después, los cuatro están solos en el despacho.

Gabriel se sienta. Lo hace despacio, midiendo cada movimiento, calculando sus palabras antes de pronunciarlas. Una vez acomodado, apoya la espalda en el respaldo de la silla.

—Por fin te he encontrado, Rafael —dice con calma.

El hombre que se ha estado haciendo pasar por Bastian Dubois arquea una ceja e intenta mantener la compostura.

—¿Qué? —responde, como si aún tuviera esperanzas de sostener su mentira.

—Es absurdo seguir con esto. Tus huellas y tu ADN son de Rafael Sierra. Va a ser muy fácil demostrarlo.

Lisa se tapa la cara con las manos. Tiembla, y un sollozo reprimido se le escapa de los labios. No quiere que nadie la vea llorar, pero no puede evitarlo.

Rafael Sierra yergue la espalda y se inclina hacia delante.

Sus ojos están cargados de una mezcla de desafío y resignación.

Instintivamente, Patricia se lleva la mano a la culata de la pistola, pero es un gesto innecesario.

Gabriel está seguro de que Rafael ya se ha dado cuenta de que ese es el final de su historia.

—¿Cómo lo has sabido? —pregunta Rafael con voz apagada, que no rendida por completo.

—Porque no existe el crimen perfecto. Siempre hay una manera de descubrir la verdad —responde Gabriel con autoridad—. Aunque debo reconocer que vuestro plan estaba cerca de serlo.

Quiere ganar tiempo. Habla para mantener el equilibrio mientras espera a que lleguen más agentes que formalicen la detención.

—Cuando llegué a mi casa, había una bolsa de basura pudriéndose —continúa—. Supongo que la dejasteis allí a propósito, para que pareciera que te habías ido de la noche a la mañana, ¿a que sí?

—Sí, esa era la idea —admite Rafael sin mostrar ni rastro de arrepentimiento.

—Dentro había una bolsa con semillas de césped.

—Gabriel deja caer las palabras como si estuviera lanzando un anzuelo.

Rafael vuelve bruscamente la cabeza hacia Lisa, que aún mantiene la cara oculta entre las manos.

Su reacción lo delata: la culpa por haber tirado las semillas a la basura—.

Nada llamativo a primera vista, pero después de pensarlo, resulta extraño plantar césped en verano.

Más aún replantar el jardín justo antes de abandonar la casa.

—Un poco circunstancial, ¿no crees? —replica Rafael en un intento por retomar el control de la conversación.

—Es solo el principio —dice Gabriel ignorando la maniobra de desvío—.

Gracias a eso encontré el cuerpo. Te felicito por haber usado placas metálicas, aunque, para ser sincero, tuviste suerte.

Los forenses de Alicante y Elche estaban de baja por COVID, y había un sustituto joven e inexperto.

No creo que hubieras salido indemne de otra forma.

—¿No? ¿Y qué pasa con los dientes? Fue eso lo que os llevó a pensar que habíais encontrado mi cuerpo y no el de Bastian, ¿verdad?

La frivolidad de las palabras de Rafael hace que Gabriel reprima un gesto de asco. La vanagloria con la que habla de sus crímenes le resulta nauseabunda. Pero se contiene, como siempre. Es un maestro de la calma en medio del caos.

—Sí, es cierto. Fue una buena idea, no puedo negarlo.

Solo que no ha sido suficiente. En el momento en el que pensé que podías haber suplantado la identidad de Bastian, todo empezó a encajar: que Amanda viniese en septiembre y no conociese al verdadero Bastian, el despido repentino de Mónica en las semanas previas a la noche de San Juan, que Bastian no fuese alguien popular entre los vecinos, quienes lo consideraban un misterio…

Todo. —Gabriel hace una pausa breve, como si estuviera dejando que su discurso calara—.

¡Ah! Claro, además de esto. —Saca la caja de inyecciones para la artritis reumatoide que encontró en la nevera y la deja sobre el escritorio con un golpe seco—.

Llegó una carta del hospital a mi casa. Estaba a tu nombre y te avisaba de que, debido a la pandemia, habían cambiado el horario de recogida de medicación.

Como es un tratamiento que no puedes conseguir de otra manera, seguiste acudiendo al hospital a por las jeringas.

No es algo que el verdadero Bastian necesitase tener en su nevera, ¿no crees?

Rafael chasquea la lengua y desvía la mirada un segundo, como si evaluara sus opciones.

—No caí en eso. Mala suerte —admite en un tono que pretende parecer indiferente, aunque Gabriel detecta un atisbo de frustración.

—Tranquilo. Ya no tendrás que preocuparte por ir a recoger la medicación. Te la llevarán a la cárcel.

Las palabras de Gabriel son cortantes, y un silencio helado llena el despacho.

Unas luces intermitentes de color azul empiezan a iluminar la estancia, reflejándose en los cristales de la mansión victoriana.

Como si despertara de su trance, Lisa levanta la cabeza.

Sus ojos, enrojecidos e hinchados por el llanto ya no pueden ocultar su desesperación.

Esas lágrimas que siguen cayendo desdibujan la belleza que alguna vez tuvo.

Patricia se levanta de la silla con movimientos firmes.

Su voz resuena con autoridad mientras les lee sus derechos y los informa de que están detenidos por el asesinato de Bastian Dubois.

Rafael, aún sentado, mantiene una expresión neutra, pero sus dedos tamborilean sobre el escritorio.

Lisa, en cambio, parece hundirse aún más en su asiento, como si el peso de todo lo que han hecho finalmente la aplastara.