Capítulo 38 #3
Sabe que Rafael quemará sus propios dientes en otra hoguera más pequeña encendida cerca del hoyo.
No quiere mirar; el simple pensamiento le revuelve el estómago.
De hecho, decide no volver a girarse. Prefiere concentrarse en no vomitar.
Rafael no los quemará por completo; los dientes deben ser reconocibles para cuando los arroje a las cenizas del cuerpo de Bastian.
Si alguien llegara a encontrar el cadáver, los dientes de Rafael serían una coartada perfecta.
Los dos esperan que nunca suceda, pero el detalle les ofrece una vía de escape.
A medianoche, apagan la música. El bullicio de la playa y las casas cercanas llena el aire, un contraste insoportable para Lisa, que solo desea que todo termine.
Las horas avanzan con lentitud mientras sigue vigilando, atrapada en la tensión, y Rafael renueva los troncos para mantener vivo el fuego.
De reojo, lo ve arrojar el abrebocas al fuego.
Guarda las tenazas, el martillo y el cuchillo dentro de una bolsa de plástico.
Luego, procede a vestirse con el resto de la ropa de Bastian.
Ambos tienen una complexión y una estatura similares, es la clave para que el plan funcione.
Rafael le hace un gesto señalándose el mentón.
Lisa entiende al instante y entra en la casa.
Regresa con la barba postiza que Rafael guarda en su mesilla de noche.
Es de buena calidad, aunque solo será temporal hasta que a él le crezca el vello facial.
Mañana se afeitará la cabeza para imitar la calvicie de Bastian, un detalle que pocos conocen, porque siempre llevaba boina.
—Tendré que hacer algo con los cristales de estas gafas —dice Rafael de repente rompiendo el largo silencio en el que solo se oían los chasquidos de la hoguera.
Levanta las gafas de Bastian mientras habla, pero Lisa no responde. Ni siquiera lo mira. Solo quiere marcharse. Todavía queda tapar el hoyo, replantar el césped y limpiar, y Lisa siente que cada minuto que pasa en esa casa la acerca al colapso.
Unas horas más tarde, cuando hayan terminado, será Lisa quien cometa el error de tirar la bolsa de semillas de césped a la basura.
Allí tampoco debería estar la caja metálica de Full Virginia Flake de Bastian, que Lisa, cegada por su urgencia de abandonar ese lugar para siempre, no llegará a ver.
Será ella quien eche un último vistazo a la vivienda, y su prisa la hará descuidar detalles cruciales.
Pero Rafael también comete errores. El número de teléfono apuntado en la libreta del mueble del recibidor es uno de ellos.
Es el contacto de una clínica en el centro de Alicante donde ya tiene una cita programada con un cirujano plástico para reconstruirse la nariz.
No lo hace por capricho, sino porque la del verdadero Bastian era más pequeña.
En definitiva, el plan debe ser perfecto.
Carlos se acostó temprano anoche. Su madre insistió en que saliera a dar una vuelta con sus amigos, pero él mintió diciendo que no se encontraba bien.
Sabe que sus excusas empiezan a desgastarse; el gesto de incredulidad de su madre se lo dejó claro.
Ya pensará en algo mejor. Por ahora, lo único que ocupa su mente es salir con su cámara colgada al cuello y capturar las consecuencias de la noche de San Juan.
El sol está a punto de aparecer, y Carlos se imagina las brasas moribundas de las hogueras en la playa, aún humeantes, con el amanecer como telón de fondo. Visualiza la fotografía perfecta: el contraste entre el fuego apagado y los primeros rayos de luz. Le entusiasma la idea.
Sale de su casa con sigilo para no despertar a sus padres.
Las calles están desiertas, silenciosas, como si el barrio respirara profundamente tras una noche de celebraciones.
La luna todavía pende del cielo mientras la llegada inminente del amanecer le proporciona la claridad que necesita para prescindir de la linterna de su teléfono.
A medida que avanza, captura fotografías del horizonte, deteniéndose de cuando en cuando para ajustar el enfoque y la composición.
De repente, el sonido de unos pasos rompe el silencio.
Instintivamente, Carlos se oculta tras los árboles que flanquean la carretera.
Con la respiración contenida, asoma la cabeza con cautela por detrás del tronco.
Su mirada se encuentra con una escena peculiar: la nueva amiga de su madre, esa mujer que no hace mucho se casó con el francés que vive en la mansión victoriana, camina a buen ritmo.
A su lado está su marido, descalzo, algo que Carlos advierte con curiosidad.
No siente que sea algo extraño ni alarmante.
No sospecha que estén abandonando la escena de un crimen.
Para él, no son más que dos personas que regresan a casa después de una larga noche.
Sin embargo, no puede evitar el impulso de capturar el momento.
Ajusta el objetivo de su cámara y toma la fotografía.
La imagen queda inmortalizada: ambos saliendo de una casa blanca mientras el amanecer comienza a teñir el horizonte de colores cálidos.
Carlos no sabe lo que acaba de capturar. Pero lo acabará sabiendo.