Capítulo 38 #2
Lisa se nota el estómago revuelto. Pálida como la nieve recién caída, se da la vuelta para no vomitar cuando ve que Rafael empieza a desvestir a Bastian.
El cuerpo, pesado e inerte, se balancea grotescamente sobre la hierba mientras Rafael lo manipula con precisión fría.
Incapaz de articular palabra, ella observa con asco contenido cómo le desliza el anillo de casado y se lo coloca en su propio dedo.
Esa simple acción le produce una punzada de dolor en el pecho; el simbolismo de ese gesto se le antoja macabro.
Ha seguido al pie de la letra el plan de Rafael.
No mintió cuando dijo que iba a ver a Paula; esa parte era cierta.
Pero el motivo que le dio a Bastian no lo era.
Lisa había usado la visita como coartada, un breve saludo de apenas diez minutos antes de dirigirse a casa de Rafael para ayudarlo con los preparativos.
Todo salía como habían planeado hasta que, por pura casualidad, Rafael se percató de que Bastian bajaba la cuesta con una botella de vino en la mano.
Fue entonces cuando la alertó, y Lisa se escondió a toda prisa en la habitación.
Ahora lo lamenta. Si Rafael no lo hubiera visto venir, tal vez habrían pospuesto el plan. Tal vez Bastian seguiría con vida. Tal vez ella no sería una asesina. Pero eso ya no importa, porque nada de eso ha sucedido.
Antes de abandonar su hogar, la lujosa mansión victoriana que, a partir de ese día, compartirá con otro hombre, Lisa escondió su móvil y el de Bastian en un lugar donde sabía que él jamás los encontraría.
Los silenció y desactivó la vibración; Rafael había insistido en que no debía apagarlos.
Abrió la cremallera de un cojín del sofá del salón y los puso dentro.
El escondite le pareció perfecto. Bastian nunca buscaría allí.
Con Mónica fuera de juego, él no tenía a nadie a quien recurrir para pedir un teléfono y llamar a Lisa. Tal como Rafael había predicho, dejó de buscar y acudió directamente a la cita. Bastian siempre hablaba de la importancia de la puntualidad, aunque ahora ya no tendrá que preocuparse por eso.
Con movimientos toscos, Rafael se ha puesto solo la ropa interior de Bastian.
El resto está reservado para más tarde, para evitar ensuciarla.
Entre jadeos que se clavan como cuchillos en los nervios de Lisa, arrastra a Bastian hacia el hoyo.
Ella siente ráfagas de dolor en el pecho con cada sonido: el roce pesado contra la hierba, el golpe sordo del cadáver al caer…
El impacto, amortiguado por las placas metálicas colocadas en el fondo del hoyo, produce un ruido característico. Rafael lo había planeado todo; esas placas asegurarán que el cuerpo se calcine hasta ser irreconocible.
Desde el altavoz suena «It’s my life», de Bon Jovi, pero Lisa no percibe la música.
Tiene la mente dividida entre el horror de lo que acaba de presenciar y la súbita aparición de un instinto primario: sobrevivir.
La culpa que la había atormentado hasta ese momento comienza a diluirse y da paso al miedo puro.
Vigila con atención el hueco que deja la vivienda en el lateral que conduce hacia la parte delantera.
Cada sombra le parece una amenaza. Teme que alguien, alertado por los ruidos, aparezca y los sorprenda.
Sin embargo, el lugar está desierto. Rafael no es un hombre popular ni recibe visitas inesperadas.
Están completamente solos. La disposición de la casa, aislada entre la geografía del terreno y el mar, los envuelve en un manto de anonimato. Solo la luna es testigo de su crimen.
Lisa se sacude el entumecimiento y se dirige a la caseta de los aperos. Se mueve con torpeza, como si flotara en lugar de caminar. Sabe lo que tiene que hacer, pero su mente sigue colapsada.
—Espera —le susurra Rafael en un tono tenso—. Ponte los guantes.
Ella asiente mecánicamente. Da media vuelta y entra en la casa.
Abre el cajón del recibidor y encuentra los guantes que colocó allí cuando se preparaba para ese momento.
Con manos temblorosas, se los pone y regresa a la caseta.
Busca el líquido acelerador de combustión.
Una vez que lo tiene, se acerca a Rafael y se lo ofrece evitando mirar el hoyo.
—Un momento. Primero los dientes. Céntrate, Lisa —le recrimina él. Su voz es ahora afilada.
Rafael siente cómo el corazón le late con fuerza en el pecho mientras intenta, sin éxito, mantener la calma.
Con cuidado, baja al fondo del hoyo e indica a Lisa que le acerque las tenazas que están en la caseta.
El hoyo es profundo, y Lisa tiene que agacharse para alcanzárselas.
Esa parte será complicada, así que no pierde el tiempo.
Aprieta las tenazas contra el primer diente de Bastian y le asombra notar lo duro que está.
Se toma un segundo para respirar profundamente y centrarse.
Es crucial que el diente no se rompa; si no lo extrae de raíz, tendrá que cortar la encía y sacar los restos, lo que le haría perder un tiempo valioso.
Con un esfuerzo controlado, consigue arrancar los incisivos con relativa facilidad.
Agradece que apenas brote sangre. Se lo esperaba peor, un motivo más por el que colocó las placas metálicas en el fondo del hoyo; así se aseguraba también de que cualquier rastro de líquido quedaba contenido.
La poca sangre que aparece no es roja, sino negra, algo que le resulta inquietante, pero no lo detiene.
Cuando termina con la parte delantera de la dentadura, pide el abrebocas que Lisa ha olvidado en la caseta.
Es de plástico, un objeto que también quemará más tarde.
Las muelas resultan mucho más difíciles de extraer.
Está exhausto cuando apenas ha sacado cuatro y se ve obligado a tomarse un respiro.
Le lleva más de una hora completar el trabajo.
Incluso utiliza un cuchillo fino y afilado para abrir la parte posterior de la encía en busca de posibles muelas del juicio que no hubieran emergido.
No encuentra nada más y se da por satisfecho.
Entonces abandona la profundidad del hoyo y regresa al jardín.
Encuentra a Lisa de espaldas vigilando el lateral de la casa, el único lugar por donde alguien podría asomar. Su postura es tensa, lista para interceptar a cualquiera que intentara entrar. Sin embargo, todo está en calma.
Rafael derrama el líquido acelerante sobre el cuerpo de Bastian y lo cubre con troncos, que también impregna de queroseno.
Luego arroja su propia ropa al hoyo, la que llevaba cuando ha matado a Bastian.
Había tomado la precaución de no ponerse nada con elementos metálicos como cremalleras o botones para que todo pudiera arder por completo.
No reparó en que sus zapatillas tenían un adorno de metal.
Cuando termina, enciende una cerilla y la lanza al hoyo. Una gran llama se eleva e ilumina la oscuridad mientras el fuego comienza a consumirlo todo.
Ha llegado la noche de San Juan.
Lisa se fija en que a Rafael le tiemblan las manos al sacarse del bolsillo una pequeña caja que contiene tres de sus propios dientes. Sabe que en parte se debe al cansancio, pero también a los nervios. Aunque no lo admitirá, se siente aliviada de no ser la única que está sufriendo.
Hace una semana, Rafael acudió a un dentista para que le extrajera las tres muelas del juicio que aún conservaba.
Convencerlo de hacer todo el mismo día no fue fácil; casi pierde la paciencia y estuvo a punto de ceder, lo que habría supuesto posponer todo el plan.
Fue un error de cálculo que le recordó que ningún plan es perfecto, por mucho que él se lo repitiera constantemente.
Al final, el dentista aceptó hacerlo cuando Rafael le ofreció pagar el doble.
Sin embargo, aquello no salió gratis: además de las muelas, se llevó consigo un dolor atroz que le hizo pasar la peor noche de su vida.
Para evitar sospechas, Rafael había viajado hasta Denia, escogiendo un lugar lo suficientemente alejado, y dio una identidad falsa al registrarse en la consulta.
«Nadie puede ser tan listo como él», pensó Lisa en ese momento, aunque ahora siente cómo esa imagen idealizada se desmorona poco a poco.