Capítulo 38
Se siente aliviado. Rafael es una apuesta segura, piensa, y eso lo libera de preocuparse por el dinero.
Ha ido solo; Lisa ha salido un momento a ver a Paula, quien está inquieta por su hijo Carlos.
Como buena amiga, Lisa no ha dudado en ir a hablar con ella para intentar tranquilizarla.
Ha quedado con su marido en verse más tarde, directamente en casa de Rafael.
Su nuevo amigo, encantado con la confianza que Bastian ha depositado en él, quiere celebrar el acuerdo invitándolos a cenar.
Bastian accede al jardín delantero de la vivienda. El aire es cálido, típico de una noche de San Juan, y percibe el aroma de las flores y la tierra húmeda. Oye la voz de Rafael llamándolo desde un lateral.
—Bastian, estoy en el jardín de atrás. Ven —dice en un tono jovial.
Bastian sonríe y sigue la dirección de la voz.
Al llegar al jardín trasero, lo primero que ve es un gran hoyo en una esquina algo apartada.
La tierra removida forma montones desiguales, como si alguien hubiera trabajado con prisa.
Intenta disimular su curiosidad mientras saluda a Rafael y le entrega una botella de vino caro, un detalle que considera apropiado.
—¿Has tenido algún problema en el jardín? —pregunta al tiempo que señala el agujero con un gesto casual.
Rafael se cruza de brazos como si evaluara su respuesta.
—Ah, eso… No. Quiero instalar una fuente. Algo decorativo que dé un poco de vida a este sitio.
Bastian asiente, admirando la dedicación de Rafael. No puede evitar pensar que él jamás se embarcaría en algo tan laborioso.
—Voy a guardar esto —dice Rafael, y levanta la botella—. No hacía falta, pero gracias. ¿Vienes conmigo?
—Claro —responde Bastian, y lo sigue al interior de la casa por la puerta trasera.
Ya en la cocina, Rafael deja la botella en la encimera.
—Has llegado pronto —comenta sin mirarlo.
—Sí, lo siento. No encontraba mi teléfono. Te parecerá absurdo, pero no tengo más relojes en casa y no estaba seguro de la hora.
Rafael sonríe relajado.
—No te preocupes. ¿Por qué no te abres una cerveza y me esperas en el jardín? Voy a cambiarme y salgo enseguida.
—De acuerdo.
Se sonríen, y Bastian observa a Rafael hasta que este desaparece tras la puerta de su habitación.
Luego abre la nevera y coge una cerveza.
No es su bebida favorita; prefiere el vino, pero no quiere que su anfitrión lo considere descortés.
Se saca del bolsillo un estuche con su pipa y abre una caja metálica casi vacía de Full Virginia Flake.
Vuelca el tabaco que queda en la cazoleta.
Al fondo de la caja, doblada y olvidada, encuentra una nota que escribió el día que Rafael le habló de paraísos fiscales.
La lee por inercia, pero decide que ya no tiene valor y la tira a la basura. Con la pipa cargada, sale al jardín.
Las vistas son espectaculares. Desde allí se ve el horizonte teñido por los últimos colores del atardecer. Bastian enciende la pipa, inhala profundamente y disfruta del humo mientras bebe pequeños sorbos de cerveza.
El tiempo pasa. «Rafael tarda demasiado», piensa Bastian.
De todos modos, no le importa. Quizá sea por la pipa o por la tranquilidad del ambiente, pero algo en esa espera empieza a parecerle diferente, como si el aire estuviera cargado de una expectativa que no puede identificar.
«Todo el mundo necesita su tiempo», se dice para calmar esa sensación.
Contempla cómo el atardecer se desvanece cediendo su turno a una cálida noche de verano. Está sentado en el césped del jardín e ignora que le queda menos de un minuto de vida.
Una sonrisa se dibuja en su rostro. Se siente en paz, como si el mundo hubiese decidido darle una tregua. Observa las olas romper contra las rocas escuchando el murmullo del mar, que parece susurrarle secretos. La luz de la luna, fría y distante, se refleja en sus ojos oscuros.
De pronto, el sonido de unos pasos rompe la quietud. Aunque leve, basta para helarle la espalda. Se gira rápidamente. Frente a él está la persona a quien esperaba, pero algo es distinto. Hay un destello en el ambiente, una tensión que antes no estaba allí.
—Creí que vendrías más tarde —dice esforzándose por mantener la voz tranquila mientras intenta incorporarse.
No hay respuesta.
Todo sucede en un instante. Apenas ha empezado a levantarse cuando un silbido corta el aire, seguido de un golpe seco que le sacude la cabeza. La fuerza del impacto lo arroja hacia abajo y su cara se estrella contra la hierba húmeda. Intenta moverse, pero el cuerpo no le responde.
Con gran esfuerzo, logra entreabrir los ojos.
El horizonte sigue allí, y el mar, ajeno a su destino, danza bajo la pálida luz de la luna.
Por un segundo, cree que podrá incorporarse, que todo es un error.
Entonces siente el segundo golpe, más fuerte, definitivo.
La oscuridad lo envuelve, llevándose con ella los últimos vestigios de su mundo.
Rafael Sierra no se detiene después del segundo golpe. De hecho, se ensaña con Bastian, pero no es por rabia ni porque se trate de un crimen pasional en el que desahogar su ira. Lo hace con frialdad, para asegurarse de que Bastian está muerto. El fin de su vida significa un nuevo comienzo para él.
Los últimos golpes carecen de fuerza. El cansancio empieza a dominarlo, pero el trabajo está hecho.
Observa el cuerpo inerte frente a él: el cráneo de Bastian reducido a un amasijo irreconocible es una prueba irrefutable de que no hay marcha atrás.
Aún sostiene el martillo con el que lo ha matado; pronto tendrá que deshacerse de él.
Lo lanzará al mar, donde nadie pueda encontrarlo.
Después, teñirá con su propia sangre el que robó a Ernesto durante la última barbacoa en su casa, hace más de dos semanas, y lo volverá a dejar en su caseta de los aperos una madrugada de esas sin que nadie lo vea.
Lleva puestos unos guantes de látex; no ha dejado nada al azar.
Se mira la ropa, salpicada de sangre, las pequeñas manchas que le cubren los brazos y el torso.
No le preocupa. Todo forma parte del plan que ha ideado al detalle.
Sabe lo que tiene que hacer: se pondrá la ropa de Bastian, y Rafael Sierra dejará de existir para siempre. Esa vida ha llegado a su fin.
Levanta la mirada y encuentra a Lisa. El pecho le sube y le baja con violencia, como si el aire que respira apenas fuera suficiente para mantenerla en pie.
Su rostro refleja una mezcla desconcertante de emociones.
Mientras Rafael siente una especie de satisfacción por haber dado el paso final, ella parece atrapada en un estado de conmoción.
Tiene los ojos fijos en el cuerpo destrozado de Bastian, incapaz de apartarlos, incapaz de reaccionar.
—Lisa —dice Rafael con la voz ahogada por el esfuerzo—. No disponemos de mucho tiempo. Has de ayudarme.
Ella no se mueve, y Rafael siente que la impaciencia lo inunda.
—Ya deberías haber puesto la música, Lisa. Se te ha olvidado —le recrimina.
El reproche resuena en el aire, frío y desconcertante. Las palabras parecen atravesar el silencio, pero no logran sacarla de su parálisis. Rafael respira hondo intentando contener el agotamiento que lo asfixia. Sabe que no puede permitirse perder el control ahora.
Lisa no puede moverse. Su mente, atrapada en un remolino de incredulidad y horror, no procesa lo que acaba de suceder. No puede creer que haya sido capaz de involucrarse en algo tan monstruoso. Se siente miserable. Se odia.
El recuerdo del día en que conoció a Bastian la asalta con la fuerza de una puñalada.
Lo ve al volante de su coche llevándola a casa en un momento en el que todo a su alrededor parecía desmoronarse.
Él fue amable, un buen hombre, alguien que no merecía esto.
Lisa siente que ella ha sido todo lo contrario: una mujer despreciable, incapaz de frenar el desastre.
No pudo mirar durante los golpes. Cerró los ojos con fuerza, pero no fue suficiente para bloquear los sonidos: los martillazos secos, el ruido sordo de Bastian desplomándose sobre la tierra.
Cuando finalmente se atrevió a abrirlos, él ya no estaba.
Solo quedaba su cuerpo inmóvil tendido en el suelo.
Lisa cree que le transmite un mensaje mudo, como si, incluso en la muerte, Bastian intentara perdonarla.
O peor aún, como si él cargara con la culpa de todo.
Se le contrae el pecho. Está al borde de un ataque de nervios, lo sabe. Piensa que está perdiendo la cabeza. Oye la voz de Rafael en algún lugar a su lado, pero no puede distinguir sus palabras; los profundos sentimientos de culpa amortiguan todo a su alrededor.
De repente, unas manos firmes la agarran de los hombros.
Rafael la zarandea con brusquedad y la arranca de su letargo.
Su rostro está a pocos centímetros del de ella, cubierto de salpicaduras de sangre y gotas de sudor.
El olor metálico y penetrante la golpea, mezclándose con el aliento entrecortado de Rafael.
Lisa aparta la cara, incapaz de soportarlo.
—Céntrate. Si no puedes ayudarme a desvestirlo, quédate aquí, Lisa, y no toques nada. Vaya, ahora también tendremos que quemar tu ropa. No debería haberte tocado.
Ella asiente débilmente. Vuelve a ser consciente de la situación, aunque desearía estar soñando. Pero sabe que no lo está. Es tarde para eso. Bastian está muerto.
Rafael se quita los guantes con calma calculada y, sin prisas, pone en marcha el equipo de música que había preparado en el jardín.
El volumen es bajo; no quiere llamar la atención.
Hablaron de eso cuando planificaron esa parte.
La música debía ser un elemento discreto, lo justo para camuflar ruidos sospechosos.
En una noche como esa, sería raro que algún vecino se quejara, pero Rafael siempre apuesta por la precaución.