Capítulo 40
El mundo ha comenzado a recuperar parte de la libertad perdida por la pandemia.
Ahora se permite salir, visitar a familiares y amigos, e incluso se han reanudado algunas actividades deportivas.
Pero aún es pronto para declarar la batalla como ganada, de modo que la costumbre ancestral de encender hogueras en la playa tendrá que esperar al año que viene.
A Gabriel eso le genera tristeza. Camina por la arena melancólico mientras recuerda su adolescencia en ese barrio, rodeado de amigos que lo acompañaron en la formación del hombre que es hoy.
Son buenos recuerdos: su primera cerveza, su primer beso, aquella aventura en bicicleta tratando de alcanzar la torre vigía en ruinas…
Sin embargo, ahora todo es distinto. Ya no queda nada de eso. El bar que solía frecuentar, con un largo pinar que se extendía hasta la playa, ha desaparecido. Tampoco está la portería que su padre improvisó con unas vigas de madera para que él y sus amigos jugaran al fútbol.
A pesar de ello, la Coveta sigue siendo un lugar mágico para Gabriel.
Aquí puede respirar una atmósfera diferente y disfrutar del entorno.
Mientras contempla el mar, reflexiona que quizá el destino lo trajo de vuelta para enderezar el rumbo que había perdido tras la trágica muerte de su mujer y su hija.
Ese dolor siempre estará con él, como una sombra que lo acompaña, pero ahora entiende que también es una forma de recordar su propósito.
Sueña con reunirse con ellas algún día, en algún lugar donde el tiempo y el sufrimiento ya no existan.
Pero hasta que ese momento llegue, trabajará por lo que considera su misión en este mundo.
La brisa marina le acaricia el rostro y, con los ojos cerrados, deja que lo llene de fuerza para seguir adelante.
Ha regresado definitivamente al cuerpo de policía.
Los casos que le encargan investigar son lo único que le interesa, lo único que disfruta de verdad.
Patricia está encantada con su vuelta y le ha prometido organizar una celebración por todo lo alto cuando las medidas restrictivas sean más laxas.
Gabriel no desea ningún tipo de fiesta, pero se siente agradecido con su compañera y no quiere decepcionarla.
Quien no estará en esa celebración será Nico Ortiz.
Asuntos Internos le abrió un expediente que desembocó en su expulsión.
Gabriel no ha vuelto a hablar con él, pero, según ha oído de otros compañeros, Nico trabaja ahora como guardia de seguridad en una lujosa urbanización de Cabo de las Huertas.
El inspector Somoza no siente lástima por él.
Tampoco le sorprende descubrir que sus emociones están tan aletargadas que apenas siente nada, ni sufrimiento ni satisfacción.
Supone que, una vez alcanzado el máximo grado de dolor, nada más puede herirlo.
Salvo, tal vez, la bala que le atravesó el hombro.
La cicatriz ha estado dándole problemas, y tuvo que acudir a un especialista.
No la cuidó como debería y ahora arrastra una pérdida de movilidad que lo lastra en su día a día.
Se ha convertido en una figura conocida y apreciada entre sus vecinos, quienes lo saludan con respeto cuando pasea por la Coveta Fumá.
Incluso lo convidan a cenar a sus casas, pero ha declinado todas las invitaciones.
No está preparado para reiniciar su vida social.
Para él, la laboral es más que suficiente.
Azabache, su nuevo gato, se encarga de hacerle compañía.
Carlos sigue con sus fotos. Gabriel lo ha visto varias veces escondido detrás de unos arbustos en la ladera que lleva hasta su casa.
A pesar de que el chico es cuidadoso, Gabriel se da cuenta de que le apunta con su cámara.
No es algo que le guste, pero no le dice nada, ni lo hará.
Siente que se lo debe después de que lo ayudara a resolver el asesinato de Bastian Dubois.
Probablemente Carlos esté triste ahora que Amanda ha regresado a Madrid con su padre. Sin embargo, Gabriel sabe que los amores efímeros, sobre todo los no correspondidos, son más fáciles de olvidar.
Su vecino Ernesto continúa en la cárcel.
En otras circunstancias, quizá solo habría pasado una breve temporada encerrado, o incluso podría haberse librado, de no haber sumado el cargo de intento de asesinato al utilizar a los Bobrov para quitarse de encima a Gabriel.
Ahora es tarde para arrepentimientos: pasará, al menos, cinco años en prisión.
Aurora, su exesposa, sigue siendo vecina de Gabriel, aunque apenas tienen contacto.
Se limitan a un saludo cordial antes de que ella agache la cabeza y desaparezca.
Gabriel no sabe a qué se dedica en este momento, pero confía en que encontrará su camino; es una mujer inteligente.
Hace unos días, se cruzó en la comisaría con Cole Kane.
Lo habían detenido, una vez más, por vender droga.
Duda que Cole sea capaz de enderezar su vida o dejar las actividades delictivas.
Sin embargo, tampoco cree que cruce la línea y se convierta en un asesino.
Su ignorancia y desconocimiento probablemente acabarán con ese chico antes de que pueda hacer daño a alguien.
El secreto de Óscar y Amanda salió a la luz, como no podía ser de otra forma, y Lidia, su mujer, lo echó de casa.
Ahora vive sola con su hija, Sonia, y según Gabriel ha podido escuchar, lucha contra su enfermedad de manera titánica, demostrando una gran fortaleza. Quizá eso la lleve a ganar la partida.
Y luego están Rafael y Lisa. El juicio fue rápido; las pruebas eran abrumadoras, y no tuvieron cómo defenderse.
Rafael fue condenado a veintidós años de cárcel: dieciocho por asesinato y cuatro más por suplantación de identidad y falsedad documental.
Lisa recibió una condena más leve: ocho años.
Ninguno de los dos podrá recuperar su lujosa vida.
Como tampoco podrá Bastian, la verdadera víctima de esta historia, quien menos merecía su oscuro destino.
Cada mañana, cuando conduce hacia la comisaría y pasa por delante de la mansión victoriana, Gabriel se pregunta quién será su nuevo habitante. Sabe que la fortuna de Bastian se transfirió a su único familiar vivo: un hermano de su padre, residente en Francia, con quien apenas tenía relación.
Cuando cae la noche, se sienta en el césped de su jardín.
Le gusta vivir allí, a pesar de cuanto ha sucedido en ese lugar.
Tiene estómago suficiente para sobrellevarlo.
Con una cerveza en la mano, observa cómo la oscuridad se apodera de todo y oculta el mar.
Pero sigue oyéndolo, y el aroma salino del agua todavía lo acompaña.
Con eso le basta.