La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Rafael se despide de Bastian y Lisa con una sonrisa breve, apenas un gesto de cortesía.

Sus pensamientos están en otra parte, tan absorbentes que el mundo a su alrededor se reduce a un murmullo lejano.

Ha comprendido algo esencial: Bastian es un libro abierto, fácil de leer y, más importante aún, de manipular.

Gracias a Lisa, la confianza de Bastian en él es total, un regalo que Rafael no tiene intención de desaprovechar.

Mientras camina hacia su casa, las posibilidades se dibujan en su mente con una claridad inquietante.

En todos los escenarios, se lleva una buena tajada utilizando la ingenuidad de Bastian para obtener beneficios sin ofrecer nada real a cambio.

Pero hay uno en particular, una idea que lo tiene cautivo y que le late en la cabeza como un tambor: quedarse con todo. Con su dinero, su casa… y su mujer.

Es un plan complejo, una jugada maestra que requerirá tiempo, paciencia y precisión quirúrgica.

No puede precipitarse. Cada movimiento debe estar calculado; cada paso, perfeccionado.

Y necesitará un cómplice, alguien que le abra las puertas desde dentro.

Lisa es la pieza clave. Lisa, que ya ha demostrado que no tiene reparos en jugar a dos bandas si eso satisface sus deseos.

Rafael siente un escalofrío, una mezcla de excitación y temor. Si fallan, el precio será alto. Pero si lo logran, será el golpe perfecto, digno de un tipo tan brillante como él.

Mañana hablará con ella. No será una conversación cualquiera, debe elegir el momento con cuidado.

Después de hacer el amor, cuando las defensas estén bajas y las emociones a flor de piel, será el instante ideal.

La tensión del día se disipará y las palabras fluirán como una promesa de un futuro que solo ellos pueden construir.

Por ahora, se permite una sonrisa más amplia, un gesto que nadie puede ver mientras abre la puerta de su casa. El plan ya ha echado raíces en su mente, y cada vez se siente más seguro de que no habrá marcha atrás.

Lisa mira a Rafael sorprendida. Ambos están desnudos en la cama, y las frases que acaban de salir de su boca la han dejado desconcertada.

—Es una broma, ¿verdad? —pregunta incrédula.

Rafael no responde con palabras. Su rostro permanece inmóvil, pero la seriedad en su expresión lo dice todo.

Lisa suelta una carcajada nerviosa. Se incorpora y se rodea las rodillas con los brazos, como si intentara protegerse de algo invisible.

—¿Me estás hablando en serio? —pregunta mientras su semblante comienza a endurecerse.

—Sí. Piénsalo. Es un plan perfecto —confirma Rafael.

Lisa aprieta los labios, aparta la mirada y se queda en silencio.

«¿Se ha vuelto loco?», piensa. La habitación, que minutos antes había sido un refugio de pasión, ahora le resulta opresiva.

Las paredes parecen cerrarse a su alrededor.

Una náusea repentina le revuelve el estómago. Está nerviosa, pero también enfadada.

Quiere mirarlo a los ojos, enfrentarlo, gritarle lo que realmente piensa. Quiere decirle que le da asco. Pero no lo hace. Una voz interna, fría y calculadora, la detiene. No puede permitirse un arrebato.

En lugar de eso, se levanta con movimientos bruscos y empieza a vestirse rápidamente, casi temblando de la furia contenida.

—Espera. ¿Adónde vas? —pregunta Rafael en un tono que mezcla sorpresa y cierta alarma.

Lisa no contesta. No lo mira, tampoco vacila. Se termina de vestir y sale por la puerta del jardín trasero, cerrándola tras de sí con más fuerza de la necesaria. Ni una sola vez vuelve la vista atrás.

Han pasado dos días y Rafael no tiene noticias de Lisa.

Se muere por llamarla, pero acordó que jamás lo haría.

La espera le resulta insoportable. Ha salido con el coche en un par de ocasiones, fingiendo tener algo que hacer, solo para pasar por delante de la mansión de los Dubois con la esperanza de verla.

Pero Lisa no aparece, y cada viaje lo deja más frustrado.

Se siente estúpido. Se calienta la cabeza, incapaz de comprender cómo pudo ser tan ingenuo al pensar que Lisa estaría de acuerdo con un plan tan despiadado.

Sin embargo, lo que más le duele no es la idea, ni siquiera su ejecución fallida.

Lo que realmente le atormenta es haberla perdido.

A Lisa y el dinero. No sabe cuál de las dos pérdidas le resulta más dolorosa.

Con manos temblorosas, se sirve su tercer whisky de la noche.

El mareo empieza a asentarse, pero no apaga la punzada de ansiedad que lo atraviesa cada vez que mira su teléfono.

La promesa que hizo a Lisa se tambalea con cada trago.

Tal vez un simple mensaje bastaría. Solo algo para que ella acceda a hablar con él.

Se convence de que podría retractarse. Le diría que todo fue un malentendido, que no quiso decir aquello, que no es el monstruo que Lisa debe de pensar que es. Aunque sea mentira. Lleva tanto tiempo mintiendo que hacerlo una vez más no le cuesta. Es su instinto de supervivencia.

Agarra el móvil con decisión y comienza a escribir. Borra el mensaje. Escribe otro. Lo vuelve a borrar. Las palabras se enredan en su mente mientras lucha por encontrar la manera perfecta de alcanzarla.

De repente, un sonido seco rompe el silencio: alguien aporrea la puerta trasera que da al jardín. Rafael siente cómo se le agarrotan los músculos del abdomen. Deja el teléfono sobre la mesa y, tambaleándose ligeramente por el alcohol, se levanta con prisa para abrir.

Es Lisa. Sus ojos brillan con una mezcla de determinación y furia. Antes de que él pueda decir algo, lo empuja hacia dentro y cierra la puerta con un golpe seco.

Rafael no tiene tiempo de reaccionar. Lisa le clava la mirada, una mirada que quema, y sin aviso le agarra de la nuca y lo atrae hacia ella. Lo besa con una pasión que lo deja sin aire.

Al separarse apenas unos centímetros, con los labios aún rozándose, lo observa fijamente y, con una voz firme y cargada de intenciones, dice:

—¿Cómo tienes pensado hacerlo?