La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Sentado en el sofá de su salón, Rafael recapitula sobre el día anterior, que fue especialmente ajetreado. Anoche no pegó ojo pensando en Lisa; estaba preocupado por si se había metido en un problema, otro más.

No ha sido así. La visita ha resultado mucho más gratificante de lo que esperaba.

A primera hora, la ha visto bajar apresurada la cuesta desde la mansión hasta su casa.

Iba vestida con una elegancia que desentonaba con lo que se suponía que sería un encuentro desagradable.

Rafael se ha fijado en cómo Lisa miraba de soslayo hacia atrás observando las ventanas de las viviendas vecinas, como lo haría una mujer que sabe que está obrando mal y que, por ello, no quisiera ser vista.

Por si fuera poco, no ha llamado a la puerta principal.

Ha rodeado la casa y ha golpeado con los nudillos la puerta del jardín trasero.

Sus miradas se han cruzado solo un instante.

Después, Lisa ha entrado sin esperar invitación pasando por delante de Rafael y dejando tras de sí un aroma embriagante, afrutado.

Él no ha podido evitar emocionarse. Si ella se había tomado la molestia de perfumarse y arreglarse tanto, ¿no sería porque quería impresionarlo?

Lisa ha ido directa al grano. Nada de rodeos ni saludos cordiales. Le ha preguntado cómo podría divorciarse y quedarse con parte de la fortuna de Bastian. No lo quiere todo, le parece injusto, pero es su mujer y, según ella, eso le da derecho a una cantidad nada desdeñable.

Rafael ha sido claro: es imposible. A no ser que tengan un hijo.

Eso cambiaría las cosas. Sin embargo, Lisa ha rechazado de inmediato esa opción y le ha exigido que encuentre otra manera.

Complaciente, Rafael le ha prometido que hablará con un colega con más experiencia en ese tipo de asuntos para buscar una solución, pero es mentira, no tiene colegas dispuestos a hablar con él.

Es solo una estrategia para volver a verla.

Después de eso, la atmósfera gris que envolvía el hogar de Rafael ha comenzado a teñirse de tonos más cálidos. Ha utilizado las palabras adecuadas para que Lisa se abriera y le contara sus problemas. O quizá ella lo necesitaba y lo habría hecho de todas formas. Nunca lo sabrá.

Las frases cautelosas han dado paso a una conversación más relajada. Han reído, han tomado café juntos, se han contado historias de su pasado y, en algún momento, hasta se han sincerado. Todo eso antes de que Lisa dejara caer un par de indirectas que Rafael no ha tardado en captar y aprovechar.

La deseaba cada vez más. Mientras ella hablaba, él imaginaba que se abalanzaba sobre ella, le subía el vestido y deslizaba las manos por su piel.

En un momento dado, sentados muy cerca el uno del otro en el sofá, Lisa le ha rozado los dedos al recolocarse. Él la ha mirado con una sonrisa sugerente y, medio en broma, medio en serio, le ha dicho:

—Si lo haces otra vez, lo tomaré como una provocación. Y no tendré más remedio que besarte.

Lisa lo ha hecho. Quizá sin querer, quizá con toda la intención. Y Rafael ha cumplido su promesa.

El beso ha comenzado suave, como si ambos midieran las aguas, pero pronto se ha vuelto más apasionado al notar que Lisa no se retiraba. Lo demás ha sido cosa de dos adultos que han cerrado la puerta de la habitación, bajado la persiana y disfrutado de un momento íntimo.

Ahora, Rafael está acostado en esa misma cama deseando que vuelva a pasar.

Han transcurrido dos días desde su encuentro con Rafael, y Lisa intenta convencerse de que debería estar arrepentida.

Pero no lo está. Lo único que siente es ansiedad, esperando impaciente a que Bastian salga de la mansión, aunque sea solo un momento para lavar el coche.

Que se vaya, que la deje sola. Así podrá volver a la casa de Rafael y sentirlo de nuevo dentro de ella.

Bastian le resulta cada vez más tedioso.

Tiene que esforzarse mucho para no soltarle una mala contestación o reírse de él.

Quizá sea la primera vez que un hombre la trata tan bien: que se preocupa por ella, que le regala ropa cara, que la respeta…

, sobre todo que la respeta. Pero eso no es lo que ella quiere.

Prefiere un hombre que no se lo ponga tan fácil.

Sabe perfectamente que hay algo roto en ella, alguna tara que la lleva a sentir atracción por los hombres que no le convienen.

Aunque no piensa en eso. Solo piensa en Rafael.

Mónica está alerta a todos sus movimientos.

Como si deseara pillarla haciendo algo indebido para correr a contárselo a Bastian.

Lisa teme que sea ella quien la descubra, porque si Bastian la encontrara en el regazo de Rafael, seguro que creería cualquier excusa barata y acabaría perdonándola. Es tan inocente que resulta patético.

Aun así, sabe que debe tener cuidado. No quiere perder todas las comodidades que conlleva vivir con Bastian, y mucho menos ahora, cuando ya han acordado la fecha en que Amanda se instalará con ellos.

Ha sido un acuerdo entre todas las partes.

El padre biológico de Amanda no ha puesto muchas pegas al hecho de que su hija se mude a otra ciudad y la chica se siente ilusionada por iniciar una nueva vida que su madre le ha descrito como maravillosa.

Para evitar problemas, Lisa le ha dejado bien claro a Rafael que no puede llamarla bajo ningún concepto. Tampoco debe enviarle mensajes ni aparecer por su casa. Será únicamente ella quien lo visite cuando lo considere oportuno. En eso no hay discusión posible.

Sus nuevas amigas, las vecinas que pasean al perro por la playa cercana, tampoco deben enterarse.

Nadie debe enterarse, en realidad. No le caen bien, salvo Paula, una que tiene un hijo algo peculiar.

El chico pasa el día haciendo fotos a gaviotas y cosas similares.

Ayer acompañó a su madre a sacar al yorkshire que tienen, y a Lisa le molestó que la retratara sin avisar.

Le incomoda no saber cuándo la están fotografiando; quiere mostrar siempre su mejor perfil.

En ese mismo grupo de amigas, el nombre de Rafael ha salido un par de veces.

Hablan de él como un abogado corrupto que, al parecer, anda captando clientas entre las ancianas que se reúnen para jugar a las cartas.

A Lisa le costó disimular una sonrisa cuando lo mencionaron, pero fue prudente y se limitó a escuchar.

Nadie va a descubrirlo jamás.

Bastian ha pasado las últimas semanas leyendo libros sobre economía. Está fascinado con la cantidad de información que ha encontrado y se considera preparado para reunirse de nuevo con Rafael Sierra y trazar un plan de inversión.

Está profundamente agradecido a Lisa. Ha sido ella quien se ha tomado la molestia de buscar talleres presenciales en universidades cercanas y de localizar librerías donde pudieran recomendarle volúmenes interesantes.

A veces se siente culpable por dejarla sola tardes enteras en casa, pero Lisa es tan maravillosa que, al volver, siempre lo recibe con su mejor sonrisa y jamás le reprocha nada.

Al contrario, lo anima a seguir formándose porque entiende lo importante que es para él garantizar el futuro de su familia.

Esa noche, están tomando una copa de vino en el jardín.

El día comienza a ser más largo y la temperatura ya no es tan fría.

El ambiente es agradable. Lisa está concentrada en su teléfono móvil, comprando ropa por internet, mientras Bastian se decide a abordar un tema que desde hace varios días le ronda la cabeza.

—Creo que deberíamos concertar otra cita con Rafael, el abogado —comenta en tono alegre.

Lisa levanta la vista, sorprendida.

—Me he cruzado con él un par de veces mientras paseaba a Milú. Me dijo que cuando quisieras podría volver. Ya sabes, por si tienes alguna duda.

—Creo que voy a llamarlo.

—¿Ahora? —exclama Lisa. Apaga el teléfono y lo deja sobre la mesa del jardín—. Es muy tarde. Mañana, cuando pasee a Milú, pasaré por su casa y le diré que venga después de comer.

—Gracias, cariño. Te quiero —responde Bastian, y le dedica una sonrisa cálida.

—Y yo a ti —contesta Lisa devolviéndole la sonrisa con suavidad.