Capítulo 34
Rafael Sierra está de pie en la puerta de la mansión victoriana de los Dubois. Una pequeña perra blanca lo ha seguido por todo el jardín desde que le abrieron la verja que separa la propiedad de la calle.
Se ha preparado para la ocasión: un par de toques de una colonia barata pero efectiva, su mejor camisa recién planchada esa mañana y el Rolex falso que mejor combina. Todo un despliegue para impresionar.
Lisa abre la puerta de la casa, y Rafael mantiene el juego entre ambos.
Cree, o quiere creer, que esa mujer está más interesada en lo que hay debajo de sus pantalones que en el contenido de la carpeta que lleva en la mano.
Le gusta la idea. «¿A qué hombre no le gustaría?
», piensa. Es guapa, tiene estilo y un cuerpo perfecto.
No piensa tensar la cuerda, pero si ella lo provoca, lo encontrará con facilidad.
Todo empieza con buen pie, con esa mirada escrutadora que Lisa le lanza nada más verlo. Rafael se esfuerza por aparentar seguridad, como un hombre que sabe lo que hace, aunque la realidad es otra: es, sin duda, su peor momento.
Está en la ruina. Su cuenta corriente está vacía y su hermano le ha dejado claro que no le prestará más dinero. Necesita que esto salga bien; no tiene un plan B. Nadie lo contratará como abogado porque está suspendido, pero eso los Dubois no lo saben. Y no tienen por qué saberlo.
Ernesto Crespo ha resultado ser poco más que un charlatán.
Se desentendió por completo cuando Rafael le sugirió obtener algo de dinero de los vecinos.
Debería tener cuidado con él; si Ernesto decidiera destapar sus operaciones fraudulentas, podría arrastrarlo a la ruina o chantajearlo para conseguir efectivo.
Por ahora, no lo hará. Le resulta más útil usar el nombre y la empresa de Ernesto para captar clientes…
o víctimas, según se prefiera llamarlos. A Rafael eso le da igual.
Ernesto dice que no conoce mucho a Bastian Dubois, solo lo ha visto un par de veces desde la distancia.
Asegura que no sabía que estaba casado, aunque algo no le cuadra: se ha fijado en que Lisa pasea a veces con Aurora, la mujer de Ernesto, pero no quiso indagar demasiado.
«Quizá se conocen desde hace poco», piensa.
Lisa lo invita a pasar y lo guía hasta un salón amplio con acabados contemporáneos que contrastan con la fachada tradicional. Camina con cuidado, contoneando las caderas con un refinado estilo que Rafael no puede ignorar. Le cuesta apartar la mirada de ella y fijarse en la decoración.
Bastian Dubois resulta ser un hombre de su misma edad con una barba canosa y espesa, y un aire bohemio que refuerza con una boina de estilo francés. Se pone en pie para recibirlo.
—Hola. Soy Bastian Dubois. Gracias por venir.
Se estrechan la mano, y Bastian señala un sillón, invitándolo a sentarse.
—Bienvenido —insiste.
—Gracias por atenderme, señor Dubois.
—Por favor, llámame Bastian. No estoy acostumbrado a que me traten de usted.
Rafael sonríe y, mientras habla, levanta la vista hacia las paredes decoradas con cuadros caros. Está seguro de que son obras de arte auténticas.
—Tienes una casa preciosa, Bastian —comenta sin poder apartar las pupilas de los cuadros.
—Gracias. Es más bonita desde que Lisa vive en ella —responde Bastian.
Ella sonríe, pero sin dejar de mirar a Rafael con esa expresión hechizante que hace difícil ignorarla.
Rafael se presenta formalmente. Explica que trabaja en asociación con Ernesto Crespo, vecino de ambos, quien gestiona una administración de fincas. Habla de su actividad como abogado, si bien exagera sus logros y narra éxitos inventados con seguridad ensayada.
Bastian escucha con atención, completamente absorto. «Es un ingenuo», piensa Rafael. Sin embargo, la expresión de Lisa es diferente, casi contradictoria. Entre la pasión y la desidia, aunque no consigue descifrarla del todo.
Confiado, Bastian ha preparado un portafolios con sus cuentas y los recibos de sus ingresos. Lo coloca sobre la mesa y Rafael lo examina. Su reacción es inmediata: se lleva las manos a la cabeza, como si lo que ve fuera más de lo que esperaba.
—El principal problema de las rentas altas, como la tuya, es que os devoran a impuestos. Es triste, pero es así. De los casi veinte mil que te llegan al mes, Hacienda se lleva una parte muy jugosa. Tu actual gestor lo retiene por su cuenta, supongo que para la declaración posterior.
—¿Ves algo raro en las cuentas? —pregunta Bastian mientras coge la libreta y el bolígrafo que había preparado, colocados junto al soporte para pipas y la caja metálica de Full Virginia Flake.
—Tendría que revisarlas con más detenimiento. No veo imprecisiones, pero sí me llama la atención que no haga nada para que pagues menos impuestos —indica Rafael con semblante analítico.
—¿Algo como qué? —inquiere Bastian, dispuesto a tomar notas.
—Como crear una sociedad, registrar una empresa en un paraíso fiscal, usar testaferros…
—¿Has dicho «paraíso fiscal»? —interrumpe Bastian alzando la vista.
—Sí. Hay muchos. Samoa, por ejemplo, es uno de ellos. De mis favoritos, de hecho.
Bastian apunta algo en su libreta, pero no puede evitar sonrojarse al ver que Rafael hace una pausa para que escriba.
Una vez que termina, el abogado continúa explicándole varias estrategias para pagar menos impuestos y obtener mayor beneficio.
También le sugiere incluir propiedades a nombre de Lisa cuando Bastian menciona que no tiene familiares cercanos.
Tras revisar el certificado de matrimonio, Rafael descubre que están casados en régimen de separación de bienes.
Sigue sugiriendo a Bastian que debería destinar un porcentaje alto de su liquidez a inversiones seguras en índices bursátiles y le enumera todas las ventajas que eso supone. Sin embargo, no menciona ningún riesgo. Bastian tampoco pregunta al respecto.
—¿Esta casa está hipotecada? —pregunta Rafael en un momento determinado.
—No, la pagué al contado.
Rafael sacude ligeramente la cabeza, desaprobando.
—Eso ha sido un error. Los intereses de una hipoteca habrían sido más bajos que el beneficio que podrías haber obtenido de haber invertido ese dinero.
Bastian se encoge de hombros sin darle demasiada importancia.
—¿Podría ver las escrituras de las demás propiedades que tienes?
—¡Oh! Sí. Están en algún lugar de mi despacho. Disculpadme un minuto.
Bastian se pone de pie y se apresura a subir la escalera en busca de los documentos.
El salón queda en silencio. Rafael y Lisa se quedan solos. Ella permanece sentada con las piernas cruzadas, un codo sobre una rodilla y la cara apoyada en la mano, con los ojos clavados en Rafael, quien le sostiene la mirada con calma.
—Sé lo que estás tramando —dice Lisa cuidando de no levantar la voz.
Rafael no responde, pero tampoco aparta la vista.
—Mañana por la mañana iré a tu casa y tendremos una charla tú y yo —añade Lisa en un tono que sugiere más amenaza que invitación.