Capítulo 33
La luna de miel ha sido toda una experiencia para Lisa, que nunca había salido de España.
Durante dos semanas ha disfrutado de las islas Seychelles, nada más y nada menos.
Ha paseado por playas increíbles y contemplado paisajes de ensueño, montado en moto de agua y observado tortugas gigantes.
La han tratado como si fuese de la realeza, y le encanta esa sensación: la de tener gente dispuesta a servirle, como si ese fuese su principal propósito en la vida.
Bastian está muy enamorado; cualquiera puede notarlo con solo fijarse en cómo la mira.
A Lisa le gusta esa atención, pero solo por lo que implica.
Hace tiempo que añora a un hombre de verdad.
Alguien que tome las riendas, que no se acelere como un adolescente con cada roce y que sepa controlar sus emociones.
Alguien que le dé más de un minuto de placer, lo suficiente para llevarla al orgasmo.
Hace dos días que regresaron, y salvo el momento en que fueron a recoger a Milú, su nueva perra, no han salido de casa. Ese encierro empieza a angustiar a Lisa; desearía tener algo más de actividad.
A última hora de la mañana, el timbre suena.
Su primer instinto es llamar a Mónica, que está en la planta superior limpiando los cuartos de baño, pero el aburrimiento puede más.
Decide ir ella misma. Al asomarse, ve a un hombre de espaldas tras la reja.
Da unos pasos hacia delante y cree reconocerlo.
—Hola —dice dubitativa.
El recién llegado se gira. Es él, el nuevo vecino de la casa blanca al final de la calle, el que le sonrió un par de veces antes de su luna de miel.
—Hola —responde él esbozando su mejor sonrisa—. Me llamo Rafael Sierra. Creo que ya te había visto por el barrio.
Lisa ladea la cabeza.
—¿Sí? Lo siento, pero ahora mismo no lo recuerdo.
El hombre sostiene una carpeta firmemente contra el costado.
—Yo nunca olvido una cara bonita.
«¡Qué osado!», piensa Lisa.
—¿Puedo ayudarle en algo? —pregunta con cautela.
—¡Oh! Tutéame, por favor. La verdad es que me preguntaba si yo podía ayudarte a ti. Vine hace unos días, pero no había nadie en casa.
—Mi marido y yo hemos estado de viaje, de luna de miel —responde Lisa mientras se retira la larga melena rubia hacia atrás con un movimiento estudiado.
—¡Vaya! ¡Enhorabuena! Tu esposo y tú tenéis una casa preciosa.
Soy abogado y me dedico a la gestión de grandes patrimonios, como seguro es vuestro caso.
—Rafael abre los brazos y alza la vista hacia la opulenta mansión—.
Me preguntaba si contáis con alguien que os ayude a sacar rendimiento de vuestros bienes.
—Esos asuntos los gestiona mi marido.
—¿Podría hablar con él? —pregunta Rafael dando un paso al frente.
Lisa permanece plantada en la puerta, se acorta la distancia entre ambos. La tensión en el aire se hace palpable.
—No está en casa —miente con naturalidad.
Rafael inclina la cabeza y desvía la mirada hacia el coche aparcado dentro. Es imposible que no lo haya notado; un coche así llama demasiado la atención.
—Vale. Entonces te dejo esto. —Abre la carpeta y extrae una tarjeta que entrega a Lisa. Ella la observa un instante—. ¿Podrías decirle que me llame, por favor?
Por algún motivo, Lisa decide utilizar una mirada cautivadora. Lo ha hecho muchas veces y sabe el efecto que provoca.
—Así lo haré —responde arrastrando las palabras con estudiada lentitud.
Bastian sostiene en la mano la tarjeta que le ha dado Lisa. Piensa en lo aplicada y responsable que es su mujer, y se deleita al recordarse a sí mismo que ahora lo es: su mujer. Jamás pensó que se casaría y, mucho menos, que lograría enamorar a una belleza como ella.
Desde que sus padres murieron y heredó toda su fortuna, no se ha preocupado por el dinero.
No es alguien que gaste demasiado. La casa y el coche fueron caprichos puntuales, nada más.
No tiene un armario lleno de ropa cara, ni viaja en exceso ni disfruta de lujos superfluos.
Vive cómodamente, pero sin extravagancias que su elevado patrimonio no pueda cubrir.
Cada mes, recibe más de veinte mil euros en rentas de las propiedades inmobiliarias que posee repartidas por toda la costa mediterránea y el sur de Francia.
Apenas ha visitado dos o tres de esas propiedades, y no es él quien se ocupa de los alquileres.
Un gestor, a quien ni siquiera conoce en persona, se encarga de esos asuntos.
Bastian solo sabe que su cuenta bancaria rebosa dinero, varios millones de euros, y que crece un poco más cada mes porque no gasta ni una cuarta parte de lo que ingresa.
Quizá sea un buen momento para empezar a preocuparse más por sus finanzas. Ya no está solo: ahora está casado. Además, si todo sale como espera, Amanda se unirá pronto a la familia.
Durante años, ha recibido llamadas del banco y de asesores financieros que le ofrecían paquetes para sacar más rentabilidad a su dinero. Nunca les prestó atención; no era algo que le interesara. Pero ahora está dispuesto a cambiar. Debe ser más responsable, tiene una obligación con su familia.
Es tarde. Mónica se marchó hace rato, y Lisa está tumbada en el sofá con una copa de vino en la mano viendo algo en la tele.
Bastian baja la escalera despacio, con miedo de molestarla.
Pero ella vuelve la cabeza, le sonríe y le hace un gesto para que se siente a su lado.
Se recoloca en el sofá para dejarle sitio.
Bastian obedece. Todavía siente cosquillas en el estómago cada vez que la tiene cerca. Desea besarla, pero no se atreve. Entonces es ella quien se inclina y le da un beso húmedo en los labios.
—¡Qué guapo estás hoy! No me había fijado.
Bastian se sonroja y se ajusta la boina. Sabe que Lisa entiende por qué la lleva: su calvicie es un trauma que no quiere exponer.
—He pensado en llamar a ese hombre. Me gustaría saber qué propone —comenta.
—¿El vecino que dejó su tarjeta?
Bastian asiente.
—Tú sabes más de esos temas que yo, mi amor. ¿Tienes a alguien que te ayude con eso?
—No. Ese es el problema. Quizá debería preocuparme más por estos asuntos. El dinero nunca ha sido una prioridad para mí. —Bastian agarra la copa de Lisa y le da un trago—. Perdona. ¿Quieres que coja otra copa?
Ella le da un manotazo en el hombro y él finge que le duele mucho. Lisa se ríe y vuelve a inclinarse hacia él para darle otro beso, esta vez más largo.
—¿Crees que me da asco? —le susurra con voz sugerente al oído.
Bastian se encoge de hombros, intentando controlar su erección. Deja la copa en la mesa de centro.
—Ya sabes que cada mes llegan las rentas de los alquileres, pero ni siquiera reviso que todo esté bien. Es mucho dinero y me sobra, así que lo dejo estar.
—Cariño, con eso tienes que llevar cuidado. Hay mucha gente que no es tan maravillosa como tú y podría intentar engañarte —advierte Lisa al tiempo que mueve la cabeza con gesto de preocupación—. Aparte del dinero de las rentas, ¿hay algo más que gestionar?
—¿Como qué? —pregunta Bastian, sorprendido.
—No sé… Acciones, negocios…, cosas de ese estilo.
—¡Ah! —Bastian se deja caer contra el respaldo del sofá y se hunde en la tapicería—.
No, mi padre liquidó todas las acciones cuando le diagnosticaron un cáncer terminal.
Decía que era mejor que yo decidiera dónde invertir el dinero.
Lo que sí hay es una cantidad importante que quizá debería mover.
No está generando mucho y, según he leído, hay maneras de conseguir más rentabilidad.
—¿De cuánto dinero hablas? —pregunta Lisa, que ha abierto los ojos de par en par.
—De siete millones y medio de euros.
A Lisa se le escapa un bufido.
—¡Madre mía, Bastian! ¡Es muchísimo! Claro que tienes que contratar a alguien.
Él asiente convencido.
—Me gustaría que vinieras conmigo.
Esas palabras provocan una sonrisa en Lisa. Lo mira con seducción, le acaricia la cara con un dedo que baja despacio hasta el cuello. Lo agarra de la camisa y lo atrae hacia ella, luego lo muerde suavemente a la altura de la yugular.
—Cuenta con ello —le susurra.