Capítulo 32
Bastian está sentado en el sofá de la terraza de su habitación.
Desde allí, en la planta superior de su mansión victoriana, se ve el mar.
La brisa le acaricia el rostro mientras sigue con la mirada las gaviotas que sobrevuelan el agua en busca de peces.
Le encanta ese paisaje. Se siente un privilegiado por llevar esa vida, con el viento refrescando sus pensamientos y la mujer que ama durmiendo plácidamente a escasos metros.
La casa ya no parece tan grande desde que Lisa está en ella; su presencia llena cada rincón. Pronto serán uno más. Bastian planea proponerle que su hija se mude con ellos después del verano, justo a tiempo para que comience el nuevo curso.
Sonríe al imaginar la felicidad en el rostro de Lisa mientras elige el mobiliario para la habitación de la chica.
Cuidará cada detalle porque es una madre maravillosa.
Si hay algo que Bastian lamenta en esta vida llena de alegría, es no poder compartir esos momentos con sus padres.
Los extraña profundamente. Ellos, que le dieron cuanto tiene, estarían muy orgullosos de él.
Después de todo lo que sufrieron viendo cómo lo trataban en el colegio, con esos niños que se burlaban de él sin piedad, habría sido hermoso que conocieran a Lisa.
Han pasado dos semanas desde que, durante una romántica cena en esa misma terraza, decidieron que Lisa dejaría su trabajo y se mudaría con él.
Bastian llevaba días rumiando esa idea, pero no se atrevía a plantearla por miedo al rechazo.
Aunque no es un experto en relaciones, sabía que llevaban poco tiempo juntos para dar un paso tan importante.
« Un buen vino siempre facilita una conversación complicada » , pensó entonces.
Y no se equivocó. Con la segunda copa ya estaban hablando de fechas, de qué armario utilizaría Lisa y de qué lado de la cama pertenecería a cada uno.
A él le da igual, mientras pueda girarse y verla allí.
Todo eso le ha llevado a planificar el siguiente paso. Esta tarde le ha dicho a Lisa que salía a hacer unos recados. Solo él sabe que, en realidad, va camino de una joyería, dispuesto a comprar un anillo de compromiso.
Lisa había olvidado el placer que se siente al conseguir lo que uno quiere con tan poco esfuerzo.
Bastian se lo ha recordado. Todo marcha de maravilla, justo como lo había planeado.
Ahora vive con él, y Bastian ha resultado ser tan predecible como fácil de manipular.
Sabe perfectamente adónde ha ido esa tarde.
Él no tiene amigos, ni familia ni nada fuera de las paredes de su mansión que lo motive a salir unas horas y desaprovechar la oportunidad de estar con ella.
Lisa sabe que ha ido a comprarle un anillo.
Pondrá cara de sorpresa cuando se lo entregue y fingirá llorar.
A los hombres les gusta eso, sentirse capaces de dominar las emociones de una mujer, creer que sus gestos pueden provocar alegría o tristeza.
Lisa lo tiene todo controlado. Vive como una reina, despertándose tardísimo sin que nadie le reproche nada, excepto Mónica, con sus constantes miradas de desaprobación.
Pero Lisa ya tiene pensado cómo deshacerse de ella, en caso necesario.
Si Mónica fuese un poco más inteligente, entendería que lo mejor es no provocarla.
Está claro que esa mujer ignora de lo que Lisa es capaz.
No tiene que cocinar, ni limpiar ni hacer la cama. Tampoco tiene que preocuparse por nada más que salir a pasear, ver la televisión o contentar a Bastian. Por suerte, él sigue durando entre uno y dos minutos en la cama. Así todo es más sencillo.
Últimamente ha pensado en pedirle que le compre un perro.
Nunca ha tenido uno porque nunca ha vivido en una casa como esa, y le gustaría probar la experiencia.
Sabe que Bastian, como siempre, dirá que sí.
Ha visto que un grupo de mujeres pasean sus perros por la playa y le gustaría unirse y hacer amigas. En ese sentido, se siente sola.
Como él ha salido y no le apetece aguantar a Mónica toda la tarde, Lisa ha llamado a Mar, una antigua compañera del club de striptease , para que la visite.
Está ansiosa por ver la expresión de su rostro al contemplar su nueva vida y la casa en la que vive.
Ha pedido a Mónica que prepare la mesa del jardín para recibir a su invitada y le ha dicho que se quede allí de pie, por si necesitan algo.
A Mónica no le ha hecho ninguna gracia, y eso la satisface aún más.
Cuando su amiga llega, Lisa pide a Mónica que le abra la puerta.
Una mujer de unos veintitantos años, de piel clara, cuerpo estilizado y cabello moreno, entra en el jardín con cara de asombro. Lleva un pantalón vaquero ajustado y una blusa blanca que resalta su figura.
—¡Madre mía, Lisa! ¡Esto es precioso! —exclama mientras se quita las gafas de sol. Abraza con fuerza a su amiga y le da un beso en cada mejilla.
Li sa la invita a sentarse y pide a Mónica que sirva café.
—Bueno, ¡cuéntame! Te veo fenomenal —añade Mar al tiempo que se acomoda en la silla.
Lisa le hace un gesto con la mano para que espere. Cuando Mónica termina de servir los cafés, le indica que se retire.
—Puedes aguardar dentro. Si necesitamos algo, te lo haré saber. Gracias, Mónica.
Mar deja escapar una carcajada. La situación resulta incómoda para Mónica, quien, sin decir nada, gira sobre los talones y desaparece tras la puerta.
—Pues ya ves, una nueva vida —comenta Lisa, y cruza las piernas.
—¡Y tan nueva! Nadie sabía nada. Te fuiste así, de la noche a la mañana, y todos nos quedamos en plan… —Mar hace un gesto con los brazos expresando incertidumbre.
—Cariño, esa vida no era buena para mí —responde Lisa inflando ligeramente el pecho—. Tampoco lo es para ti. Todas tenemos que pensar en prosperar y avanzar. ¿No esperarás trabajar en el club toda tu vida?
Mar ladea la cabeza, sorprendida por las palabras de quien hasta hace poco bailaba apenas vestida junto a ella en una barra.
—No, claro que no.
Lisa la observa con una sonrisa condescendiente.
—Vas a tener que presentarme algún vecino cañón. ¿Has visto alguno? —bromea Mar; intenta romper la seriedad de la conversación.
Lisa se vuelve para confirmar que Mónica no está escuchando. Después retoma la conversación, con un brillo travieso en la mirada.
—Ahora que lo mencionas, hace un par de días se mudó un hombre a la casa blanca del final de la calle. No es que sea el tipo más atractivo que haya visto, pero tiene algo… Es sexy.
Mar arquea las cejas entusiasmada.
—¡Dame más detalles! —pide mientras se inclina hacia delante.
Lisa desvía la mirada y se humedece los labios antes de responder.
—No. Mejor cuéntame tú qué tal van las cosas por el club.