La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Bastian se entera, a través de Mónica, su asistenta, de que María ha tenido un accidente y se ha roto la cadera.

María, su vecina octogenaria, siempre le ha recordado a su madre.

Aunque su relación se limita a pequeños gestos de cortesía, eso parece bastar para que ella lo idolatre.

Es la única vecina con la que mantiene trato, y su aprecio por ella lo impulsa a enviarle un ramo de flores al hospital.

—¿Puedes encargarte tú, Mónica? Sabes que no me manejo bien con esas cosas —le pide refiriéndose al ordenador.

Bastian es un romántico de otra época. Prefiere pasar las tardes en su biblioteca, aprovechando la luz que entra por una enorme cristalera con vistas al mar, antes que enfrentarse a la tecnología.

Con el tiempo, Mónica ha ganado confianza con él, la suficiente para reprenderlo de vez en cuando.

—Debería salir más, señor Dubois. Hay muchas maneras de conocer gente. Aún es joven para formar una familia —le dice mientras limpia, a pesar de que sus palabras rara vez surten efecto.

A Bastian le da igual. La soledad le resulta más cómoda, si bien no menos dolorosa.

Ha vivido con el rechazo desde niño: el rechazo de sus compañeros de clase, de las chicas que le gustaron e incluso de los pocos amigos que creyó tener.

Está roto por dentro y hace tiempo que dejó de buscar algo que lo reparara.

Cuando no lee, escribe. Lo hace con más talento del que él mismo reconoce, aunque sus textos casi nunca ven la luz.

Mónica, sin embargo, los ha descubierto más de una vez mientras limpia su escritorio.

En una ocasión, presentó uno de sus relatos a un concurso sin decírselo.

Cuando se enteró de que había ganado el segundo premio, Bastian no se sintió halagado, sino traicionado.

Su anonimato es sagrado. Pasó la noche sin dormir, sintiéndose culpable por el reproche que había lanzado a Mónica.

Al día siguiente, le pidió disculpas y aceptó hacerse una foto para la página web del concurso, con la condición de que su rostro apenas se viera.

La vergüenza de mostrarse lo atormenta todavía.

El efímero encuentro con Lisa no ha cambiado nada. La valentía de Bastian al ofrecerle su número se ha topado con el mismo muro de siempre: el rechazo, esa vez en forma de un silencio aplastante que ya se alarga durante dos días.

Esa mañana, buscando calma, ha salido a caminar por la playa.

Ha escogido la hora en que el sol apenas comienza a despuntar, cuando no hay nadie más.

La soledad es todo lo que desea. A mediodía, después de unas horas aciagas, encuentra su biblioteca impecable; Mónica se ha despedido de él después de limpiar y dejarle la comida preparada.

El olor a limpio le resulta reconfortante.

Sostiene un ejemplar de El mundo de Sofía , de Jostein Gaarder.

Lo ha leído un par de veces, pero quería releerlo desde hacía tiempo.

Sin embargo, las palabras no se fijan en su mente; su atención está atrapada en Lisa.

Frustrado, abre un cajón y saca un folio en blanco.

Va a escribir, aunque no sabe qué. Se limitará a garabatear palabras en el papel, si es que alguna toma forma en su mente.

Antes de que plasme la primera palabra, su teléfono vibra. Es un mensaje, algo poco habitual. El corazón se le acelera cuando ve el nombre de Lisa en la pantalla.

No lo abre de inmediato. Ha leído en internet que lo mejor en esos casos es aguardar un poco, para no parecer desesperado. No es ningún experto, así que sigue el consejo de un desconocido que publicó una lista llamada «Estrategias para el cortejo».

Dos minutos después, la curiosidad lo vence. Abre el mensaje:

Cuándo tienes pensado invitarme a un café?

A Lisa se le desencaja la mandíbula cuando el taxi se detiene frente a la casa de Bastian.

Desde el asiento, observa la imponente fachada.

Durante unos segundos, no puede hacer más que mirar, imaginando lo maravilloso que ha de ser vivir en un lugar así.

El aroma salado del mar le llena los pulmones mientras el canto de los pájaros completa la atmósfera idílica.

«¡Qué lugar más bonito!», piensa.

Al poner un pie en el jardín, la puerta principal se abre.

Bastian aparece sonriente y levanta la mano para saludarla.

No es alto ni guapo. Lisa lo sabe. No es, ni de lejos, su tipo.

No tiene nada que ver con los hombres que ha conocido.

Pero ha visto su casa, su coche, su ropa de marca y no puede ignorar el detalle del taxi: Bastian lo envió a recogerla y ya había pagado el trayecto.

Cuando el conductor le dijo que el importe estaba abonado, Lisa se llevó una grata sorpresa.

Ningún hombre había hecho algo tan caballeroso por ella antes.

Bueno, no antes de intentar meterle mano bajo la falda.

Bastian la invita a entrar y comienza a mostrarle la casa.

Lisa nota que está nervioso, y lo usa en su favor.

Cada vez que él desvía la mirada, ella busca contacto visual y sonríe.

Cuando pasa a su lado, lo roza sutilmente en el hombro, lo justo para que él se estremezca.

«Va a ser fácil», piensa. Siempre lo ha sido.

Lo descubrió en la escuela primaria, cuando la coronaron miss de su clase y le dieron aquella banda que se cruzó sobre el pecho con orgullo.

Sabe que debe ir despacio. Un hombre en la posición de Bastian seguramente habrá tenido muchas pretendientas. Si se muestra demasiado interesada pronto, él podría sospechar que está ahí solo por su dinero. Y no le conviene, aunque sea la verdad.

—Es una casa preciosa. Estoy abrumada —dice esforzándose por sonar sincera. No está segura de haber usado bien ese adjetivo, pero al ver tantos libros en la biblioteca de Bastian, decide que cuidar su lenguaje es una buena estrategia.

—Gracias. Es demasiado grande para mí —responde él con timidez—. No uso ni una cuarta parte de ella, pero está cerca del mar, y la biblioteca me encanta.

Hace una pausa, como si buscara las palabras adecuadas.

—No es del todo de mi estilo. La reforma la hizo demasiado moderna. No me disgusta, pero creo que habría preferido algo más tradicional.

Lisa asiente inclinando la cabeza con un gesto encantador. Lleva una falda larga y una blusa ceñida que resaltan su figura. Mientras Bastian habla, sus ojos se desvían hacia un gran espejo al final del pasillo. Se ve reflejada en él y piensa que está radiante.

«Es imposible que se resista».