Capítulo 29
Lisa camina por la cuneta en la oscuridad llorando en silencio. Cada paso es un suplicio; los tacones le destrozan los pies, pero andar descalza resulta aún peor. El suelo está plagado de piedras que le arañan la piel y aumentan su dolor.
Iker, el encargado del club de striptease donde trabaja, le prometió que la llevaría a casa.
Eso dijo antes de lanzarse sobre una compañera mucho más joven que Lisa en busca de algo más que conversación.
Seguramente ahora estarán en algún apartamento de mala muerte retozando sin pe nsar en ella.
Ella está lejos, sola, avanzando a tientas por la carretera en mitad de la noche.
Se pregunta, por enésima vez, cómo ha llegado a ese punto.
Hace unos meses, su vida no era perfecta pero tampoco así de miserable.
Su exmarido era un idiota, sí, pero al menos no tenía que contonearse semidesnuda encima de una barra, vestida con lencería ridícula que le hace sentirse un objeto.
Además, es la mayor de todas las chicas.
Las otras tienen un plan, una salida: para ellas, el trabajo es solo un trampolín, una manera rápida de ganar dinero antes de seguir adelante.
Pero Lisa no ve futuro. Ese es el mejor empleo que ha podido conseguir.
Se arrepiente de haber dejado todo atrás de un día para otro, como una adolescente enfadada que huye por un toque de queda injusto. Pero el orgullo le pesa más que la nostalgia, y no puede volver. No quiere volver.
A veces piensa en estudiar durante el día, sacarse un título de auxiliar de enfermería.
Pero las ganas no le duran. El caos de vivir con tres adolescentes ruidosas y entrometidas no deja espacio para la concentración, y su propia desgana termina ganándole la partida.
Así, llorando, consiente que el viento frío le seque las lágrimas mientras avanza.
Según su móvil, aún le quedan siete kilómetros hasta casa.
Es demasiado. Las luces de los coches que pasan la deslumbran, y cierra los ojos para protegerse.
En uno de esos momentos, tropieza con una piedra y pierde el equilibrio.
La caída no es grave, pero le roba la poca energía que le quedaba. Se queda allí, en el suelo, derrotada.
El ruido de un coche deteniéndose a su espalda la sobresalta.
Las luces intensas iluminan su figura. Se siente expuesta y vulnerable.
Apenas puede ver más allá de los potentes focos.
Un hombre sale del vehículo y se acerca con pasos cautelosos.
Su aspecto elegante la descoloca: lleva un jersey de color pastel, pantalones de cuadros y una boina francesa que parece fuera de lugar en esa carretera.
—¿Se encuentra bien? —le pregunta con una voz que parece inofensiva.
Lisa se incorpora con rapidez y se cruza de brazos en un gesto instintivo para cubrirse el pecho. No quiere que la vea con esa ropa y saque conclusiones equivocadas.
—Sí, gracias. Solo he tropezado —responde al tiempo que nota el calor subiéndole a las mejillas—. Gracias por parar.
El hombre permanece a cierta distancia, como si quisiera demostrar que no supone una amenaza. Aun así, Lisa no baja la guardia. Nadie podría oírla en ese lugar desolado si él intentara agredirla. Si la obliga a subir al coche, estará perdida.
—¿Va a algún lado? ¿Quiere que la lleve?
Lisa lo observa e intenta discernir algo más allá de las luces cegadoras del vehículo que lo enmarcan. Todavía no ha visto bien su rostro. «Son siete kilómetros», calcula sopesando sus opciones.
—Pues no sé, la verdad… Es que… no le conozco de nada.
—¡Oh! Claro, perdóneme. Me llamo Bastian, Bastian Dubois —se presenta mientras, con un toque teatral, se señala el pecho con una mano abierta.
—Yo soy Lisa. Voy a Benidorm. ¿De verdad no le importa llevarme?
—¡Claro que no! Hace frío. Suba al coche, la llevaré encantado.
Lisa duda, el instinto le grita que está cometiendo un error.
Pero no quiere seguir caminando sola por esa carretera interminable.
Se aferra a una pizca de seguridad: lleva un espray de pimienta en el bolso, un obsequio del club por si algún cliente se excede.
Nunca lo ha usado, pero quizá esa sea la noche en que tenga que hacerlo.
Bastian no puede apartar a Lisa de su mente desde que la ha dejado en su casa.
Está convencido de que es la mujer más hermosa que ha visto jamás.
Algo en su interior le dice que el destino la ha puesto en su camino, y no por casualidad.
Cree fervientemente en esas cosas y se aferra a la idea como un náufrago a un madero.
Nunca ha tenido suerte con las mujeres. Tampoco con los amigos. La única fortuna que le sonríe es la económica. Todo lo demás en su vida es un completo desastre. Vive solo en una casa enorme donde sus únicas interacciones humanas se limitan a breves encuentros con una asistenta poco habladora.
Sin embargo, sigue siendo un soñador. Ya se imagina a sí mismo paseando junto a Lisa por la playa cogidos de la mano con la brisa del mar acariciándolos. Sería maravilloso. La imagen le arranca una sonrisa mientras conduce, acompañado por una emisora de música de los setenta que le encanta.
Aprovecha la soledad del coche para quitarse la boina, esa que lleva siempre para ocultar su calvicie. Es su mayor inseguridad, un trauma que ni ha superado ni tiene intención de superar. Nunca se la quita en presencia de nadie, ni siquiera en casa.
Todavía no entiende de dónde ha sacado el valor para ofrecerle su número de teléfono cuando la ha dejado en la puerta. Nunca había hecho algo así. «Te apunto mi número, por si algún día quieres tomar un café», le ha dicho esforzándose por sonar casual.
Lisa tomó el trozo de papel que Bastian arrancó de una libreta de la guantera y le dedicó una sonrisa.
Puede que lo arrugue y lo tire a la primera papelera que encuentre, es una posibilidad que lo inquieta.
Pero quiere creer que no será así. Está seguro de que le escribirá un mensaje, aunque sea para agradecerle el gesto de llevarla.
Por eso no deja de mirar su teléfono mientras conduce.
Cuando aparca frente a su majestuosa mansión victoriana en la Coveta Fumá, revisa el móvil una vez más.
No hay ninguna notificación. El vacío de la pantalla lo golpea con fuerza.
Se derrumba en el asiento recordando que mujeres como Lisa probablemente tienen pretendientes más jóvenes, más atractivos y, sobre todo, más interesantes que él.
Suspira. Tendrá que aceptar la realidad y volver a su rutinaria y solitaria vida.