La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 28
74%

Capítulo 28

La noche es oscura y fría. Una tormenta anuncia su llegada con gruesas gotas que golpean el techo del vehículo. El viento, implacable, ulula entre los árboles componiendo una sinfonía tétrica que genera una atmósfera tenebrosa.

Gabriel y Patricia se refugian en el interior del coche patrulla. Él la observa, dubitativo, mientras busca las palabras adecuadas para empezar.

—Necesito que me ayudes con algo —murmura, e inspira profundamente, como si reunir el valor fuera el primer paso de su plan.

Patricia lo mira con inquietud, parece contrariada. La foto que han revisado hace unos minutos solo prueba que les han mentido, pero no arroja más claridad sobre el asunto.

—Es una locura —responde después de escuchar el plan de su compañero con atención—. No va a salir bien.

Gabriel mantiene la calma a duras penas y desgrana cada detalle de su teoría, insistiendo en que todas las piezas encajan.

Usa un tono contenido, a ratos suplicante, mientras Patricia lo evalúa con una mirada crítica.

La responsabilidad de la decisión recae sobre ella.

Aunque no lo diga a las claras, sabe que no es una orden, solo ella puede darlas; le está pidiendo un favor.

—Todo cuadra. Piénsalo. Dime una sola razón por la que creas que no puede ser así —añade Gabriel esforzándose por no dejar traslucir la impaciencia que arde bajo la superficie.

Patricia bufa y se cruza de brazos.

—Pues… porque es muy enrevesado. ¡Mucho!

—Salgamos de dudas. Si estoy en lo cierto, encontraré lo que busco dentro de la casa.

Un largo suspiro escapa de Patricia, que se deja caer contra el respaldo del asiento. Su semblante está cargado de duda, pero algo en la determinación de Gabriel parece calar en ella.

—¿Estás seguro al cien por cien?

—Sí.

—Vale, vamos a hacerlo —cede finalmente con una mezcla de resignación y ansiedad—. Espero que no te equivoques.

Amanda está asomada a la ventana, móvil en mano, intentando capturar el cielo oscuro en todo su esplendor.

Busca grabar el instante en que un rayo desgarre las nubes e ilumine la costa de la Coveta Fumá.

Será perfecto para su perfil en las redes sociales, piensa.

Los comentarios se precipitarán como la tormenta tras su publicación. Está segura.

La paciencia da frutos. Un relámpago espectacular cae desde gran altura y se ramifica hacia el mar en un destello cegador que apenas dura un segundo.

Amanda parpadea, sorprendida por la intensidad del fenómeno.

La fuerza de la naturaleza la deja sin aliento por un instante.

Detiene el vídeo, satisfecha con el resultado, pero algo más capta su atención.

Dos figuras se aproximan con paso firme hacia su casa.

Reconoce de inmediato a una de ellas: es el policía al que dispararon ayer.

Lleva el brazo en cabestrillo, y su presencia no augura nada bueno.

A su lado camina una mujer con igual determinación.

Amanda siente un escalofrío recorrerle la espalda.

El miedo se instala en su pecho sin previo aviso. ¿Qué hacen ahí? ¿Por qué van a su casa? Sin apartar los ojos de la ventana, traga saliva tratando de pensar en qué puede haber salido mal.

Lisa está acostada en el sofá, distraída con la televisión. Los párpados comienzan a pesarle, y lucha por no quedarse dormida. De pronto, oye pasos apresurados bajando la escalera. Se incorpora rápidamente, alarmada al ver la expresión en el rostro de su hija.

—Mamá…

El sonido de los golpes en la puerta interrumpe a Amanda. Lisa se levanta de un salto y se cubre con una manta; va en pijama y jamás recibe así a las visitas. Cruza una mirada con su hija a la espera de una explicación.

—Son los policías —susurra Amanda con voz entrecortada.

Lisa corre hacia la ventana del salón. Desde allí puede ver la entrada de la casa. Gabriel y su compañera están en la puerta, empapados por la lluvia.

Abre apenas un resquicio, lo suficiente para asomar la cabeza.

—Hola, Lisa. ¿Nos permites pasar? Está diluviando —pide Gabriel dando un paso hacia delante.

La mujer se aparta, incapaz de reaccionar a tiempo. Los deja entrar mientras se ajusta la manta para cubrirse mejor. Patricia Siles cierra la puerta tras ellos.

Desde la escalera, Amanda observa en silencio, también en pijama. No hay rastro de Bastian por ninguna parte. Lisa se pregunta si estará en la cama o en su despacho.

—Es muy tarde, Gabriel. ¿Qué ocurre? —pregunta molesta.

—Lo siento. Es importante. ¿Tu marido está despierto? Tenemos que hablar con los dos… y con Amanda —responde Gabriel.

—¿Con Amanda? ¿Por qué? —Lisa sube el tono dejando claro su enfado.

—Señora Dubois, será mejor que nos sentemos. ¿Podemos subir al despacho de su marido? —propone Patricia con voz firme.

—Pero ¿habéis visto qué hora es? Más vale que haya una buena razón para esto.

—La hay, Lisa. Por favor, ve a buscar a Bastian —insiste Gabriel.

Lisa respira con dificultad. Alterna la mirada entre los dos agentes.

—Esperad aquí. Le diré que baje.

—Estamos empapados, vamos a ensuciar tu alfombra. Si no te importa, subimos nosotros —dice Gabriel con un leve gesto hacia la escalera.

Lisa hace una mueca y no responde. Pasa al lado de Amanda y le dedica una mirada cargada de rabia. Avergonzada, su hija baja la cabeza. Se oye cómo la puerta del despacho de Bastian se abre y luego se cierra.

Un minuto después, Lisa regresa y llama a los agentes, que suben junto a la chica.

El despacho está iluminado por una lámpara de pie.

Bastian no lleva pijama, sino su característico atuendo y una boina de estilo francés.

Se ajusta las gafas y se sienta detrás del imponente escritorio de caoba.

Lisa y Amanda arrastran dos sillas para colocarse a su lado.

Patricia y Gabriel toman asiento frente a ellos.

—¿Les parece normal venir a mi casa a estas horas y molestar a mi familia de esta manera? Creo que tendré que hablar con su superior, agentes. ¡Esto es intolerable! —les espeta Bastian, indignado.

—Sentimos mucho que haya tenido que ser así —se disculpa Patricia en tono sereno.

—¿Y bien? ¿Qué es eso tan importante que no puede esperar a mañana?

—Tenemos nuevas pruebas relacionadas con el asesinato de Rafael Sierra. Pruebas que involucran directamente a Amanda —anuncia Patricia a la vez que vuelve su atención hacia la joven.

La chica empalidece, con los ojos abiertos de par en par.

—¡Eso es una locura! —exclama Lisa, y suelta una risa nerviosa—. Amanda vivía en Madrid cuando Rafael murió. ¡Ella llegó en septiembre! Por el amor de Dios…

Bastian se lleva la mano a la boca, pensativo. Cruza una mirada con Gabriel, quien hace una mueca de dolor mientras ajusta la posición del brazo en el cabestrillo.

—¿Cuáles son esas pruebas? —pregunta en tono firme.

—No estamos diciendo que Amanda lo matara. Estamos diciendo que podría tener información que necesitamos. Mire esto. —Patricia saca su teléfono móvil y le enseña unas fotografías—. Estas imágenes muestran a Amanda saliendo de la casa de Rafael Sierra. Va acompañada por…

Lisa se adelanta y aparta el teléfono con la mano antes de que Patricia termine la frase. Bastian sigue el movimiento del dispositivo con la vista, parece intrigado por lo que pueda haber en esas imágenes.

—Eso no significa nada. Esa foto es de mucho después de que Rafael muriese —dice Lisa con brusquedad.

Amanda se inclina hacia delante, al borde del llanto.

—Entré en su casa, pero no tuve nada que ver con su muerte. ¡Lo juro!

Gabriel suelta un bufido de dolor, interrumpiendo la conversación.

—Disculpad un momento. Lisa, necesito ir al cuarto de baño. Con la lluvia, las vendas se han mojado y me irritan.

Un incómodo silencio se instala en el despacho.

—Sí…, claro. Te acompaño —ofrece Lisa, y enseguida se levanta.

—No hace falta, tardaré un minuto. Es importante que escuches lo que la inspectora Siles tiene que contaros. No estamos implicando a Amanda, pero necesitamos que nos cuente lo que sabe.

Aunque vacila, Lisa acaba sentándose de nuevo, claramente molesta.

—Usa el aseo de abajo. Hay un botiquín en el armario —indica con voz tensa.

Gabriel sabe que no puede cerrar la puerta al salir, pero la entorna con sutileza. Sus movimientos son rápidos y precisos; el tiempo juega en su contra. Está convencido de que lo que busca está en esa casa.

Desciende la escalera procurando no hacer ruido. El último escalón casi lo traiciona: los restos de lluvia en sus zapatos y el mármol pulido lo hacen resbalar. Por poco pierde el equilibrio, pero se agarra a la barandilla justo antes de dar un paso en falso.

Al llegar al aseo, abre la puerta y echa un vistazo al armario del botiquín. Sale apresuradamente y cierra la puerta de golpe, asegurándose de que el sonido resuene en el silencio de la casa. Después, cambia de rumbo y se dirige a la cocina, donde empieza a abrir cajones con sigilo.

El primero contiene especias, pequeñas bolsas y frascos perfectamente ordenados. No es lo que busca.

El segundo está lleno de utensilios y objetos variados: vasos, cajas de vino, accesorios de cocina. Revisa rápido y sigue fisgando.

En el tercero encuentra medicamentos: cajas de ibuprofeno, paracetamol, omeprazol, lorazepam…, demasiadas para un hogar promedio, pero tampoco encuentra lo que busca.

Su frustración crece mientras abre el cuarto cajón, el quinto y el sexto.

Nada. Cada nuevo intento lo acerca más al fracaso, y la posibilidad de haber cometido un error lo abruma.

Patricia no lo perdonará si todo resulta ser una pérdida de tiempo.

Se detiene apretando los dientes. «¿Y si no está aquí? ¿Dónde más podría estar?».

De repente, se fija en la nevera. Una idea cruza su mente, clara como un relámpago: podría estar ahí dentro.

Abre la puerta del frigorífico con manos temblorosas. El interior está abarrotado: envases de comida, botellas de agua, leche, embutidos. Todo, menos lo que desea encontrar. Sus ojos se detienen en un pequeño compartimento en la puerta, junto a la huevera. Lo abre con cuidado, y ahí está.

Lo que ve confirma todas sus sospechas.

No siente alivio, pero una sonrisa fugaz le cruza el rostro. El peso de la verdad se impone.

Acaba de resolver el caso.