La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 27 #2
72%

Capítulo 27 #2

Patricia baja del coche junto a Gabriel, ligeramente molesta con él.

Es tardísimo, y su compañero ha insistido en interrogar hoy mismo a la persona que llamó a la comisaría diciendo que tenía información relevante sobre Rafael Sierra.

Para Gabriel, la decisión resulta cómoda: vive a una manzana del lugar donde se encuentran, pero para Patricia el regreso a casa será largo y agotador.

A ella le parece que el caso está prácticamente resuelto.

La Policía Científica pasó la tarde inspeccionando el martillo, y la sangre pertenece a Rafael Sierra.

Solo queda determinar si Aurora estuvo involucrada o no.

Patricia lo tiene claro: esa mujer sabía algo.

Cuando la compañía de teléfonos entregue el listado de llamadas y la localización de su móvil al día siguiente, todo quedará al descubierto.

Patricia siente cierta satisfacción anticipada al imaginarlo.

Aurora también fue cómplice de estafa, y aunque disfrutaba del dinero robado, no dudó en delatar a su marido cuando las cosas se torcieron.

Para la inspectora, eso no la exime de culpa.

Investigar sus mensajes mañana será casi un placer.

Está cansada, pero se esfuerza por dibujar una sonrisa detrás de la mascarilla cuando un hombre alto y robusto aparece para recibirlos. Su presencia transmite inteligencia y autoridad.

—Soy Roberto Valero —dice con amabilidad, y los invita a entrar.

Se dirigen al salón, donde un adolescente los observa con ojos asustados, como si fueran a devorarlo, mientras una mujer se levanta para presentarse.

—Carlos es mi hijo, y ella es mi mujer, Paula. —Roberto hace las presentaciones señalándolos.

Patricia asiente y se acomoda en un sillón negro que la envuelve como si quisiera tragársela. Gabriel se sienta a su lado y se ajusta el cabestrillo.

—Muy bien. ¿De qué querían hablarnos? —pregunta Patricia, directa.

Carlos mira a su padre con nerviosismo, como pidiendo permiso para permanecer callado, pero Roberto le indica con un gesto firme que sea él quien hable. El chico aprieta los labios un instante y, al cabo, rompe el silencio.

—Quería disculparme… por haberle dejado una nota en su casa, inspector —dice con voz temblorosa.

Gabriel arquea las cejas sorprendido.

—¡Vaya! ¿Fuiste tú? —exclama con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

Carlos asiente despacio sin levantar la mirada.

—¿Y por qué lo hiciste? ¿Fue una especie de broma? —insiste Gabriel.

—No… Escuché a mis padres decir que usted es policía. Pensé que mi amiga Amanda estaba en peligro, que iba a detenerla… o a meterla en la cárcel.

—¿Por qué pensaste eso? ¿Ha hecho Amanda algo malo, que tú sepas? —Gabriel se inclina hacia delante tratando de captar la atención del chico.

Dos lágrimas resbalan por las mejillas de Carlos y caen pesadamente sobre la alfombra. Mantiene la cabeza baja, sin responder, pero asiente. Paula se acerca a él para consolarlo, y Carlos rompe a llorar. Sus sollozos llenan el salón. Patricia y Gabriel intercambian una mirada cargada de tensión.

Roberto se inclina hacia delante y coloca una mano firme sobre el hombro de su hijo.

—Carlos es aficionado a la fotografía —explica en tono pausado—. Siempre lleva su cámara consigo cuando recorre el barrio. Le gusta retratar a las personas sin que se den cuenta; dice que así captura su esencia.

—Entiendo —responde Gabriel, aunque no aparta los ojos del chico.

Roberto dirige las manos hacia el ordenador portátil que descansa sobre la mesa y lo gira hacia ellos. Clica en un archivo, y se abre una fotografía nítida de Amanda y Óscar encaminándose al jardín trasero de la casa de Gabriel. La imagen es tan clara que no deja lugar a dudas.

Patricia ladea la cabeza, ya formándose una opinión. Ni Amanda ni Óscar podrán librarse de eso. Aunque el adulterio no es delito, el allanamiento de morada sí lo es. Patricia intentará convencer a Gabriel para que formalice la denuncia.

Roberto abre otra fotografía. En esa, Amanda y Óscar aparecen con ropa distinta, lo que sugiere que hubo más de un encuentro.

—Mi hijo dice que accedían a su casa, inspector, por la ventana del jardín trasero.

No tiene fotos de ellos entrando porque esa parte no es visible desde la calle, pero oía cómo corrían la ventana entre risas.

No sé si esto es relevante para su investigación, pero creí que debía saberlo —comenta Roberto.

—Vamos a necesitar esas fotografías —interviene Patricia en tono autoritario.

—Por supuesto, pero hay algo más que quiero mostrarles. —Roberto cierra la ventana de las imágenes y accede a otra carpeta—. Según lo que he leído en la prensa y lo que dicen los vecinos, el asesinato ocurrió en la noche de San Juan del año pasado.

—Eso creemos, sí —confirma Gabriel.

—Bien. Esta foto fue tomada a las seis de la mañana del 24 de junio, el día siguiente. Mi hijo suele madrugar para fotografiar el amanecer, pero aprovecha para capturar aquello que le llama la atención.

Abre otro archivo. La imagen muestra a un hombre y una mujer saliendo del jardín trasero de la casa de Gabriel. El hombre está descalzo. Patricia reconoce a ambos de inmediato. Intercambia con Gabriel una mirada cargada de significado.

Gabriel se queda paralizado al ver la fotografía. Patricia lo observa, espera que diga algo, pero él no puede responder. Necesita tiempo para asimilar lo que acaba de descubrir.

Siente que con esa imagen comienzan a encajar las piezas dispersas en su mente.

Todo cobra sentido. Intenta formular preguntas que puedan refutar lo que piensa, buscando algún cabo suelto, pero no encuentra nada.

Cada respuesta lo lleva al mismo lugar. Una sensación de déjà vu lo envuelve, tan intensa que casi lo ahoga.

—¿Se encuentra bien, inspector? —pregunta Roberto con una mezcla de preocupación y curiosidad.

Gabriel no contesta. Sus pensamientos lo arrastran con fuerza y lo llevan de vuelta a ese instante antes de la operación. Recuerda con claridad que esa idea ya le rondó la cabeza entonces, pero no logró captarla del todo. Ahora, en cambio, la ve con una precisión que incluso le resulta dolorosa.

—Carlos, ¿estás completamente seguro de que esa fotografía es del día 24 a las seis de la mañana? —pregunta Gabriel.

El chico no articula ni una palabra, solo asiente con la cabeza.

Gabriel nota cómo a su alrededor las voces se desdibujan.

Patricia pide a Roberto que le envíe las imágenes, pero a Gabriel le llegan las palabras como si atravesaran una barrera de agua.

Está demasiado concentrado, atrapado en el laberinto de su mente.

Solo una idea emerge con claridad: hay una forma de confirmarlo, y lo hará esa misma noche.

De repente, se pone de pie de un salto, rompiendo el silencio con su movimiento brusco.

—Tenemos que irnos. No hemos terminado aún.