La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Al comisario Urriaga le arde la garganta de tanto gritarle a Nico Ortiz.

Le ha dado igual que Gabriel Somoza estuviera presente.

Por un momento, ha olvidado que ayer estuvo al borde de la muerte y que su estado de salud sigue siendo frágil.

Los tres se habían reunido en el despacho de Urriaga, y la conversación que el comisario tenía planeada se ha convertido en un monólogo teñido de ira, vergüenza y desprecio.

No sabe, ni quiere saber por ahora, hasta qué punto Nico está hundido en el fango, pero intuye que el hoyo será profundo.

Cuando salga de su despacho, llamará a Asuntos Internos y dejará que ellos se encarguen.

De momento, ha hecho lo que debía: lo ha suspendido de empleo y sueldo, y le ha retirado la placa y el arma.

Gabriel lo observa con semblante apagado, con la palidez de alguien desgastado por el dolor. Se ha quedado a solas con el comisario cuando Nico se ha ido con la cabeza gacha arrastrando sus pasos.

—¿Sospechabas algo? —pregunta Urriaga con voz más templada ahora.

Gabriel se limpia el sudor de la frente con su única mano libre antes de contestar.

—No. Sabía que no hacía bien su trabajo; lo noté cuando empecé a investigar el caso de Rafael Sierra. Su investigación anterior era… nula. Pero imaginé que se debía más a dejadez que a otra cosa.

Urriaga se levanta de su silla y se acerca a la ventana, perdido en sus pensamientos.

—Debí darme cuenta. Hace unos meses se compró ese deportivo carísimo. Ya te puedes imaginar de dónde sacó el dinero —dice con amargura.

—A toro pasado es fácil culparse por lo que ignoramos —responde Gabriel, y sacude la cabeza con cansancio—.

Yo mismo debería haberme dado cuenta de que alguien había entrado en mi casa de la Coveta a los pocos días de instalarme.

Había un cajón medio abierto, algo que yo jamás dejaría así.

Ahora es fácil imaginar que fue Nico, que aprovechó mi ausencia para buscar pruebas sobre los delitos de estafa de Ernesto Crespo.

Las palabras de Gabriel apenas logran mantener la atención del comisario. Urriaga piensa en que, cuando se investigue y se confirme que Nico Ortiz colaboraba con la mafia rusa, la noticia terminará en los periódicos. No podrá evitarlo.

—¿Te sientes bien para ir al registro del domicilio de los Crespo? —pregunta, cambiando de tema.

—Sí. No me lo perdería por nada del mundo.

—Pues entonces ve y acaba con esto de una vez —ordena Urriaga, y se vuelve para mirarlo fijamente—. Y, por favor, manejemos lo de Nico con la mayor discreción posible.

Gabriel asiente con un cabeceo leve y se levanta de la silla con dificultad.

Hay un gran número de agentes en la casa de Ernesto Crespo y Aurora Soto.

Uno de ellos, de la Policía Judicial, se ha llevado a la perra de la familia, que no paraba de ladrar y resultaba muy molesta.

Varios vecinos han salido a curiosear, disimulando con oportunos paseos a sus chuchos o bajando la basura.

Entre ellos, como era de esperar, está Lisa Dubois, toda peripuesta con un elegante vestido marrón y un chal blanco.

La orden judicial no ha tardado en llegar; de hecho, se ha conseguido de inmediato. Gabriel lo agradece, va justo de fuerzas y quiere volver a casa y tumbarse para descansar.

Ernesto se ha quedado blanco al saber que registrarían su hogar.

Su actitud ha ido cambiando poco a poco de la chulería a la indignación.

Evita cruzar la mirada con Gabriel, quien ahora disfruta de un juego psicológico con él fingiendo preocupación por su bienestar y preguntándole, con ironía y con cierta frecuencia, si se encuentra bien, con el argumento de que tiene mala cara.

Gabriel se da cuenta de que Aurora no dirige la palabra a su marido.

Llegaron a casa en coches patrulla distintos.

Cree que Ernesto empieza a sospechar que su mujer lo ha delatado.

Es muy probable que su abogado ya lo haya informado de que Aurora renunció a contar con su asesoramiento legal y solicitó un letrado de oficio porque no tenía más remedio.

Para Gabriel, los delitos de estafa por los que Aurora ha incriminado a su esposo son secundarios.

Por supuesto, Ernesto tendrá que responder por ellos, pero lo que a Gabriel realmente le interesa es el asesinato de Rafael Sierra.

No cree que Aurora haya mentido; de saber que su marido estuvo implicado en el asesinato lo habría delatado, como hizo con los otros delitos.

A no ser, claro, que ella estuviera involucrada.

Eso lo cambiaría todo. Otra posibilidad es que Ernesto sea culpable y que Aurora lo ignore.

Ernesto no tiene una coartada sólida para la noche del 23 de junio y vive justo enfrente del lugar donde se produjo el asesinato.

Esa cercanía le ofrece una disposición inmejorable.

Sea como sea, Gabriel espera que el registro de la vivienda arroje algo de luz.

El comisario Urriaga se presenta en el domicilio de los Crespo. Nada más llegar, dirige a Gabriel una mirada inquisidora y se dedica a vigilar que nadie se quite la mascarilla ni vulnere la distancia de seguridad.

Un par de agentes salen de la casa cargando con sendos ordenadores portátiles, el de Ernesto y el de Aurora, que serán incautados e inspeccionados en la comisaría por el departamento de Pericias Informáticas de la Policía Científica.

Los sigue otro agente que carga con varios ficheros, que, supone Gabriel, deben de contener información financiera relacionada con las actividades de Ernesto.

Aurora observa la escena con una actitud impasible. Contesta con seguridad todas las preguntas de los agentes sobre dónde encontrar lo que buscan. Ernesto, en cambio, la observa fijamente, pero ella evita devolverle la mirada. Está hundido.

Un agente con traje de protección, una linterna en una mano y un bote de espray en la otra se aproxima a los inspectores Somoza y Siles.

—Perdonad. Tenéis que ver esto.

Patricia y Gabriel lo siguen al interior de una caseta de aperos prefabricada junto a la piscina, donde los Crespo guardan herramientas y todo tipo de trastos.

—Hemos aplicado luminol y hay algo interesante. Fijaos en ese martillo de allí —dice señalando con el dedo un martillo con mango de madera depositado en una caja de herramientas.

El agente rocía de nuevo la zona con luminol, consciente de que el efecto es efímero y solo dura unos segundos.

Otro agente sostiene una lámpara y dirige el haz de luz hacia el área señalada.

De inmediato, surge una fluorescencia en la cabeza del martillo y algunos restos en el mango.

También hay un rastro tenue en la caja de herramientas que lo contiene.

Habrá que confirmarlo en el laboratorio, pero todo indica que es sangre.

Gabriel sale de la caseta de los aperos con el rostro tenso y pide al agente que custodia a Ernesto y Aurora que los acerque allí. Los dos obedecen: Aurora lo hace con indiferencia, mientras que Ernesto, sudoroso y pálido, apenas puede sostenerse en pie.

—¿Es suyo el martillo, Ernesto? —Gabriel le clava la mirada.

—Sí.

—¿Puede explicar por qué está lleno de sangre? —inquiere Gabriel a la vez que se ajusta el cabestrillo.

—¿Qué? No sé de qué está hablando —responde Ernesto con la voz quebrada.

Se tambalea y busca algo en lo que apoyarse, pero las piernas le flaquean. El policía que lo custodia lo sostiene por el brazo justo a tiempo.

—¿Está bien? —pregunta el agente mientras lo observa con atención, pero Ernesto no responde.

—¿Cuándo usó ese martillo por última vez, Ernesto? —insiste Gabriel en un tono más afilado.

—No… no lo sé.

Aurora lo mira con incredulidad. Se tapa la boca y deja escapar un grito ahogado. Los ojos le brillan con una mezcla de horror y sorpresa. Patricia da un paso al frente.

—Por favor, no toquen nada y salgan de la caseta —dice al matrimonio Crespo.

Aurora abandona la caseta entre sollozos ocultando el rostro entre las manos. Sus pasos se pierden en la noche mientras sus lágrimas caen silenciosas.

Ernesto está paralizado. Un agente tiene que agarrarlo del hombro y tirar de él para sacarlo de allí.

Gabriel, en cambio, levanta la vista hacia su casa, visible a unas decenas de metros, al otro lado de la carretera. Trata de imaginar qué ocurrió en ella la noche de San Juan.

Roberto Valero espera en el salón de su vivienda junto a Paula, su mujer, y su hijo Carlos.

Los tres están visiblemente nerviosos, aunque tratan de aparentar calma.

Roberto ha estado dando vueltas al asunto durante días, y finalmente contactó con un abogado, quien le recomendó hablar con la policía.

Tal vez no sea nada. Quizá aquellas dos personas simplemente pasaban por allí cuando Carlos las fotografió.

Pero algo en su interior le dice que no es así, que hay algo más, algo importante.

Su instinto le grita que debe actuar, aunque no sea el camino más fácil.

Considera que no hay mejor lección para su hijo que demostrar cómo comportarse en los momentos difíciles.

Carlos está hecho un flan, sentado en el borde del sofá. No es un chico valiente, y Roberto lo sabe. Exponerlo de esa manera le parte el alma. Si ha tardado tanto en dar este paso ha sido tan solo por él.

Aunque inicialmente dudosa, Paula terminó convencida de que era lo correcto. Los días pasaron, y fue ella quien tomó la iniciativa al final. Ha llamado a la comisaría para explicar que tienen información relevante sobre el asesinato de Rafael Sierra y ha dejado su contacto.

El inspector Somoza le ha devuelto la llamada apenas cinco minutos después. Ha dicho que tardaría media hora en llegar. Han pasado ya veinte minutos y los tres miembros de la familia Valero saben que llegará en cualquier momento.

Roberto corre la cortina del salón al percibir los focos de un coche acercándose por la calle. Le sudan las manos mientras observa cómo el vehículo se detiene frente a su casa. No tiene dudas: es él. Inspira hondo y sale al encuentro del inspector.