La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

La abogada de oficio se llama Carmen Valdivieso. Es una mujer joven y con cierto atractivo que no oculta bajo las prendas ceñidas de corte moderno que viste. Se recoloca constantemente la larga melena rubia, que le cae por encima de los hombros, casi como un acto reflejo.

Ha pedido un momento a solas con su clienta y se ha sentado en la sala de interrogatorios junto a Aurora, quien mantiene la misma postura desde hace horas: la espalda recta y las manos entrelazadas sobre la mesa.

Transmite seguridad, pero es solo una fachada.

Al menos, espera que sea algo de lo que únicamente se dé cuenta ella.

Carmen le ha recomendado que no diga nada hasta que se la acuse formalmente de algo.

Aurora no se considera una persona soberbia que se crea más lista que los demás, como su marido, pero necesita acabar con todo eso.

La duda la consume por dentro, la corroe como ácido sobre metal.

Ha pensado mucho en su hijo. Él es la razón por la que ha decidido hablar.

Si la acusan de algo, lo asumirá, pero no puede seguir mintiendo.

No es una opción. Tal vez esa sea su oportunidad para empezar de nuevo. Y lo necesita.

La inspectora Siles entra en la sala. Aurora no puede evitar pensar que es muy guapa y siente un poco de envidia.

Tras ella entra el inspector Somoza, con un semblante cansado que resulta comprensible después de haber recibido un disparo el día anterior.

No esperaba verlo allí. Piensa que es admirable que tenga fuerzas para continuar con su trabajo. En cierto modo, siente lástima por él.

Procura concentrarse como solía hacerlo antes de un examen en la universidad.

Siempre fue una buena estudiante, aunque los nervios le impedían alcanzar las calificaciones que merecía.

Por eso acudió a un psicólogo, quien le enseñó un método de concentración que sigue utilizando.

Relaja la musculatura y regula la respiración.

Lo más difícil es bloquear cualquier pensamiento que no esté relacionado con el momento presente.

«Interferencias», las llamaba su terapeuta.

Aunque no es fácil, Aurora tiene práctica y lo consigue.

—Hola de nuevo, Aurora —la saluda la inspectora Siles con voz neutra.

—Hola.

—Como ya sabe, esta conversación será grabada, y estoy en la obligación de informarle de ello.

Aurora asiente y suelta las manos, apoyándolas sobre la mesa con las palmas hacia abajo.

—Necesitamos aclarar algunos puntos sobre la relación que su marido y usted tenían con Rafael Sierra.

—Quiero llegar a un acuerdo —la interrumpe Aurora con voz firme—. Les diré todo lo que sé si me prometen que mi hijo y yo quedaremos exentos de cualquier pena de prisión. Puedo afrontar una sanción económica, pero no entrar en la cárcel.

Patricia le sostiene la mirada durante unos segundos mientras evalúa su respuesta.

—En casos como este, la colaboración con la justicia suele ser un factor importante. Pero todo dependerá del grado de implicación que tenga en lo que nos cuente.

—Siendo así, esperaré a que me ofrezca una respuesta menos ambigua, inspectora.

Gabriel toma la palabra. Su voz suena débil, pero sincera. Aurora lo observa y piensa que podría confiar más en él que en ella misma, aunque no está segura del todo.

—Cuando terminemos el interrogatorio, su declaración solo será válida si firma la transcripción y está conforme con su contenido.

No podemos acudir al fiscal ni pedirle que no presente cargos si no sabemos qué está pasando.

Creo que lo mejor es que nos cuente lo que sabe para que podamos ayudarla —dice el inspector Somoza con una calma estudiada.

Aurora desvía la mirada hacia el cabestrillo de Gabriel y, por un momento, casi siente su dolor. Pero no puede permitirse desconcentrarse. Toma un instante para liberar su mente de nuevo, bloqueando cualquier interferencia, y vuelve a hablar.

—Bien. Voy a decirles todo lo que sé, aunque conozco muy bien a Ernesto, y no hay nada que él pudiese ocultarme. No es muy inteligente, a pesar de que él cree lo contrario.

Un silencio sepulcral inunda la sala; las palabras de Aurora resuenan en el vacío.

—Ernesto lleva años estafando a las comunidades que gestiona con su empresa de administración de fincas.

Factura costes irreales en distintos conceptos: reparaciones que tienen un precio pero él factura otro más elevado, presentación de monitorios para los acreedores que nunca llega a formalizar porque sabe que el moroso va a pagar… Cosas así.

»Siempre son importes pequeños: doscientos euros por aquí, cien por allá. Pero, claro, si se suma todo, hablamos de miles y miles de euros.

—¿Dónde guardaba ese dinero? —pregunta Patricia—. Las cantidades que hemos identificado en sus cuentas bancarias no son tan grandes.

—Todo lo que puede cobrar en efectivo, lo hace. Pero como cada vez es menos común, abrió una cuenta en un banco lituano. Ese banco no envía información a la Hacienda española mientras el saldo no supere los cincuenta mil euros.

—¿Llegó a alcanzar esa cantidad alguna vez? —interviene Gabriel.

—Sí, y mucho más. Por eso abrió otra cuenta a mi nombre, que también rozó ese importe, y luego una tercera a nombre de nuestro hijo.

Él no está al tanto de nada de esto —añade Aurora rápidamente—.

Es importante que lo sepan. Mi hijo cree que es una cuenta de ahorro para cuando necesite ayuda económica. Piensa que el dinero es legal.

Patricia y Gabriel se miran de reojo. Aurora intuye que no quieren interrumpirla; prefieren dejar que siga hablando.

—En total, tiene unos ciento veinte mil euros repartidos entre las tres cuentas, además de lo que ya ha gastado, que no es poco, y el dinero en efectivo. Durante estos años, habrá estafado más de doscientos mil euros.

—¿Usted era consciente de todo esto? —insiste Patricia.

Aurora baja la mirada, avergonzada, y asiente.

—Por favor, conteste la pregunta —la apremia la inspectora.

—Sí, lo sabía. Sin embargo, nunca le ayudé a hacerlo. Él se reía mucho de esto, decía lo fácil que era engañar a la gente, como si todos fueran tontos menos él. Supongo que debí exigirle que parase, pero no lo hice.

—¿Y qué relación tenía Rafael Sierra con este asunto? —inquiere Patricia.

Aurora inspira profundamente. Estaba segura de que los inspectores le harían esa pregunta. Es lo que más les importa, saber qué ha pasado con Rafael Sierra.

—Rafael llegó al barrio e hizo migas con mi marido.

Nosotros organizábamos barbacoas con los vecinos y cuando se mudó lo invitamos a una.

Mi marido y él bebieron de más y descubrieron que tenían mucho en común.

Se llevaron bien de inmediato. A partir de entonces, quedaban para ir al bar a ver los partidos de fútbol y cosas así.

»A comienzos del año pasado, Ernesto estaba muy preocupado.

Se rumoreaba que el banco lituano iba a cambiar el IBAN de las cuentas y pasarían a ser españolas.

Eso era un problema. Se lo contó a Rafael, y él le propuso mover el dinero a unas cuentas en un banco de Samoa.

Pero no sé si lo hizo finalmente, diría que no.

—Algunas vecinas han comentado que Ernesto y Rafael trabajaban juntos —apunta Patricia.

—No del todo. Después de confiarle esa información, las cosas se torcieron.

Fue un error. Rafael se quedó sin trabajo y quiso hacer algo parecido a lo que hacía Ernesto.

Engañó a varias mujeres mayores, pero apenas consiguió dinero.

Les decía que trabajaba para mi marido y que contaba con su supervisión.

Ernesto se enfadó, claro, pero fue cauteloso, ya que Rafael sabía demasiado.

La abogada de oficio observa con interés. Parece que esa repentina llamada ha resultado ser más entretenida que las noticias sobre la pandemia.

—¿Por eso Cole Kane fue a ver a Ernesto? —pregunta Patricia.

—Sí. Vino a casa y lo golpeó. Se lo merecía, y no puedo negar que me alegré cuando sucedió. Habría sido más sencillo devolver el dinero a ese chico, no creo que fuera mucho.

—Entiendo —dice Patricia—. Entonces, antes de que Rafael desapareciera, él y su marido ya no se llevaban bien.

—Dejaron de verse. Ernesto le recriminó lo que hacía, pero, como Rafael sabía lo de las cuentas de Lituania y las estafas, prefirió no enfrentarse demasiado. No quería que se enfadara y lo traicionara. Sé que Rafael le pidió dinero, pero Ernesto no se lo dio.

—¿Mató su marido a Rafael Sierra? —pregunta Patricia midiendo sus palabras.

Aurora la mira fijamente a los ojos.

—No. Seguro que no. Puede parecer un tipo duro, pero no sería capaz. De ninguna manera.

Se produce una pausa de varios segundos en los que la inspectora repasa sus notas. Aurora supone que está pensando.

—¿Recuerda dónde estaban la noche de San Juan del año pasado? —dice Patricia con voz pausada.

—En la playa. Bajamos a ver las hogueras.

—¿Estuvo Ernesto con usted toda la noche?

Aurora levanta la mirada, reflexiva.

—No. Me fui a casa pronto y él se quedó tomando copas en el bar. No sé con quién, supongo que con algún vecino. Pero insisto en que es imposible que haya matado a alguien. De eso estoy segura.

—¿Por qué está tan segura?

—Por dos motivos. Primero, al principio, cuando pensábamos que Rafael había desaparecido, Ernesto estaba muy preocupado. Creía que era capaz de delatarlo o de extorsionarlo. No habría sido una reacción normal si él lo hubiera matado.

—¿Y el segundo motivo? —pregunta Patricia.

Aurora se encoge de hombros, inquieta. Sus manos recorren la superficie de la mesa.

—Mi marido usa un teléfono prepago. Ha visto muchas películas americanas y cree que así no se puede rastrear.

Pero le expliqué que, si dio su DNI al contratarlo, es igual de rastreable que cualquier otro móvil.

Él se reía, decía que yo no tenía ni idea y que me metiera en mis asuntos.

Pero entonces supe que empezó a usar una aplicación de mensajería extranjera que borra los mensajes al cabo de un tiempo.

Aurora alterna la mirada entre Patricia y Gabriel antes de continuar.

—Siento lo que voy a decir. —Ahora se dirige a Gabriel—.

Pero estoy segura de que fue Ernesto quien avisó a los Bobrov de que usted vive en la Coveta Fumá.

Aunque pueda parecer lo contrario, no tiene valor suficiente para hacer daño a nadie.

Administra un par de urbanizaciones de lujo en Torrevieja; en una de ellas vive Isaak, uno de los hermanos.

Ya sabe cómo funcionan estas cosas: Isaak no paga comunidad, pero Ernesto lo encubre y, a cambio, obtiene favores.

De hecho, su compañero, el que investigó la desaparición de Rafael en un principio, también hace tratos con los Bobrov.

—Se aclara la garganta—. Como ya les he contado, Ernesto estaba preocupado por la posibilidad de que Rafael tuviera algún documento que lo incriminase.

Los Bobrov le dieron el contacto de Nico, creo que se llama, un poli al que he visto por aquí cuando llegué.

Aurora se fija en que ambos inspectores se inclinan hacia atrás. La sorpresa se refleja claramente en sus rostros.

—¿Cuál era el papel de ese policía en todo esto? —pregunta Gabriel con voz controlada aunque tensa.

—Nos dijo que él se encargaría de entrar en la casa cuando el juez emitiera la orden de registro.

Aseguró que tenía buena relación con la familia dueña de esa propiedad y que lo avisarían cuando llegara el momento.

Así podría revisar la propiedad y, si encontraba algo comprometedor, eliminarlo.

Pero no fue así. Nadie lo avisó hasta el mismo día.

Ernesto lo llamó en cuanto vimos que usted había llegado a la casa y él aseguró que tenía la situación controlada, que el policía que había entrado era amigo suyo y que no teníamos que preocuparnos por nada.

Gabriel gira la cabeza hacia el espejo bidireccional. Aurora no puede ver lo que hay detrás, pero se lo imagina. Un silencio tenso llena la sala.

—Dígame algo más: ¿cómo puede estar tan segura de que la persona que me disparó ayer tiene relación con los Bobrov? —pregunta inclinándose hacia delante con los ojos fijos en Aurora.

—Porque mi marido es idiota y no borra su historial de búsqueda —responde ella con una mezcla de resignación y amargura—.

Hace unos días estuvo leyendo una noticia sobre la muerte del pequeño de los Bobrov.

Su foto sale bien grande en la noticia, inspector.

No hace falta ser muy lista para deducir que fue Ernesto quien los alertó al saber que estarían encantados de averiguar dónde estaba usted.

Gabriel asiente lentamente procesando la información.

—De acuerdo, Aurora. Vamos a tener que pedir una orden de registro para su casa —sentencia en un tono que no deja lugar a discusión.

Aurora no dice nada. Ya lo esperaba. Sabía que eso pasaría.