La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Y a mí algo me dice que volverán a visitarle a la puerta de su casa. Quizá esta vez no fallen.

Gabriel se pone en pie con movimientos lentos, deliberados. No aparta los ojos de Ernesto mientras pronuncia con voz firme:

—Ernesto Crespo, queda detenido como sospechoso del asesinato de Rafael Sierra.

A Aurora la invaden los nervios. Hasta hace un momento, se sentía preparada, segura de cada paso que iba a dar, con todo calculado al milímetro.

Pero en cuanto ha oído que un agente la llamaba para llevarla a la sala de interrogatorios, ha sentido que se le revolvía el estómago.

Intenta controlar su respiración. Le ha funcionado en el pasado, aunque ahora no parece ser suficiente.

—Quiero renunciar a mi abogado —dice apenas se sienta en la silla.

El letrado, Víctor Alarcón, la observa boquiabierto. Los inspectores Siles y Somoza intercambian una mirada de satisfacción, como si se comunicaran sin palabras. Aurora cree saber lo que están pensando. La van a ayudar.

—No puede, Aurora. La ley es clara al respecto. Debe haber un abogado presente en el interrogatorio, quiera usted o no. Pero está en su mano ignorar sus consejos, eso ya es cosa suya —responde Patricia en tono firme.

—¿Y no puede ser otro? —pregunta Aurora intentando recuperar el control.

—Sí. Puede solicitar uno de oficio. Nosotros nos encargamos de llamarlo.

Aurora se toma un momento para pensar.

—En ese caso, solicito un abogado de oficio. ¿Cuánto tardará en venir? —dice con determinación, aplacados ya los nervios.

Alarcón busca su mirada para hablar con ella, pero Aurora se mantiene recta en su asiento, con las manos cruzadas sobre la mesa, evitando cualquier contacto visual con él.

—Tienen un máximo de ocho horas para acudir, pero, dadas las circunstancias actuales, no puedo garantizarle que ese plazo se cumpla —explica Patricia—. Por lo general, suele ser mucho menos.

—Bien. Esperaré.

El inspector Somoza indica al abogado que lo acompañe afuera de la sala; ya no tiene nada que hacer allí. Alarcón se marcha refunfuñando y negando con la cabeza.

Cuando se quedan a solas, Patricia ofrece un café a Aurora, que ella acepta. Le gustaría empezar a contarle a la inspectora todo de inmediato, pero sabe que tendrá que esperar. No le queda más remedio.

Patricia Siles le lleva un café a Aurora y se lo entrega con una sonrisa de complicidad.

Está deseando que llegue el letrado de oficio para escuchar lo que la mujer tiene que decir.

Es evidente que va a delatar a Ernesto. De no ser así, no habría renunciado a su abogado.

Lo importante será que pueda demostrarlo.

Cuando abandona la sala de interrogatorios, encuentra a Gabriel hablando con Nico.

Se alegra de no tener que trabajar con él de nuevo.

Sin embargo, piensa que es demasiado pronto para que Gabriel se incorpore.

Esa mañana, al verlo aparecer con el brazo en cabestrillo, se ha llevado una sorpresa.

Nadie, salvo él mismo, claro, creía que fuese a volver tan pronto.

Nico se retira al ver a Patricia. No terminaron bien ayer, y eso ofrece a la inspectora la oportunidad de quedarse a solas con Gabriel.

—¿Crees que delatará a su marido? —pregunta.

—Tiene toda la pinta, o al menos nos contará algo que él no quiere que sepamos —responde Gabriel con un leve encogimiento de hombros—. De qué se trata es un misterio. Pronto lo sabremos.

Toma a Patricia suavemente del brazo y, con paso calmado, la conduce a un lugar más apartado, lejos de los oídos curiosos de sus compañeros.

—Hay algo de lo que quería hablarte —dice en voz baja—. He descubierto una cosa que me tiene pensando desde ayer.

—¿De qué se trata?

—Ayer Óscar vino a verme a la habitación del hospital. ¿Te acuerdas de él?

—Sí, claro. Tu vecino, el enfermero.

Gabriel asiente y se saca una carta del bolsillo interior de la chaqueta.

—Hace un par de días recibí esto en casa. —Se la muestra—. Es de la farmacia del Hospital General de Alicante. Según lo que pone en ella, Rafael Sierra era paciente de ese servicio.

Patricia toma la carta y la lee con detenimiento.

—¿Por qué no sabía nada de esto? —pregunta con un dejo de irritación.

—Porque me dispararon, ¡joder! La llevaba en el bolsillo para enseñártela ayer cuando me pegaron un tiro.

Después de operarme, la encontré en una bolsa con el resto de mis cosas.

El caso es que le pedí a Óscar que me ayudara.

Pensé que sería interesante saber qué enfermedad tenía Rafael o qué tratamiento seguía.

—Gabriel agacha la cabeza, como buscando las palabras adecuadas—.

Así que nos metimos en un ordenador y accedimos a su historia clínica.

Patricia pone los ojos en blanco.

—Te la jugaste. Más vale que no se entere Urriaga. Sabes que no puedes hacer eso sin una orden, y la habrías conseguido sin problemas. No entiendo por qué no esperaste a tenerla.

Gabriel ignora el reproche y se saca el móvil del bolsillo. Abre la galería y le muestra una fotografía de la historia clínica de Rafael Sierra.

—Mira esto. Fíjate en la fecha.

Patricia examina la imagen y lee en silencio.

—Podría ser un error —aventura.

—No es un error. Lo comprobé. Rafael se inyectaba ese medicamento cada dos semanas.

Es un fármaco especial que solo se consigue en el hospital.

Cada seis meses le entregaban doce jeringas.

Recogió doce en enero de este año y otras doce en julio del año pasado, semanas después de la noche de San Juan, que es cuando creemos que murió.

Patricia se queda pensativa.

—En la foto pone que no acudió a la cita, que recogió la medicación en un mostrador. ¿En julio del año pasado también fue así?

—Exactamente igual. La farmacéutica anotó lo mismo: que Rafael llamó diciendo que no podía acudir y que por eso le dejaron la medicación en el mostrador.

—Entiendo. Así que quien las recogió no tuvo que ver a la farmacéutica cara a cara. Si la conocía de visitas anteriores, seguramente habría notado que algo iba mal. ¿Sabes si esas jeringas son caras?

Gabriel asiente apretando los labios.

—Mil euros cada una. Aunque no sé cuánto podrían valer en el mercado negro.

—Necesitamos hablar con la persona que estuviera en el mostrador los días en que se recogió la medicación. ¿Tienes la fecha y la hora exactas? —pregunta Patricia elevando ligeramente el tono.

—No, no lo pone, pero supongo que habrá algún registro.

—Tendremos que revisar las cámaras de seguridad también. Si Ernesto recogió esas jeringas para venderlas, quizá averigüemos algo interesante. No demostraría que mató a Rafael Sierra, pero podría ayudar a convencer al jurado en un posible juicio.

Patricia coloca una mano en el hombro sano de Gabriel.

—Está bien, Gabi. Yo me encargo. Dame la carta. Primero pediré una orden para revisar su historia clínica; así podremos justificar lo demás. No quiero que te metas en problemas.

Gabriel asiente, aunque no puede evitar una mueca de dolor.

—Y deberías irte a casa —añade Patricia con un toque de firmeza.

Gabriel ha escuchado las palabras de su compañera con toda la atención que le permiten sus demás preocupaciones. Algo no le cuadra. Tiene la sensación de estar pasando por alto una pista importante, pero no logra identificarla.

La adrenalina del disparo, la pérdida de sangre, el estrés y la anestesia han dejado lagunas en su memoria. No está seguro de percibir correctamente el orden cronológico de los hechos, como si todo se mezclara en su cabeza.

Una mueca, un gesto extraño que no tiene relación con el dolor, se escapa de su rostro. Ni siquiera él sabría explicar de dónde proviene. Patricia se da cuenta de inmediato.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? —pregunta mirándolo con preocupación.

Gabriel se encoge de hombros y desvía la vista. No sabe cómo responder.

—Supongo que sí. No he dormido mucho, la verdad. Pero no sé…, es como…

—¿Como qué, Gabriel? No te entiendo.

—Tengo la sensación de que estamos pasando algo por alto —admite él al fin mientras se frota la frente—. Estoy dándole vueltas y vueltas, pero no llego a ninguna parte.

Se inclina sobre una silla del pasillo y afianza los codos en las rodillas. Patricia lo sigue y se sienta a su lado.

—¡Mírate! Estás hecho polvo —dice en un tono mezcla de reproche y compasión—. Necesitas descansar. Ve a tumbarte un rato. Te prometo que te avisaré cuando llegue el abogado de oficio.

Gabriel la mira por un instante y, agotado, apoya la cabeza en su hombro.

Patricia lo rodea con el brazo, tratando de consolarlo.

Él siente una tristeza profunda, más intensa de lo habitual.

La medicación del hospital parece haberlo mermado y sus defensas emocionales están bajas.

O tal vez sea simplemente el dolor, físico y mental, que lo mantiene vulnerable.

Con los ojos cerrados, su mente viaja hacia su mujer. Por un instante, se imagina que es ella quien lo sostiene. No ha sido una buena idea. No puede evitarlo ni tampoco contener las lágrimas que comienzan a brotar.

Patricia se da cuenta y lo anima a levantarse. Echa un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie lo ha visto. Quiere llevarlo a un lugar más apartado, donde pueda protegerlo de las miradas de los demás.