Capítulo 25
Ernesto y Aurora llegan a la comisaría con el semblante serio y acompañados por su abogado, Víctor Alarcón. Es un hombre espigado, de rostro delgado e inexpresivo, vestido con un traje caro de color gris que parece impecable incluso bajo la luz fría del lugar.
Ernesto lanza miradas cargadas de agresividad a su alrededor.
Por algún motivo, varios agentes se han congregado en el vestíbulo.
Entre ellos está ese inspector, el dichoso Somoza, vivo a pesar de todo.
Ernesto no puede evitar que se le curve una sonrisa al verle el brazo inmovilizado en un cabestrillo realizando movimientos torpes y claramente afectados por el dolor.
Pero la sonrisa es incompleta, amarga. Lo había imaginado muerto, y comprobar que respira aún lo corroe como una herida mal cerrada.
Aurora sigue sin dirigirle la palabra, pero a Ernesto le da igual.
Tiene el consuelo de que, al menos, su mujer habla con el abogado, a quien conocen desde hace tiempo.
Víctor los ayudó a preparar la citación el día anterior, les dijo qué responder y a qué no contestar.
Lo hizo por videollamada, dadas las circunstancias, pero fue suficiente.
Ernesto se siente seguro: no pueden hacerle nada.
El teléfono prepago que usó para contactar con los Bobrov no está a su nombre; fue un detalle que sus amigos rusos le facilitaron en su día.
Así que si rastrean sus líneas, que lo harán si no lo han hecho aún, no encontrarán nada.
Está convencido de que saldrá de la comisaría sin cargos y, quizá, incluso pueda divertirse un rato a costa de los agentes.
Ya tiene un par de pullas preparadas sobre el agujero de bala en el brazo de Somoza.
Está eligiendo cuál será más mordaz; le gusta que lo consideren ingenioso.
Los conducen a una habitación con sillas de plástico azul.
Los tres toman asiento y esperan. El silencio se vuelve tenso, pero Ernesto se distrae repasando su repertorio de frases hirientes.
Al cabo de un rato, aparece la inspectora que estuvo en su casa con Somoza.
Se acerca con pasos firmes y, en tono profesional, les recuerda que hablarán con ellos por separado.
Como su abogado es el mismo, primero interrogarán a Ernesto y después a Aurora.
Ernesto se pone en pie con movimientos calculados.
Levanta la cabeza, saca pecho y se ajusta el cinturón con las manos en la cintura, y, antes de seguir a la inspectora, lanza una mirada altiva a su alrededor.
Camina detrás de ella con aparente indiferencia, aunque cada paso parece cargado de desafío.
La sala a la que llegan está pobremente iluminada, lo que intensifica la sensación de tensión.
Ernesto toma asiento junto a su abogado, sin perder la actitud desafiante.
Frente a ellos, Gabriel Somoza ocupa otra silla.
A pesar de que ofrece un semblante tranquilo, la rigidez de su postura y el cabestrillo delatan la incomodidad que todavía arrastra.
Patricia Siles se sienta al lado de su compañero con un bloc de notas en la mano.
—Buenos días, Ernesto. Buenos días, señor Alarcón. Gracias por venir. Quería avisarles de que vamos a grabar la conversación —dice Patricia con voz medida, sin perder la cortesía.
—Buenos días, inspectora Siles —responde Alarcón, y se inclina ligeramente hacia delante—. No será necesario, pues mi cliente ha decidido no realizar ninguna declaración al respecto.
—Gracias por la información. En cualquier caso, como ya sabe, señor Alarcón, mi labor profesional me permite formular las preguntas que considere oportunas. Si su cliente no quiere contestar, es decisión suya —contesta Patricia en un tono cortés pero firme.
El abogado hace un gesto fugaz con las manos, como si diera luz verde, y luego se cruza de brazos en un movimiento calculado que parece subrayar su neutralidad.
Ernesto se repantiga en la silla dejando caer su peso con desdén. Observa a Gabriel con una mezcla de chulería y satisfacción, como si el simple hecho de estar allí fuera una victoria personal.
—¿Desea tomar algo, señor Crespo? —ofrece Patricia con aparente amabilidad.
Él asiente despacio con los labios fruncidos.
—Un poco de agua estaría bien.
Gabriel se levanta con dificultad, apoyándose brevemente en el borde de la mesa, y se dirige hacia la puerta para buscar una botella de agua. La inspectora hace ademán de ir en su lugar, pero él la frena con un gesto.
—¿Le echo una mano, inspector? —pregunta Ernesto con retintín y una sonrisa que no intenta ocultar.
Gabriel se gira y le clava las pupilas con una sonrisa tranquila.
—No hace falta, gracias.
El silencio que sigue está cargado de tensión. Ernesto sigue sin disimular su sonrisa, y por el rabillo del ojo percibe que Patricia Siles está fulminándolo con la mirada, sin pestañear, como si lo desafiara en su propio juego.
Al cabo de unos segundos, Gabriel regresa; en la mano sana sostiene un botellín de agua y un vaso de cartón. Con gesto deliberadamente pausado, se los ofrece a Ernesto alargando el brazo.
—Aquí tiene.
Ernesto se sirve un poco de agua en el vaso y se lo acerca a los labios con calma.
—¡Uf! Tenía la garganta seca. ¡Mano de santo! —exclama Ernesto con una chispa de ironía tras dar un largo trago.
Nadie, excepto él, se ríe de la indirecta. El ambiente se envuelve en una frialdad que roza lo ridículo.
Sin inmutarse, Patricia da unos golpes secos en la mesa con el canto del bloc de notas.
—Ernesto, tenemos motivos suficientes para creer que su empresa se ha lucrado ilícitamente.
Contamos con testimonios de personas afectadas y hemos identificado una serie de movimientos en sus cuentas bancarias que no se corresponden con los datos que entregó en la declaración de la renta —dice en tono firme y profesional.
Ernesto chasquea la lengua, como si estuviera aburrido, y la mira con indiferencia. Ni siquiera hace amago de abrir la boca.
—También sabemos que trabajó con Rafael Sierra cuando él estaba suspendido y que tenían un trato para repartirse las ganancias —continúa Patricia.
Nada. Ernesto sigue impasible, como si lo que escucha no tuviera que ver con él.
—¿Recuerda dónde estaba la noche de San Juan del año pasado? —Patricia ha lanzado la pregunta con precisión calculada.
El silencio se extiende como una niebla densa. Ernesto gira lentamente la cabeza hacia el inspector, lo observa y, con una sonrisa ladeada, deja que el gesto hable por sí solo.
Gabriel le devuelve la sonrisa. La altanería de ese hombre no lo intimida; está muy lejos de hacerlo.
Está acostumbrado a tratar con tipos como él.
De hecho, los considera fáciles de presionar.
La psicología es parte esencial de su trabajo, aunque al principio le costaba más, sobre todo en los primeros casos, cuando hacer de tripas corazón frente a sospechosos de asesinato le resultaba casi imposible.
Ha vivido momentos incómodos en los que tuvo que lucir su mejor sonrisa mientras por dentro hervía de desprecio, como aquella vez que vio un partido de fútbol en casa de un sospechoso solo para ganarse su confianza y obtener una confesión.
Ha aprendido a controlar sus emociones. Ernesto no, y Gabriel sabe cómo aprovecharse de ello.
Su compañera ha hecho un buen trabajo. Ha conseguido los informes fiscales de Ernesto y Aurora, y los ha cotejado con sus gastos. Hay agujeros que son difíciles de explicar. Pronto recibirán sus registros de llamadas. Es muy probable que esos dos hayan cometido errores.
—Ernesto, veo que está muy tranquilo. Me encanta la gente con confianza —dice Gabriel, y ahora su sonrisa roza la provocación.
Ernesto le guiña un ojo sin modificar su postura desafiante, con los brazos aún cruzados sobre el pecho.
—Si le detenemos y pasa a disposición judicial, ¿va a seguir así de tranquilo delante del juez?
La sonrisa de Ernesto se borra de inmediato. Su expresión se tensa para dar paso a una rabia apenas contenida.
—Tenemos un problema —continúa Gabriel, ignorando la reacción de Ernesto—.
Lo he hablado con la inspectora Siles antes de entrar.
Ha aparecido un cadáver y no hemos pillado al asesino.
Eso no es bueno, Ernesto. Usted es un tipo listo, sabe cómo es nuestro trabajo.
No nos gusta ir dando tumbos sin conseguir nada.
—Si no son buenos haciendo su trabajo, el problema es suyo, no mío —replica Ernesto con desprecio en un tono mordaz.
Gabriel sonríe, pero esa vez el gesto es más afilado. Ya lo tiene donde quería.
—Eso es cierto. Pero ¿sabe cuál sí puede ser su problema y no el nuestro?
—Hace una pausa, dejando que el peso de sus palabras caiga sobre Ernesto—.
Su problema es que creemos que es posible que lo matara usted.
Y como se niega a hablar con nosotros y a colaborar, tendremos que detenerle.
Pasará setenta y dos horas en el calabozo mientras esperamos a que el juez pueda verle.
Usted no ignora cómo están las cosas con la pandemia; todo va muy lento.
Pero estoy seguro de que con él sí que querrá hablar.
—No contesto porque no tengo nada que decir —escupe Ernesto con voz tensa y cargada de frustración.
Su abogado le hace un gesto con la mano para que no siga. Gabriel se gira hacia él y le dirige una mirada fría y directa durante unos segundos. Es su momento, y no piensa dejar que lo interrumpan. El letrado lo capta.
—¿Dónde estaba la noche de San Juan del año pasado, Ernesto? —En tono acusador, Gabriel insiste en la pregunta que le había hecho Patricia.
—No. Lo. Recuerdo —responde Ernesto—. ¿Contento, inspector?
—No —admite Gabriel, y se inclina ligeramente hacia él—. Porque dentro de unos minutos hablaré con su mujer, y tal vez ella esté más dispuesta a colaborar. Algo me dice que las cosas no van bien por casa.
La provocación hace que Ernesto reaccione. Los labios se le curvan en una sonrisa torcida, pero sus ojos destilan veneno.