La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 24
63%

Capítulo 24

Patricia y Nico se dirigen en el coche patrulla al barrio de La Albufereta, en Alicante. Es una zona tranquila de la periferia, con urbanizaciones alrededor de una pequeña playa, la más pequeña de todas las que tiene la ciudad.

En uno de esos apartamentos antiguos, desgastados por el salitre, vive Elena Atienza, una mujer de unos cincuenta años que trabaja en Zambrano Abogados, el bufete del que formó parte Rafael Sierra antes de que lo despidieran.

Elena es administrativa y lleva casi dos décadas trabajando en ese despacho.

Patricia la localizó la noche anterior y le comentó que le gustaría reunirse con ella para hacerle unas preguntas sobre Rafael.

En un principio, la mujer pareció sorprendida de que la policía quisiera interrogarla, pero aceptó sin poner objeciones.

No fue complicado dar con ella. Para una agente de policía como Patricia, acceder a los archivos de la Seguridad Social y ver los cargos y la antigüedad de los empleados de una empresa determinada es bastante sencillo.

Al entrar en la urbanización, se cruzan con un chico joven que lleva una bolsa de la compra y los mira con cara de preocupación.

La urbanización es grande; sus jardines están cuidados y las instalaciones impecablemente limpias.

Se oye música; parece provenir de algún lugar oculto tras los árboles del jardín.

La curiosidad les puede, y ambos se acercan.

Encuentran a un hombre haciendo ejercicio sobre el césped cercano a un parque infantil.

Cuando los ve, se sobresalta y sonríe con timidez.

Nico habría pasado de largo tras soltarle una reprimenda rápida para, acto seguido, continuar con lo que han ido a hacer.

Pero Patricia es más recta: para ella, las normas están para cumplirse.

Después de pedir la documentación al hombre y proponerlo para sanción, ya está lista para visitar a Elena.

Les abre la puerta una mujer serena de ojos claros que con amabilidad los invita a pasar. No lleva puesta la mascarilla, pero como está en su casa, los dos agentes prefieren no decir nada.

Ha preparado una bandeja con pastas y ha hecho café. Sonríe orgullosa al mostrar lo bien dispuesto que está todo sobre su mesa de centro.

—Gracias por recibirnos, Elena —dice Patricia, y se acomoda en el sofá con formalidad—. Como ya le comenté, estamos investigando el asesinato de Rafael Sierra.

Elena asiente lentamente y se santigua con la mano derecha. Sus ojos reflejan una mezcla de incredulidad y nerviosismo.

—Sí… Es horrible. No sabía que había muerto. Nadie en el bufete sabía nada de esto.

—A Rafael lo despidieron, así que supongo que no terminó muy bien con el bufete —continúa Patricia al tiempo que echa una mirada breve a Nico, que ya está engullendo las pastas sin reparo.

—No, no acabó bien. Rafael era… un hombre peculiar. Desde el primer momento se notaba que traería problemas. Tenía sus propias reglas, y eso no se aceptaba con facilidad.

—¿Por qué lo despidieron exactamente? —pregunta Nico con la boca llena, lo que hace que Patricia reprima una mueca.

Elena desvía la mirada hacia Patricia, su rostro parece debatirse entre el miedo y la duda. Se agarra las manos y comienza a juguetear con los dedos en un gesto claramente nervioso.

—No tenga miedo. Lo que nos cuente no saldrá de aquí. Es parte de la investigación —interviene Patricia con voz calmada buscando tranquilizarla.

Elena se inclina hacia delante, como si necesitara acortar la distancia para confiarles algo importante, aunque no hay nadie más en la casa.

—Rafael hacía tratos con algunos clientes que acudían al bufete. Les ofrecía una tarifa más baja si trabajaban directamente con él, sin facturar a través de la oficina. Cuando José, mi jefe, se enteró, lo echó de inmediato.

—¿Fue una conversación tranquila? —pregunta Patricia ladeando ligeramente la cabeza.

—¡Oh, no! En absoluto. José lo agarró de las solapas y lo estampó contra la pared allí mismo, frente a todos. Le dijo que recogiera sus cosas y se largara, o lo sacaría a golpes. Rafael agachó la frente y desapareció. No supimos más de él.

—¿Eso fue todo? —insiste Nico, y con el ceño ligeramente fruncido alarga la mano hacia otra pasta.

—Bueno…, cuando ya se había ido, tuvimos que arreglar el desastre que dejó.

No era nada meticuloso trabajando. Había modificado una sentencia porque se le pasó el plazo de reclamación y, para que el cliente no se diera cuenta, borró la parte donde se especificaba el motivo.

José se enteró y lo denunció al colegio de abogados.

A las pocas semanas supimos que lo habían suspendido. Pero ahí quedó todo, que yo sepa.

—¿Se le ocurre alguien que pudiera tener problemas con él? ¿Alguien con motivos suficientes para querer matarlo? —pregunta Patricia con seriedad al tiempo que mantiene el bolígrafo suspendido sobre la libreta.

Elena se encoge de hombros y su mirada se pierde en el techo, como buscando respuestas que no llegan.

—Es difícil saberlo. Diría que era un hombre problemático, pero no sé si llegó a tener enemigos hasta ese punto.

—¿Y su jefe, José? —inquiere Patricia.

—No, eso es imposible.

—¿Cómo puede estar tan segura?

—Porque murió un mes después de que suspendieran a Rafael.

Sufrió un infarto fulminante. Desde entonces, su hijo gestiona el bufete.

Que yo sepa, Fran, el hijo de José, nunca llegó a conocer a Rafael Sierra.

Preparaba las oposiciones para abogado del Estado cuando falleció su padre y decidió dejarlo todo para continuar con el negocio familiar.

Patricia y Nico intercambian una mirada significativa. Ella espera que su compañero intervenga, pero los segundos se estiran en un silencio incómodo. La inspectora Siles no cree que haya mucho más que investigar en ese asunto.

—De acuerdo, Elena. No la molestaremos más. Ya tiene mi número. Si recuerda algo que considere importante, llámeme a cualquier hora.

Mientras conduce, Nico lanza una mirada furtiva a Patricia.

Entre ellos, las palabras son pocas casi siempre, las estrictamente necesarias.

Sabe que debería cambiar eso; no le conviene llevarse mal con ella.

Pero le resulta complicado. Actuar como se supone que debe hacerlo y no como le nace es un desafío que lo agota.

Porque, si fuera por él, no estaría allí.

Sin embargo, entiende que no tiene opción.

—¿Qué opinas? —Nico rompe el silencio en un tono casi casual.

Patricia tarda un segundo en reaccionar; ha pasado tanto tiempo desde que salieron de casa de Elena que le cuesta entender a qué se refiere.

—Que no creo que nadie del bufete lo matase. El principal sospechoso tiene una coartada inmejorable —bromea esbozando una sonrisa ligera.

Nico se ríe, aunque su risa suena algo forzada, como si intentara descomprimir el ambiente.

—Bueno, si nos ponemos quisquillosos, tal vez su hijo estaba molesto con Rafael porque pensó que el infarto de su padre venía de los disgustos que le provocaba. Aunque es un poco rebuscado.

—Sí, un pelín —admite Patricia, y deja escapar un suspiro breve.

El silencio vuelve, pesado como una manta húmeda, hasta que Nico lo rompe de nuevo.

—No creo que saquemos nada de los vecinos. Deberíamos centrarnos en otras pistas.

Patricia arruga la frente. El comentario parece haberla pillado por sorpresa. Durante unos segundos, estudia a Nico de reojo, como si buscara algo en su expresión que le explique esa sugerencia.

—¿Hablaste con alguno cuando investigaste su desaparición? —pregunta finalmente con un tono más inquisitivo de lo necesario.

—Sí, con varios. Por eso lo digo. Allí no había nada.

Patricia levanta las cejas y, con los brazos cruzados, deja caer la espalda contra el asiento.

—Hiciste una investigación de mierda, Nico.

—¿Qué? —exclama él volviendo la cabeza hacia Patricia visiblemente desconcertado.

—Lo que acabas de oír. Rafael Sierra tenía problemas con casi todos los vecinos del barrio. En dos días, Gabriel ha encontrado un montón de personas con motivos suficientes para convertirse en sospechosas, y tú… ¿qué hiciste? Ni siquiera miraste su coche, joder.

Nico se remueve en su asiento, tenso, como si las palabras de Patricia le hubieran dado de lleno. Aprieta la mandíbula, pero no replica de inmediato.

—Siento que nos haya tocado trabajar juntos y que Gabriel esté en el hospital, pero baja el tono conmigo. No es culpa mía.

Patricia lo mira; los ojos le brillan con una mezcla de frustración y disgusto. Luego suelta un bufido y niega con la cabeza antes de volver el rostro hacia la ventanilla.

A Carlos le duele la cabeza. Es un dolor extraño, penetrante, como si las preocupaciones que lo atormentan presionaran las paredes de su cráneo con una fuerza insólita.

No puede borrar de su mente la imagen de su padre tirándole del brazo tras descubrirlo en una de sus fechorías ni la mirada de angustia que le dedicó, como si estuviera frente a un monstruo. Esa mirada le pesa más que cualquier castigo imaginable.

Decepcionar a sus padres le inquieta incluso más que los problemas con Amanda. Siempre han sido buenos con él. De Amanda, en cambio, no puede decir lo mismo.

La conversación en el salón de su casa aún resuena en su cabeza como un eco persistente.

No servía de nada mentir; ambos sabían perfectamente qué había estado haciendo con el ordenador esos días.

Habían descubierto lo de la nota, y, como era lógico, le preguntaron a quién iba dirigida y con qué propósito.

Pronunciar las palabras de respuesta fue una tarea titánica.

Significaba admitir un amor no correspondido, y Carlos teme que sus padres lo vean como un fracasado.

Pero hay algo aún peor: reconocer una obsesión que, a ojos de cualquiera, parecería insana.

A pesar de ello, llegó a la conclusión de que no tenía otra opción que contar la verdad.

Lo que más preocupa a sus padres, sobre todo a su madre, es la posibilidad de que haya intentado tomar fotografías comprometidas de Amanda.

La sola insinuación de algo así lo revuelve por dentro.

Carlos nunca invadiría su intimidad de esa manera; sería como cometer una violación, y él la quiere.

De eso no hay duda. Sin embargo, reconoce que no siempre ha retirado la mirada en ciertas circunstancias.

No está orgulloso de ello, pero jura que jamás fotografió algo así.

El problema real, lo sabe muy bien, no son esas inocentes fotos robadas de Amanda que observa en secreto durante horas. No, no se trata de eso. Aunque nadie lo diga en voz alta, Carlos entiende dónde reside el verdadero problema.

Lo que lleva a su padre, un respetado empresario de una compañía de transportes, a tomarse un par de días libres, contactar con un abogado y buscar la mejor solución para su hijo no son las fotos de una adolescente atractiva mirándose en el espejo de su habitación. Para nada.

Lo realmente preocupante son las imágenes en las que Amanda aparece entrando con un hombre en un lugar donde no debería estar. Y, sobre todo, hay una foto en particular: la que Carlos tomó la noche de San Juan sin que nadie lo supiera.

El comisario Urriaga sale del hospital como un búfalo, con los hombros tensos y el ceño fruncido.

La rabia contenida en su caminar deja claro que no ha sido una visita agradable.

Ha tenido que personarse para lidiar con Gabriel, quien, horas después de ser operado, insiste en firmar el alta voluntaria y largarse.

Las buenas palabras de Urriaga no han servido.

Tampoco los consejos bienintencionados que ha dado a Gabriel para recordarle que el esguince de tobillo mal curado lo ha llevado de cabeza durante los últimos tres años.

Nada. Gabriel es testarudo, y cuando algo se le mete entre ceja y ceja no hay quien lo haga entrar en razón.

Hace un tiempo, cuando Gabriel estaba al mando de la Unidad de Delitos Violentos, ni un ejército habría podido detenerlo si decidía arrancarse la vía y marcharse del hospital con el hombro colgando.

Pero ahora es diferente. Ya no ocupa ese cargo, y eso otorga a Urriaga la autoridad necesaria para tomar las riendas.

El comisario no ha dudado en ejercerla. Dejó claro que si Gabriel no cumple con la indicación médica de permanecer ingresado, al menos hasta el día siguiente, puede ir despidiéndose del caso.

Fue directo, sin rodeos. Y aunque no le entusiasma recurrir a la amenaza, sabe que es la única manera de controlar a alguien como el inspector Somoza.

Tampoco ha considerado proponer un aislamiento preventivo para Gabriel, a pesar de que ese hospital es el lugar con mayor número de infectados por metro cuadrado de la ciudad. Le parece excesivo, siempre y cuando su subordinado colabore y haga lo que debe: recuperarse.

Porque si hay algo que realmente preocupa al comisario Urriaga por encima de todo es la seguridad de sus agentes. Con algunos, en particular, o se preocupa él o no lo hará nadie. Y Gabriel es, sin duda, el mejor ejemplo.