Capítulo 23
Gabriel experimenta una extraña sensación de bienestar.
Hace un par de horas salió del quirófano, aunque sus recuerdos están borrosos, como si alguien hubiera eliminado fragmentos clave de su memoria.
Recuerda a una mujer joven, probablemente una enfermera, que se le acercó cuando intentó levantarse de la cama.
Con voz tranquila, le dijo que todo había salido bien.
Esa breve interacción lo tranquilizó, pero las lagunas en la mente lo frustran.
Aunque recuerda cómo llegó allí, todo lo relacionado con el disparo, la ambulancia y la operación, hay piezas que ahora no logra encajar.
Por el momento, no siente dolor. El efecto de la anestesia aún lo envuelve, y está tan cómodo en la cama que una sonrisa involuntaria asoma en su rostro. Ni siquiera sabe por qué, pero no intenta contenerla.
Cuando por fin lo trasladan a su habitación, se queda solo y se quita la mascarilla.
Lo deseaba con ansias. Empieza a sentir cómo sus músculos, todavía algo entumecidos, recuperan gradualmente el tono.
Con algo de esfuerzo, se incorpora y se sienta en la cama.
Está mareado. A su lado, una bolsa de plástico contiene sus pertenencias.
Rebusca en su interior y se da cuenta de que su ropa no está; probablemente la hayan tirado debido a las manchas de sangre.
Al menos, han guardado lo esencial: las llaves de su casa y la carta de la farmacia del Hospital General a nombre de Rafael Sierra que había llevado consigo para mostrársela a Patricia.
Toma su móvil y marca el número de su compañera.
Nota el alivio que a ella le produce oír su voz.
Le confirma que la operación ha salido bien y, durante unos minutos cargados de ternura, le transmite su agradecimiento por haberle salvado la vida.
La conversación pronto gira hacia lo importante.
Patricia lo pone al tanto de lo que ha averiguado sobre los hermanos Bobrov, y Gabriel escucha con atención mientras su mente comienza a procesar los detalles.
—Mañana quiero estar presente en los interrogatorios a Ernesto y Aurora —le dice Gabriel con firmeza.
—¿Crees que Urriaga lo permitirá?
—Me he llevado un balazo. Me lo merezco.
Oye a Patricia reír al otro lado de la línea.
—Lo tenía pensado para hoy, pero con todo esto ha sido imposible organizarlo —responde Patricia—. Hoy iré a hablar con una administrativa del bufete donde trabajaba Rafael.
—Perfecto. Pero no hagas nada sin mí con Ernesto y Aurora, ¿vale?
Patricia se muestra de acuerdo, y ambos se despiden. Gabriel cuelga mirando el teléfono con una mezcla de frustración e impaciencia.
Con el paso de las horas, la anestesia pierde su efecto.
El dolor, que antes parecía inexistente, empieza a asomar con punzadas agudas.
Intenta distraerse, pero el malestar y la inquietud lo dominan.
Se levanta de la cama y comienza a caminar de un lado a otro en el reducido espacio de la habitación apoyándose en el soporte del gotero.
Su mente no para. Le reconcome la idea de que Patricia encuentre una pista clave mientras está con Nico y no con él.
Eso le irrita más que el dolor del hombro.
De repente, alguien llama a la puerta. Gabriel se apresura a colocarse la mascarilla antes de responder.
—Adelante —dice con voz seca.
La puerta se abre, y Gabriel se queda inmóvil al ver a Óscar.
—Hola —saluda Óscar con timidez—. Me ha llamado mi mujer. Me ha explicado que hubo un tiroteo en tu casa. He estado preguntando y me he enterado de que te han operado. ¿Puedo pasar? —pregunta desde la puerta en tono vacilante.
Gabriel aparta la mirada hacia la ventana y asiente con un breve cabeceo.
Óscar entra con pasos cautelosos, cierra la puerta y se sienta en una silla en el rincón más alejado de la habitación. Durante unos segundos, ninguno de los dos habla.
—¿Cómo estás? —Óscar, finalmente, rompe el silencio.
—Bien. Mañana me voy —responde Gabriel seco.
—¿Tan pronto? ¿No es mejor esperar un poco más? —insiste Óscar tratando de sonar preocupado.
Gabriel levanta la vista y lo mira a los ojos. Niega con la cabeza sin añadir palabra alguna para dejar claro que no tiene interés en prolongar la conversación. Óscar percibe la frialdad en su expresión y baja la mirada, incómodo.
—Bueno… No deseo molestarte. Solo quería saber si necesitas algo —dice poniéndose de pie con intención de marcharse.
—No necesito nada —responde Gabriel con la misma frialdad de antes.
Óscar se detiene un momento, parece esperar a que Gabriel cambie de opinión, pero el silencio que sigue es ensordecedor.
Es evidente que Gabriel no va a perdonarle lo de Amanda con tanta facilidad.
La distancia entre ellos no es solo física; hay un abismo de resentimiento que Óscar no sabe cómo cruzar.
Gabriel mueve la bolsa de plástico con sus pertenencias para volver a tumbarse en la cama, pero entonces ve la carta que encontró la noche anterior en su buzón, cuando su nuevo amigo, el gato negro, apareció en su puerta.
Se queda mirándola unos segundos, y una idea empieza a formarse en su mente.
Quizá pueda dar un propósito a su tarde.
—Espera, Óscar. No te vayas —dice deteniéndolo cuando está a punto de abrir la puerta.
Óscar se gira, sorprendido.
—Quizá haya algo que puedas hacer por mí.
Óscar no sabe por qué ha accedido. Probablemente porque Gabriel le da miedo.
Desde que descubrió lo de Amanda, solo pensar en él lo pone nervioso.
Su intención inicial al visitarlo era averiguar algo sobre la investigación.
Quería saber si tenían pensado hablar con su mujer o con Amanda.
Teme que eso suceda. Pero ahora, frente a Gabriel, esas preguntas se le atragantan.
Los pasillos del hospital están vacíos. La verdadera batalla está en urgencias, la UCI y las plantas llenas de pacientes infectados con COVID.
En cambio, el edificio anexo de consultas externas parece un lugar fantasmagórico.
Allí es donde Óscar ha llevado a Gabriel, sentado en una silla de ruedas, con una excusa absurda.
En el control de la planta, dijo que su «amigo» necesitaba hacerse una biopsia de un lunar, una cita cancelada por la pandemia, pero que un supuesto dermatólogo al que conocía se había ofrecido a realizársela en consultas externas.
Si bien resultó poco creíble, el personal está tan desbordado de trabajo que nadie se paró a hacer preguntas.
Óscar lo soltó sin pensar, y ahora teme que esa mentira quede registrada en la historia clínica de Gabriel, lo que podría generar preguntas incómodas.
Quizá luego diga que le revisaron el lunar y no necesitaba ningún tipo de estudio.
Sí, eso podría funcionar… o eso se repite para convencerse.
Las puertas de las consultas están cerradas con llave, como medida contra posibles robos. Pero Óscar tiene acceso a las de dermatología; antes de ser trasladado a neurocirugía, trabajaba allí.
El silencio en el interior es absoluto, roto solo por el chasquido de la bombilla al encenderse. Óscar empuja la silla de Gabriel hasta una consulta con ordenador y pulsa la tecla de encendido. La pantalla ilumina la sala con una luz fría.
—Sabes que podría perder mi trabajo por esto, ¿verdad? —dice Óscar sin mirarlo.
Con los ojos entrecerrados, Gabriel lo observa en silencio. Óscar siente que lo invade una oleada de temor, como si Somoza pudiera levantarse en cualquier momento y golpearlo con su brazo sano.
—No te preocupes. Si hay problemas, diré que sabía tus claves y me escapé de la habitación. —La voz de Gabriel suena firme, casi desafiante.
—No sé si será suficiente —responde Óscar con un suspiro.
—Lo será.
Óscar se encoge de hombros y empieza a teclear para iniciar sesión. Lo que acaba de hacer quedará registrado, y él lo sabe. Cuando el programa se carga, introduce su nombre de usuario y su contraseña.
—¿Qué es lo que te interesa exactamente? —pregunta mientras navega por el software.
—Todavía no lo sé. Solo quiero echar un vistazo. —Gabriel levanta una carta con la mano sana y se la muestra—. Recibí esto del hospital. Parece que Rafael Sierra seguía algún tipo de tratamiento aquí. ¿Puedes averiguar para qué?
Óscar toma la carta, inspecciona el número SIP que aparece en ella y localiza el archivo de Rafael en cuestión de segundos. La pantalla muestra toda su información médica: informes, antecedentes, alergias…, todo. Navega hasta la sección de farmacia hospitalaria.
—Vale, parece que tenía artritis reumatoide —dice Óscar tras leer un par de líneas.
—¿Qué es eso? —pregunta Gabriel acercándose.
—Es una enfermedad autoinmune que inflama las articulaciones. Por eso iba a farmacia. Aquí pone que le administraban adalimumab.
—¿Y eso para qué sirve? —insiste Gabriel al tiempo que escruta la pantalla.
—Es un medicamento caro, suele usarse para controlar enfermedades autoinmunes. Cada jeringa cuesta unos mil euros. Estas cosas no se compran en farmacias normales; solo se dispensan en hospitales.
Gabriel asiente, aparentemente satisfecho. Pero mantiene la mirada fija en la pantalla, donde algo ha llamado su atención.
—¿Qué significa esto? —pregunta señalando una fecha.
—Es la última vez que vino, el 17 de enero.
—Eso no puede ser. Revísalo, por favor.
Óscar hace clic en la fecha. Y aparece la información escrita por la doctora Palao:
El paciente contacta por teléfono y refiere no poder asistir a su cita. Se deja la medicación en el mostrador de farmacia para su recogida. Doy dosis para seis meses. Próxima visita en julio (agendas cerradas, llamará para solicitar cita).
Óscar gira el monitor hacia Gabriel, que lee detenidamente el texto. Un silencio tenso llena la sala.
—¿Qué pasa? —pregunta Óscar.
Gabriel no responde de inmediato. Su mente trabaja rápido analizando lo que acaba de leer.
Aurora cuelga el teléfono con un leve temblor en las manos. Llevaba tiempo esperando ese momento y finalmente ha llegado. La dulce voz de una mujer le ha comunicado que mañana deben presentarse en comisaría a prestar declaración, tanto ella como su marido.
Sabe cómo reaccionará Ernesto. Se enfadará.
Soltará su habitual retahíla de tonterías menospreciando a la policía porque está convencido de ser más listo que todos.
No es difícil imaginarlo entrando en la comisaría con sus aires de grandeza para dejar claro que él es quien manda.
Aurora no puede evitar preguntarse cómo es posible que, con esa actitud, no haya recibido todavía un correctivo por parte de alguien más duro.
No le bastó con el aviso que le dio Cole Kane.
En este mundo siempre hay un pez más grande, y está segura de que Ernesto aún no se ha cruzado con el suyo.
Pero mañana será diferente. Aurora lo siente en los huesos. Es un día importante, y debe preparar cuidadosamente qué decir y qué partes será mejor callar. Cada detalle cuenta, cada palabra podría marcar la diferencia entre mantenerse a salvo o hundirse con su marido.
Tiene claro que Ernesto está perdido. Su orgullo y su boca descontrolada lo han condenado desde hace tiempo. Pero ella no piensa hundirse con él. Si para mantenerse a flote tiene que aferrarse a cualquier cosa que encuentre, lo hará. Ya no le importa si eso significa traicionarlo.
Con la mirada fija en el reloj de la cocina, comienza a planificar mentalmente cada posible escenario. Es su única oportunidad, y no está dispuesta a desperdiciarla.