Capítulo 22 #2
Ernesto ha llegado a la playa. El sol del atardecer tiñe de naranja las rocas que se extienden y crean un camino irregular hacia el mar.
Pasea con cuidado, evitando resbalar, mientras su perra husmea entre las piedras.
Se mete la mano en el bolsillo, saca el teléfono y lo observa un momento.
Es pequeño, insignificante, pero contiene los ecos de una decisión irreversible.
No duda. Lo lanza con todas sus fuerzas y contempla cómo el aparato traza un arco antes de desaparecer bajo las olas.
El agua se cierra sobre él sin dejar rastro.
Ernesto se queda inmóvil unos segundos observando el lugar donde el teléfono se ha hundido.
La perra ladra en la distancia, rompiendo el silencio.
Ernesto respira hondo. Está hecho. Pero en el fondo de su mente, una pequeña duda germina.
¿Y si algo salió mal? ¿Y si no estaba tan limpio como creía?
Sacude la cabeza para alejar esos pensamientos.
No es momento de vacilar. Ya no hay vuelta atrás.
Patricia Siles está de pie junto a otros policías en la puerta del hospital.
El cuerpo aún le tiembla, y siente que las piernas le flaquean.
Esa misma mañana ha matado a un hombre. Es la primera vez que dispara su pistola, y el peso de ese acto la acompaña y le revuelve el estómago.
Mientras intentan coordinarse, un miembro de la Unidad Militar de Emergencias se les acerca y les ordena que mantengan la distancia de seguridad.
Patricia no dice nada, pero su mirada firme e intimidante lo sigue mientras se aleja.
Un coche negro entra apresuradamente en el aparcamiento reservado para las ambulancias y el personal del hospital, a pocos metros de la entrada de urgencias. Patricia lo reconoce de inmediato: es el vehículo del comisario Urriaga.
El coche se detiene sin respetar las líneas de aparcamiento. La puerta se abre de golpe y el comisario desciende con prisa, colocándose la mascarilla mientras camina. Al verla, se detiene en seco, sorprendido. Corre hacia ella, nervioso, y la sujeta por los hombros.
—¡Siles! ¿Cómo estás? —grita sin molestarse en moderar el tono.
Patricia desvía la mirada hacia el militar, que esa vez agacha la cabeza y se retira sin intervenir. Parece que nadie dirá nada al comisario.
—Estoy bien, de verdad —miente Patricia con voz cansada.
—¡Joder! He venido en cuanto me he enterado. ¿Te han contado algo de Gabriel?
—Un médico ha salido hace poco. Me pidieron que aguardara aquí; no dejan entrar a nadie a la sala de espera.
Me ha dicho que tienen que operarlo, aunque, en principio, no corre peligro.
La bala le atravesó el hombro. —Patricia señala al comisario la zona bajo la clavícula—.
Tienen que suturarle por dentro, pero por suerte fue en el hombro izquierdo. Él es diestro.
Urriaga se lleva una mano a la cabeza, visiblemente afectado. El sudor se le acumula en la frente y le empapa la mascarilla. Parece que lucha por encontrar el aire.
Ambos dirigen su atención hacia otro vehículo que entra en el aparcamiento: un coche patrulla. Lo conduce Nico Ortiz, acompañado de una agente mucho más joven. Patricia suspira al verlo llegar.
—Ahí está Nico. Le pedí que se encargara mientras tú no podías.
—¿Cómo? Pero yo puedo encargarme…
—Siles —la interrumpe Urriaga en tono firme—, será solo mientras te recuperas. Relájate.
Nico desciende del coche y camina directamente hacia Patricia. La examina con una mirada cargada de lástima antes de abrazarla. Patricia no le corresponde, se limita a darle unas palmaditas en la espalda. La agente joven levanta la mano a modo de saludo, manteniéndose a unos metros de distancia.
—¿Sabemos algo de Gabriel? —pregunta Nico.
—Le están operando, pero estará bien —responde Urriaga.
Nico asiente con la vista gacha. El silencio que sigue resulta incómodo.
—¿Qué has averiguado? —pregunta Urriaga.
Nico desvía la mirada hacia Patricia, adoptando un tono calmado.
—El hombre al que disparaste… es ruso. Los de Crimen Organizado dicen que lo han estado siguiendo durante años. Es un matón del clan de los Bobrov de Torrevieja.
Patricia y Urriaga intercambian una mirada de asombro.
Patricia siente un nudo en el estómago al oír ese nombre.
Ahora entiende por qué han intentado matar a Gabriel.
Hasta ese momento, había pensado que el ataque podría estar relacionado con la investigación del asesinato de Rafael Sierra. Pero eso lo cambia todo.
Hace cinco años, Gabriel investigó un homicidio triple en Torrevieja.
Tres jóvenes fueron encontrados muertos atados de pies y manos en un bosque a diez kilómetros de la ciudad.
Una cámara de seguridad de una gasolinera captó una furgoneta circulando cerca del lugar del crimen en coincidencia con la hora estimada de las muertes.
Gabriel le había contado a Patricia que aquello había sido una chapuza, algo impropio de la meticulosa mafia rusa de Torrevieja.
Resultó que Boris Bobrov, el menor de los hermanos, había discutido en una discoteca con las víctimas, tres jóvenes que tuvieron la mala suerte de cruzarse con él.
En un arrebato, ordenó a sus hombres que los interceptaran, los subieran a una furgoneta y los ejecutaran. Así lo hicieron.
Pero dejaron un rastro de pruebas: la furgoneta estaba a nombre de Boris, había testigos de la discusión en la discoteca y cámaras que registraron su trayecto.
Con eso Gabriel tuvo suficiente para localizarlo en su edificio de oficinas.
Acorralado y desesperado, Boris intentó huir saltando desde un tercer piso.
La caída fue fatal. Aunque Gabriel no apretó el gatillo, Isaak y Vasili, los hermanos mayores de Boris, siempre lo culparon de su muerte.
Ahora, Patricia entiende que la venganza de los Bobrov se empezó a urdir ese día. La amenaza estaba latente todo ese tiempo y, finalmente, ha golpeado.
—¿Cómo demonios han sabido dónde vive Gabriel? Es imposible. No tiene redes sociales, no publica nada. ¡Si apenas enciende el teléfono, por el amor de Dios! —exclama Patricia, visiblemente frustrada.
—No lo sé, la verdad —responde Nico encogiéndose de hombros.
—Hay que averiguar quién se lo dijo. Tuvo que ser algún vecino. Nadie más sabía que Gabriel estaba ahí —sugiere Patricia, y niega con la cabeza.
—Bueno… —Nico empieza a hablar, pero aprieta los labios conteniendo las palabras.
—¿Qué? —Patricia sube el tono, impaciente.
—Pues que en la comisaría ya se comentaba que se había mudado a ese lugar. Su madre también lo sabía… No sé. Decir que solo lo sabían sus vecinos es un poco…
—¿Qué estás insinuando? ¿Que lo traicionó un compañero? O, peor aún, ¿su propia familia? —Patricia lo fulmina con la mirada. Tiene los nervios a flor de piel y se obliga a respirar profundo para no estrangular a Nico.
—Patricia… —Nico levanta la mano en señal de paz y traga saliva—. No insinúo nada de eso. Solo intento aportar algo. Nada más.
La inspectora se cruza de brazos y mantiene la boca cerrada mientras Urriaga interviene cambiando de tema para calmar los ánimos.
—Bueno… ¿En qué punto está lo de Rafael Sierra? —pregunta en tono grave mirando a Patricia.
—Tenemos pendiente citar en comisaría a dos vecinos que se han negado a hablar con nosotros.
También queremos hablar con una menor que se coló varias veces en la casa de Gabriel y puede saber algo.
Además, estamos buscando contactar con alguien de su anterior trabajo, del bufete del que lo despidieron —responde Patricia sin titubear.
Urriaga suspira profundamente y se baja la mascarilla por un instante para tomar aire.
—De acuerdo. Pues como Gabriel no va a estar disponible en un tiempo, continúas con Nico. Todo lo que tengas que hacer, que él te ayude.
—No hace falta —replica Patricia con frialdad.
—Sí hace falta, y es una orden. ¿De acuerdo? —Urriaga endurece la voz, cerrando la conversación.
La inspectora baja la mirada y frunce los labios. No está de acuerdo, pero no tiene otra opción. Al final, asiente con un leve movimiento de la cabeza.