Capítulo 22
Gabriel Somoza se retuerce de dolor en la cama del hospital.
Han pasado treinta minutos interminables desde que lo dejaron allí, y nadie ha entrado todavía para ofrecerle ayuda.
Mientras lo trasladaban no pudo evitar fijarse en la sala de espera abarrotada: una multitud con mascarilla aguardaba su turno, las miradas fijas en él conforme la camilla cruzaba el pasillo gris.
Algunos se pusieron en pie, movidos, quizá, por el morbo o el asombro.
Gabriel solo veía cómo las gasas que le colocaban iban de blancas a teñidas de un rojo oscuro en cuestión de minutos.
Las apretaban con fuerza sobre la herida, casi con crueldad, antes de lanzarlas a una bolsa de basura ya saturada de apósitos manchados de sangre.
Ni siquiera la condición de policía de Patricia le valió para entrar con él.
Alcanzó a escuchar cómo un hombre cubierto de pies a cabeza con mascarilla, pantalla facial, guantes y bata le gritaba con malas maneras, dejándola fuera sin opción a discutir.
Gabriel no se quejó. Desde su camilla vio a los agentes de la Unidad Militar de Emergencias en la puerta del hospital y entendió que, aunque él no tuviera toda la información, la situación con la pandemia debía de ser grave.
El dolor es insoportable, tanto que no puede pensar en el riesgo de contagiarse.
Lo único que le preocupa es desmayarse y perder el control.
No quiere despertar y descubrir que le han amputado el brazo.
Su mente regresa una y otra vez a la sensación de la bala atravesándole, y el chorro de sangre que apareció después y que salía al ritmo de los latidos de su corazón.
Durante unos segundos, creyó que había muerto.
Cerró los ojos al ver que aquel hombre le apuntaba para terminar el trabajo.
No sentía nada; no podía moverse, y la respiración se le detuvo.
«¿Es esto lo que se siente al morir?», se preguntó con una calma aterradora.
Pero el dolor volvió, como un latigazo cruel, y lo trajo de vuelta a la realidad.
Abrió los ojos y vio a Patricia arrodillada sobre él, zarandeándolo mientras le gritaba algo que no pudo entender.
El dolor se hizo insoportable, pero también sintió algo extraño, algo que no sentía desde hacía mucho: alivio.
Estaba vivo. Por primera vez en mucho tiempo, agradeció estarlo.
Ese pensamiento lo desconcierta. A pesar de todas las noches de insomnio, de los días consumidos por la pena y de las ideas suicidas que alguna vez acarició, Gabriel no quiere morir.
Esa revelación le parece agridulce. Tal vez ese incidente sea un punto de inflexión, un antes y un después en su manera de enfrentarse a su dolor.
Lo único malo es que ha tenido que llegar de una forma tan violenta.
Intenta mover el brazo, a pesar de que una enfermera le ha advertido que no lo haga. Un error. El dolor lo atraviesa como un hierro candente. Incluso abrir y cerrar la mano le resulta inaguantable.
En un rincón de la habitación, sobre una silla, ve una bolsa de plástico con sus pertenencias. Dentro está su teléfono, que no deja de sonar e iluminarse. Quiere alcanzarlo. Necesita saber si Patricia ha descubierto algo sobre el hombre que intentó matarlo.
Piensa que probablemente se trate de un sicario, alguien contratado para quitarlo de en medio.
Pero ¿quién lo ha contratado? ¿Cole Kane, con su red de influencias?
¿Ernesto y Aurora, que tienen demasiado que perder?
¿Los Dubois? ¿Marco Sierra? Cada nombre que cruza su mente lo lleva a más preguntas.
También existe la posibilidad de que no sea ninguno de ellos, sino alguien preocupado porque está acercándose demasiado a la verdad.
Sea quien sea, Gabriel está convencido de que habrá dejado un rastro.
Y él lo encontrará. Pase lo que pase, lo encontrará.
Un médico entra en la habitación. No se le acerca demasiado.
Lleva encima todas las protecciones imaginables: pantalla facial, mascarilla, guantes, bata…
Apenas se le distingue el rostro. Gabriel sabe que es un médico porque se identifica al cruzar la puerta con una voz apagada, amortiguada por las múltiples capas de protección.
—Señor Somoza, soy el doctor Jiménez, de traumatología. Vamos a tener que llevarlo al quirófano para detener la hemorragia. También será necesario transfundirle sangre. Necesitamos que firme los consentimientos. ¿Cuándo fue la última vez que comió o bebió algo?
—Un café al despertar. Serían las once, más o menos.
El doctor Jiménez asiente con un movimiento mecánico.
No parece muy hablador, lo cual a Gabriel le da igual mientras haga su trabajo y le arregle el estropicio.
Solo quiere reincorporarse cuanto antes; está seguro de que está cerca de resolver el caso.
Aunque ahora, inevitablemente, tendrá que pasar un tiempo fuera de juego.
De repente, su habitación se llena de actividad.
Una enfermera joven, cuya cara apenas se distingue detrás de la mascarilla, le tiende unos papeles y un bolígrafo.
Señala con prisa dónde debe firmar. Otro hombre, con guantes de vinilo azules, le agarra el brazo con brusquedad para conectar un suero a la vía.
Un tercero, más mayor, se arrodilla para desenchufar la cama del panel de la cabecera y liberar los frenos.
Antes de que Gabriel pueda procesarlo, ya están conduciendo su cama por un pasillo gris y silencioso cuyas paredes exudan un aura de pesimismo y desesperanza.
El quirófano es un lugar helado. El frío cala en su piel desnuda erizándole el vello.
A pesar de todo, Gabriel siente que esa operación no es más que un trámite. Su mente, lejos de preocuparse por su vida o su integridad física, está en otra parte: en la investigación del asesinato de Rafael Sierra.
Una imagen nítida aparece en su memoria, un recuerdo olvidado que ahora cobra sentido. Empieza a conectar sucesos, testimonios, piezas de un rompecabezas que parecía incompleto. Todo encaja, salvo un detalle.
El razonamiento se resiste a consolidarse en su mente. Mientras tanto, las figuras en el quirófano se mueven como sombras, rápidas y precisas. El sonido rítmico de una máquina rompe su concentración.
«No es posible», piensa, y el eco de esa idea le retumba en la cabeza.
Una mujer con ojos claros se inclina sobre él, es la única parte de su cara que puede verle.
—Soy la doctora Blanco, anestesista. Voy a pedirle que cuente hasta diez. Se quedará dormido —le dice mientras le acerca al rostro una mascarilla conectada a un tubo.
Gabriel se aparta al primer contacto. La epifanía lo golpea con una claridad aterradora. Lo ha resuelto. Si está en lo cierto, el caso está cerrado.
—¡No! ¡Necesito un bolígrafo y papel! ¡Tengo que escribir algo! —grita con desesperación.
La doctora Blanco no parece impresionada, sino, tal vez, algo molesta por la interrupción. Le coloca la mascarilla de nuevo con calma profesional. Gabriel intenta apartarla, pero el dolor en el brazo lo paraliza. Grita emitiendo un sonido ahogado que apenas rompe el aire estéril del quirófano.
—Ponle un poco de midazolam —ordena la anestesista.
Una enfermera se acerca con rapidez a Gabriel, le sujeta el brazo y administra el sedante a través de la vía.
Somoza siente cómo el cuerpo empieza a cederle.
Durante unos segundos, su mirada se pierde en el techo del quirófano.
Quiere gritar, moverse, advertir a alguien, pero es inútil. Todo se vuelve negro.
Ernesto Crespo pasea a su perra por las calles silenciosas de la Coveta Fumá.
El sosiego del lugar es una bendición, un bálsamo para los gritos de Aurora, que no lo ha dejado en paz desde esa mañana.
El eco del tiroteo frente a su casa sigue retumbando en su mente, pero ella no para de añadir más ruido: haciendo la maleta con movimientos torpes, lanzando comentarios airados, amenazando con huir…
Ernesto, por su parte, lo ve todo como una pérdida de tiempo.
¿Adónde pretende ir? No tiene otro lugar seguro.
Si no fuera por el confinamiento, podría ir a casa de su hermana, pero no es posible.
Y aunque fuera factible, lo cierto es que no le conviene.
Ahora, más que nunca, deben parecer un matrimonio unido.
Pronto los llamarán a declarar. Aun así, Ernesto se siente confiado.
Con ese inspector fuera de juego, está convencido de que ya ha ganado la partida.
Como mucho, piensa, se enfrentará a una multa, tal vez a la devolución de pequeñas cantidades de dinero.
Pero lo demás, lo realmente importante, lo que haría que su mundo se desplomara, se lo llevará con Aurora a la tumba.
Desde la ventana de su casa no pudo ver con claridad si el policía sobrevivió, pero tres disparos son demasiados para cualquiera.
En su interior, da por hecho que está muerto.
Cuando un coche patrulla llegó al lugar en el momento clave, supo que era hora de apartarse de la ventana. No podía permitirse levantar sospechas.
Por eso ha salido a deshacerse de la única prueba que podría incriminarle: un móvil prepago.
Es el teléfono que utilizó para llamar a Isaak Bobrov, un viejo conocido y socio de negocios turbios.
Isaak, miembro de la mafia rusa de Torrevieja, no tardó en interesarse por la infor mación cuando Ernesto le señaló el paradero del hombre que había matado a su hermano.
Estaba claro lo que ocurriría después. Bastó una simple llamada.
Un dato certero. Y ahora, el trabajo está hecho.