Capítulo 21
Gabriel ha pasado una noche terrible. No logró conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada.
Tiene los ojos hinchados de llorar y, además, ahora le pica todo el cuerpo.
Quizá no fue buena idea subir al gato a la cama.
Piensa que tendrá que darle un baño, aunque no sabe cómo hacerlo, ni siquiera si eso es algo que se suela hacer con los gatos.
Al despertar, ha mirado su móvil: las once de la mañana.
Eso significa que se ha quedado dormido.
Tiene cinco llamadas perdidas de Patricia.
Se dirige al cuarto de baño para asearse y se detiene al ver su reflejo en el espejo.
Intenta convencerse de que el dolor ya es parte de él, de que no quiere renunciar a esas acometidas que lo torturan y lo amargan.
Al fin y al cabo, es lo único que le queda de su mujer y su hija: el dolor por su pérdida.
Ya no podrá abrazarlas, sentirlas u olerlas.
Solo puede recordarlas y sufrir su ausencia.
Desde que inició la investigación sobre la desaparición de Rafael Sierra, se ha engañado a sí mismo ignorando las señales de alerta, como las punzadas de dolor o lo mucho que Patricia le recuerda a su mujer.
En varias ocasiones, ha tenido que hacer una pausa mientras hablaba con su compañera para no meter la pata y llamarla Sara.
El mensaje inofensivo de Blanca terminó por colmar el vaso y provocó que estallara.
«No es culpa de nadie», piensa. Es algo inherente a él, y así será el resto de sus días. Ahora tiene que aprender a vivir con ello. No le queda otra opción. Es lo único que puede hacer si quiere mantenerse con vida en un mundo que le aporta muy poco.
Se viste, decidido a no pensar más en lo sucedido la pasada noche desde el momento en que ponga un pie fuera de su casa.
Se toma el café frío que aún queda en la cafetera desde ayer, prepara comida para el gato y se despide de él con una leve caricia en el lomo.
Ha dejado la puerta del jardín trasero abierta por si el animal tiene que salir.
No le preocupa que alguien entre; esa casa ya está profanada de mil maneras distintas.
Ayer no volvió a la comisaría, ya que terminó la jornada laboral justo frente a su hogar, en la vivienda de los Crespo. Por esa razón, carga con una mochila en la que ha puesto la radio, la pistola y el cinturón que, de otro modo, habría dejado en su taquilla de la comisaría.
Camina con paso firme hacia su coche, el único aparcado en ese lado de la calle, el que da a su casa.
Le llama la atención una furgoneta negra estacionada cuesta arriba, casi al final de la vía.
El motor ha arrancado justo en el momento en que él ha salido.
A Gabriel no le suena haberla visto antes; se acordaría de esos cristales tintados.
Continúa caminando, aunque ahora con un paso más pausado.
No le gusta la manera en la que se acerca esa furgoneta.
Traspasa la puerta de su jardín, y el muro de piedra, que le llega a la altura de la cintura, queda justo a su espalda.
Se detiene y se apoya en él. Mira de soslayo la furgoneta intuyendo que algo va a suceder.
Y todo sucede en un abrir y cerrar de ojos.
La furgoneta acelera de golpe rugiendo como una bestia descontrolada.
Gabriel se agacha por instinto, se lleva la mano a la cintura en busca del arma, que no está ahí.
Está en la mochila, inaccesible en ese instante crítico.
No tiene tiempo. No ahora. Desde su posición, distingue una figura en el asiento del piloto, pero no puede confirmar si está solo.
El vehículo se aproxima a toda velocidad, y la ventanilla del copiloto bajada deja entrever un destello metálico.
El conductor asoma el brazo derecho, y Gabriel reconoce la forma inconfundible de una pistola.
Sin pensarlo, se deja caer hacia el otro lado del muro con un movimiento torpe pero efectivo.
Mientras rueda, una piedra afilada le corta la rodilla; el dolor es inmediato, la pierna le arde; sin embargo, no tiene tiempo de detenerse a pensar en ello.
Apenas se estabiliza en el suelo, el estruendo de tres disparos rompe el aire.
El primer proyectil destroza la ventana del salón con un estrépito que le hiela la sangre.
Los otros dos impactan en la fachada esparciendo trozos de ladrillo que caen alrededor de Gabriel con un sonido seco y desesperante.
Oye cómo la puerta de la furgoneta se abre con un golpe súbito.
El corazón le late con tanta fuerza que siente que le va a estallar.
Con manos temblorosas, lucha por abrir la mochila, que sigue colgada de su hombro, un milagro tras el salto.
Los dedos no le responden; la adrenalina los hace torpes.
Finalmente, logra sacar la pistola de la funda, pero los pasos que se acercan resuenan como una sentencia.
Su atacante está demasiado cerca. No hay tiempo.
Busca desesperado algún lugar donde ocultarse, pero no lo hay.
Su mirada recorre el suelo en pánico cuando una sombra oscura se proyecta frente a él.
No piensa; actúa. Con un impulso, se pone en pie.
Ante él, un hombre corpulento y rapado como un matón de película le apunta directamente al pecho.
Gabriel lo empuja a la desesperada, pero el hombre es una roca inamovible.
El atacante se zafa de él con facilidad y, con un movimiento seco, lo derriba como si no pesara nada.
Gabriel cae de espaldas y el impacto le corta el aire.
Desde el suelo, ve cómo el hombre, ahora al otro lado del muro, alza la pistola con una precisión mortal.
No hay margen para pensar. Gabriel rueda por instinto intentando esquivar el disparo, pero tan pronto ruge la bala, nota un aguijonazo abrasador que le atraviesa el hombro como un hierro al rojo vivo.
El dolor le inunda el brazo hasta la punta de los dedos; la pistola se le escapa de las manos.
El hombre sigue ahí, implacable, como si fuera la Muerte sosteniendo su guadaña. Gabriel apenas puede moverse. El mundo a su alrededor parece ralentizarse, pero su atacante no duda. Esa vez no hay salida. No hay tiempo. Solo puede mirar.
Aurora Soto lleva toda la mañana buscando una solución a su problema.
Se despertó sobresaltada por el ruido de la cisterna, seguido por la imagen poco alentadora de su marido: despeinado, con media barriga asomando por el pijama y rascándose los genitales.
No fue un despertar agradable. Esa visión resumía todo lo que detesta de él.
Cada día que pasa, le cuesta más soportarlo.
Se pregunta si alguna vez existió ese hombre fuerte que la enamoró o si solo fue una ilusión pasajera, un espejismo que se prolongó más de lo debido.
Los años han desdibujado los recuerdos de cuando se reía con sus chistes o compartían momentos de intimidad.
Ahora todo ha cambiado. Ahora odia su arrogancia y esa testarudez que exhibe con la seguridad de quien se cree siempre en lo correcto.
Hace poco, leyó en un libro de autoayuda sobre el efecto Dunning-Kruger: los menos capaces tienden a sobrevalorarse, mientras que los competentes suelen infravalorarse.
Ernesto, sin duda, es un ejemplo perfecto del primero.
Por culpa de su estupidez, están metidos en un lío monumental.
Si no se creyera más listo que nadie, no estarían en esa situación, temiendo las consecuencias de lo que está por venir.
Desde la llegada del inspector Somoza, a Aurora no le quedan uñas por morder.
Tampoco hay rincones de la casa que no haya limpiado compulsivamente.
Solo le resta la esperanza de no terminar cayendo en el pozo al que, está segura, Ernesto irá a parar.
Porque sí, ella también es culpable. Lo ha sido todo ese tiempo.
Pero eso no tiene por qué saberlo nadie.
Es más lista que él, aunque Ernesto jamás lo admitiría.
Por eso toma precauciones. Usa el navegador Tor, se conecta a una VPN y borra cualquier rastro de sus búsquedas.
Pasa horas investigando cómo librarse de las consecuencias y cargar toda la culpa a su marido cuando llegue el momento.
Jura que no irá a la cárcel, no por él. Lee jurisprudencia de casos similares, analiza sentencias y estudia cada posibilidad.
Cree que ha encontrado una vía de escape.
No es perfecta, pero es algo. Solo implica mentir, podrá hacerlo.
Tras un par de horas frente al ordenador, se nota la vista cansada y el pulso tembloroso.
Lo cierra con un suspiro y se dirige a la cocina en busca de algo para picar.
Mientras abre la nevera, un sonido la hace estremecerse: el chirrido de unas ruedas derrapando en el asfalto.
Antes de que pueda reaccionar, oye tres estallidos seguidos.
Su cerebro tarda un segundo en procesarlo: disparos.
Acto seguido, la sobresalta el estruendo de una ventana rompiéndose.
Con el corazón a mil, Aurora corre hacia la ventana de la cocina.
Sus manos sudorosas se aferran al marco mientras observa la escena.
Un hombre corpulento sostiene un arma frente a la casa de su vecino, el inspector Somoza.
La mente se le queda en blanco. El miedo le recorre la espalda como un escalofrío helado.
Se agacha por instinto y se aparta de la ventana conteniendo el aliento.
Es entonces cuando lo ve. Ernesto está junto a la otra ventana, completamente expuesto. No se ha movido ni un milímetro. Observa la escena con una calma inquietante y en el rostro… una sonrisa. Una sonrisa que hiela la sangre a Aurora.
Patricia Siles conduce por las serpenteantes carreteras de la Coveta Fumá con las manos aferradas al volante y la mente en un torbellino. Creía recordar el camino, pero la duda comienza a acecharla. ¿Está avanzando en la dirección correcta o solo da vueltas en círculos?
Lleva horas intentando contactar con Gabriel.
No contesta a sus llamadas, y la preocupación empieza a convertirse en ansiedad.
Cuando trabajaban juntos, antes de que él dejara el cuerpo, Gabriel jamás llegó tarde al trabajo.
No era propio de él. Pero Patricia sabe que ese hombre disciplinado y puntual se perdió junto a su familia. No volverá a ser el mismo. Nunca.
Tras dar tres vueltas al mismo parque infantil, maldice por lo bajo y decide tomar un desvío diferente.
El alivio llega cuando reconoce la imponente mansión victoriana de Bastian Dubois.
Desde ahí, sabe que el camino a la casa de Gabriel es sencillo.
Avanza por la carretera con el pecho encogido por una sensación que no logra quitarse de encima.
Unos cientos de metros más adelante, una furgoneta negra llama su atención.
Acelera de forma repentina, y Patricia, instintivamente, hace lo mismo.
No pierde de vista el vehículo mientras se acerca a la casa de Gabriel.
Y entonces lo ve. Aparece en el umbral de su casa, pero, antes de que pueda procesar la escena, el aire se llena con el sonido de tres disparos.
A Patricia se le desboca el corazón. Cree que Gabriel se ha ocultado detrás del muro, pero no está segura. La incertidumbre la consume; aun así, no la detiene. Sin pensarlo dos veces, pisa el freno y sale a toda prisa del coche empuñando su arma con firmeza.
Frente a ella, un hombre corpulento apunta hacia el suelo del jardín.
Patricia siente un nudo en el estómago. Gabriel debe de estar detrás del muro, tiene que estar ahí, en ese suelo hacia el que ahora el hombre apunta.
Sus dedos se tensan alrededor de la pistola mientras la levanta y grita con toda la autoridad que le queda:
—¡Tire el arma!
El sonido de su orden se solapa con el estallido de otro disparo. El hombre aprieta el gatillo, y Patricia sabe que no puede esperar más. No hay tiempo para negociar, aunque hubiese obedecido. Le apunta a la cabeza y dispara.
El impacto es inmediato. La bala atraviesa el cráneo del agresor, cuyo cuerpo se arquea como una marioneta sin hilos antes de caer desplomado sobre el muro. Patricia baja el arma, pero no se permite respirar aún. Corre hacia el jardín, con los ojos clavados en el muro, temiendo lo peor.