La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Sí, aunque no profundizó mucho. Entre tú y yo, Nico hizo un trabajo de mierda. Pasó de todo y lo zanjó en cuanto pudo. Parece que tenía prisa por desentenderse.

—¿Y qué propones? —pregunta Patricia levantando una ceja.

—No sé mucho del bufete donde Rafael trabajaba.

Tendremos que investigar un poco, pero no iría directamente a hablar con otro abogado.

Creo que nos vendría mejor charlar con alguien que no esté en primera línea y sepa de todos los trapos sucios.

Alguien que no tenga nada que perder si habla con nosotros.

—¿Alguien de recepción, por ejemplo? —sugiere Patricia.

—Sí, eso podría funcionar. A Rafael Sierra lo despidieron porque jugaba sucio. Seguro que tuvo algún tipo de enfrentamiento en el bufete. Dudo que se fuera sin más. Quizá encontremos algún hilo del que tirar.

Patricia se muerde el labio. Gabriel sabe que lo hace cuando está pensando.

—Me gusta —admite la inspectora Siles—. Mañana me pondré con ello a primera hora. Hoy deberíamos ir a hablar con Ernesto Crespo.

Gabriel se pone en pie y estira la espalda. Hace una especie de reverencia, señalando hacia la puerta, y dice:

—Después de ti.

Ernesto Crespo observa la calle desde la ventana de la cocina de su casa. Está esperando que algo suceda, nervioso. Se desespera porque la imagen de su barrio no cambia. Todo sigue en el mismo lugar, sin alteraciones. Sus vecinos están donde deben, cumpliendo el confinamiento en sus hogares.

Su mujer le ha preguntado varias veces qué hace. Él la ignora por completo. Aurora pronuncia palabras que no encuentran respuesta o, como mucho, reciben evasivas. Se está volviendo cada vez más molesta y está agotándole la paciencia.

Su matrimonio se tambalea, pero Ernesto no se siente culpable. Todas sus acciones están destinadas a un fin determinado, por maquiavélico que parezca: proteger a su familia. Al menos, según él considera que debe hacerlo.

Hace tiempo que Aurora no le atrae en absoluto. Se ha descuidado y no ha pensado en él. Años atrás sí se preocupaba por su imagen, pero desde que su hijo se fue a Francia todo cambió. No se da cuenta de que no es suficiente con comer menos, tiene que hacer ejercicio.

De vez en cuando, Ernesto recorre los tres metros que separan la ventana de la nevera y la abre para picar algo. Piensa que, si sigue comiendo de esa manera y sin apenas actividad física, él también va a engordar mucho. En cierto modo, le irrita que eso no le preocupe lo más mínimo.

La luz del día se difumina con la caída del sol, y él sigue allí, inmóvil, escuchando de fondo el programa de televisión que su mujer se está tragando entero.

Entrevistan a varias personas del mundo del espectáculo para que les cuenten cómo llevan el confinamiento y los proyectos que han tenido que posponer.

«Como si fueran los únicos que han dejado cosas a medias», piensa Ernesto.

De repente, un coche de policía toma el desvío hacia la calle donde se encuentra su casa. Se le eriza el pelo de la nuca y siente una punzada en el pecho. El vehículo se acerca despacio y se detiene frente a la entrada de su jardín.

Su perra empieza a ladrar con ese ladrido estridente que le enerva cada vez que lo oye. Si por él fuera, nunca habrían tenido perro, pero Aurora insistió.

«No puede ser», se dice a sí mismo al ver, de nuevo, a la policía dirigiéndose a su casa.

Lo invade un miedo terrible. La idea de que lo hayan delatado cruza fugazmente su mente, y sacude la cabeza para desecharla.

Desvía la mirada un segundo hacia Aurora, que sigue en el sofá, y vuelve a centrarla en el exterior.

—Es imposible —masculla.

Otro coche, un turismo blanco que ha conocido épocas mejores, aparece al final de la calle. Avanza y estaciona a unos metros del coche de policía, pero en la acera opuesta, frente a la casa donde vive ese molesto hombre que ha estado hostigándolos a él y a su mujer.

A Ernesto se le corta la respiración cuando reconoce el vehículo y descubre que el tipo que se baja del coche es el inspector Somoza.

Del coche patrulla sale una mujer atractiva con la melena recogida en una coleta.

Es fuerte y atlética. Espera a su compañero mientras estira la espalda para luego avanzar unos pasos más, atravesar su jardín evitando a la perra y plantarse frente a su casa.

Aurora se sobresalta al oír que llaman a la puerta.

—¿Quién es? —pregunta a su marido, que se ha levantado y camina sin rumbo por la cocina.

—Es otra vez ese policía. ¡Joder!

—Voy a ver qué quiere. Quédate aquí —ordena Aurora, mucho más calmada que él.

—De eso nada, me va a oír.

Ernesto da una zancada hacia la entrada y aparta a su mujer con malas maneras. Abre la puerta, visiblemente exaltado. Los dos agentes de policía lo miran sin expresión alguna.

—¿Qué quieren? —pregunta en tono hosco.

—Hola. Soy la inspectora Siles y él es el inspector…

—¡Ya sé quién es! —interrumpe Ernesto, y sale—. Ha estado molestándome estos días —dice al tiempo que lo señala. Ha acercado tanto el dedo al rostro de Gabriel que este retrocede un paso.

—Ya vuelvo a ser policía —señala con sorna Gabriel, que mantiene los brazos cruzados y esboza una media sonrisa.

—Mire, ya le dije que no tenemos nada que hablar con usted.

—No sabe a qué hemos venido, señor Crespo. ¿Por qué no nos escucha? —plantea Patricia en tono conciliador.

—Porque. No. Me. Da. La. Gana. ¿Se entera?

—Está ofreciendo una imagen muy mala. Si no accede a hablar con nosotros, tendremos que citarlo en comisaría —advierte Patricia.

—¡Adelante! —grita Ernesto. Luego da un portazo y vuelve a situarse delante de la ventana para ver cómo los dos agentes se retiran.