La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Gabriel Somoza sonríe y siente cómo se le contraen algunos músculos de la cara que no notaba desde hacía mucho tiempo.

Escucha a su compañera, la inspectora Siles, despotricar sobre Marco Sierra; tiene un arte especial para eso.

A Gabriel siempre le han gustado su espontaneidad y sus comentarios ingeniosos.

La mañana ha sido muy ajetreada. Se les ha hecho tarde y han terminado comiendo en la comisaría.

La única opción que tienen los restaurantes para seguir operando durante el confinamiento, ya que no pueden abrir al público, es hacer entregas.

Por recomendación de Patricia, pidieron pizza.

A Gabriel no le pareció gran cosa y, además, llegó fría, pero al menos no tuvieron que cocinar.

Intentan acostumbrarse a una comisaría casi vacía, con pasillos silenciosos donde antes reinaba el bullicio.

Lo que era un lugar caracterizado por el movimiento constante ahora es un paraje desértico.

No disponen de agentes que los ayuden con el trabajo de campo, así que tienen que ocuparse de todo ellos mismos, prácticamente.

Continúan trabajando con lo que tienen, que no es mucho, y se dedican, más que a otra cosa, a lanzar hipótesis y a apuntar en una pizarra las que parecen plausibles.

Por fin, a primera hora de la tarde, reciben algunos de los informes solicitados.

Quién sabe si algo más?

Deduce, pues, que hace unos meses Lisa no estaba tan harta de su marido como ahora.

Por otro lado, la tablet encontrada en el maletero del coche de Cole Kane pertenecía, efectivamente, a Rafael Sierra.

Las huellas de Rafael aún están en su superficie, pero también está contaminada con las de Cole Kane.

No hay mucha información útil en su interior: en su aplicación de Kindle, Rafael leía un libro, El efecto Werther , de Alberto Val.

Sus búsquedas en internet son las típicas de un soltero de su edad: pornografía, diarios deportivos, noticias de todo tipo y una consulta sobre los síntomas clásicos de la ansiedad.

Lo único que llama la atención es que había estado leyendo mucho sobre Samoa; le interesaba saber el precio medio del alquiler allí, cuáles son los mejores barrios para vivir en Apia, su capital, y aprender sobre su cultura y sus costumbres.

En la tablet no había fotos ni archivos ocultos.

Los agentes de Pericias Informáticas hicieron un barrido para recuperar archivos eliminados, pero no encontraron nada relevante.

Rafael solo había borrado aplicaciones que no usaba para compras por internet.

La última actividad del dispositivo data del 23 de junio a las cuatro de la tarde, cuando lo apagó para no volver a encenderlo.

En el registro de actividad de las líneas de teléfono de Rafael Sierra, en cambio, hay un dato que puede ser significativo.

La segunda, contratada el 10 de junio, no tiene ningún tipo de actividad.

Sin embargo, en su línea habitual, los días previos a su desaparición consta un total de siete llamadas registradas a Ernesto Crespo.

Contesta cuatro de ellas, y hablan una media de cinco minutos por llamada.

Gabriel y Patricia tienen claro que Ernesto y Aurora, el matrimonio Crespo, serán los próximos en ser interrogados.

Lo consideran una prioridad y han pedido que cotejen los datos de sus teléfonos móviles.

Para obtener los resultados, tendrán que esperar.

La información aportada por la entidad bancaria de Rafael Sierra desvela que compró los billetes de avión con su tarjeta de crédito. A Gabriel y a Patricia les resulta extraño que no hayan encontrado ninguna reserva de hotel. Tampoco el pago de un alquiler o algo similar.

Por otro lado, su cuenta corriente muestra unos ingresos irregulares de cantidades dispares de dinero que se realizaron en efectivo desde un cajero automático del barrio del Pueblo Acantilado.

A veces ingresaba quinientos euros, otras mil…

No parecen seguir un orden lógico. En total, ingresó alrededor de seis mil euros entre los meses de mayo y junio.

Mucho más de lo que Greta dijo que le había estafado.

También han revisado la coartada de Cole Kane, y resulta ser inmejorable. El chico dijo la verdad: el 23 de junio estaba trabajando en el centro de Alicante, esa noche y todas las de las Hogueras.

Sus mensajes revelan que menudea con droga.

Es más listo de lo que parece y nunca utiliza palabras que puedan incriminarlo, pero en un mismo día recibe un total de nueve mensajes de distintas personas que le preguntan si pueden verse, y con todas ellas queda a intervalos de cinco minutos en el mismo sitio.

A pesar de todo, no es brillante. Por si eso no fuera suficiente, han encontrado veinte bolsas individuales con marihuana debajo de la rueda de repuesto de su Mercedes.

Además de la droga, en el coche no hay un solo indicio de que mintiera sobre su relación con Rafael Sierra: ni ADN ni restos de sangre; nada.

Gabriel piensa que tal vez no sea un asesino, pero, al menos, no se irá de rositas. Podrán acusarlo de tráfico de drogas.

Lo que resulta más laborioso con respecto a Cole es cotejar todos los números que le llaman y a los que él llama.

Según el inspector Somoza, tal vez pidió a algún conocido que se encargase de Rafael Sierra.

En su círculo más cercano, dado su historial, debe de haber personas violentas y con antecedentes delictivos.

Gabriel lo tiene claro. La duda es si serán capaces de asesinar a alguien.

Por mucho trabajo que lleve, tienen que seguir ese hilo.

Eso es todo lo que tienen, de momento. Sigue pendiente conseguir los mensajes de la aplicación de citas que Marco usaba con su amiga.

Según le han indicado a Gabriel desde Pericias Informáticas, llevará tiempo.

La aplicación pertenece a una empresa extranjera y su nivel de colaboración es tan variable como impredecible. En cualquier caso, lo van a investigar.

Patricia intenta reconducir la conversación; ya se ha cansado de criticar a Marco Sierra.

—Los Dubois podrían haber dejado sus teléfonos en casa y haber ido a la de Rafael. Tal vez discutieron porque Bastian se enteró del tonteo con su mujer, y la discusión acabó mal —sugiere.

—Es posible, pero nadie sale de casa sin su teléfono móvil, a menos que sea algo planificado.

No veo a Lisa urdiendo un plan tan complicado.

Además, si así fuera, estaría encubriendo a su marido, y eso es poco probable.

Es evidente que está con Bastian por su dinero, pero en realidad lo odia.

Sería la oportunidad perfecta para deshacerse de él —apunta Gabriel mientras se golpea la mejilla con los dedos, pensativo.

—Ya… No tenemos mucho, la verdad. Solo pienso en voz alta. —Patricia se recoloca a la espalda la larga melena—. Pero Lisa podría haber discutido con Rafael, y en ese caso…

—Estamos dando por hecho que esos dos tenían una relación sentimental y, según Lisa, no era así. Solo lo pensamos por el cotilleo de los vecinos.

—Sin embargo, cuando el río suena, agua lleva —comenta Patricia.

—Quizá. De todos modos, tampoco hay llamadas ni mensajes entre ambos que sugieran que tenían algo —responde Gabriel, quien no lo ve del todo claro.

—No, pero esa no es la única manera de comunicarse. No podríamos saber si han estado hablando por el chat de cualquier aplicación, por ejemplo. Tampoco si se han enviado mensajes directos a través de una red social. En las parejas clandestinas lo habitual no es hacer llamadas.

Gabriel asiente. También ha pensado en esa posibilidad.

Su instinto le dice que Lisa le contó la verdad cuando se encontraron a escondidas en el aparcamiento.

Allí vio a una mujer atrapada en su matrimonio.

Podría estar mintiendo, claro, y sería un necio si descartase esa posibilidad basándose solo en su intuición, pero esa forma de hablar, reconociendo con sinceridad que el único motivo que mantiene con vida su matrimonio es el dinero, le pareció sincera.

—Y no quiero volver a sacar el tema de Marco, pero… qué casualidad que justo apagara su teléfono ese día. Y qué casualidad que estuviera en Alicante. ¿No crees? —continúa Patricia.

Gabriel asiente ante el comentario de su compañera.

Le parece mucho más factible que Marco Sierra, quien ha reconocido que su hermano le debía dinero, tuviera un buen motivo para visitarlo en su casa de la Coveta.

Quizá la visita se torció, algo que no es descabellado teniendo en cuenta los testimonios sobre la personalidad de Rafael, y esa noche de San Juan acabó en tragedia.

Sigue pensando y lamenta el hecho de no disponer de las imágenes de las cámaras de seguridad. Sabe que la Dirección General de Tráfico suele borrar sus grabaciones a los treinta días, salvo que haya una investigación abierta, y ya han pasado casi diez meses desde que asesinaron a Rafael.

—¿Se te ocurre alguna gasolinera o algún comercio que pueda tener una cámara grabando la carretera que lleva a la Coveta? —pregunta a su compañera.

—Lo he estado pensando, sí, y no creo que las conserven después de tanto tiempo.

Habría sido más fácil conseguir una orden para analizar el coche de Marco, pero con lo que tenemos hasta ahora no vale la pena intentarlo porque no nos la van a dar —dice Patricia, y lanza el bolígrafo con fuerza contra la mesa, enfadada—.

Además, en esa zona no hay casi nada. Tal vez algún vecino tenga una cámara de seguridad que grabe la carretera.

El problema es que han pasado tantos meses que no conservarán las imágenes.

Como ninguno de los dos se fía de Marco, le han pinchado el teléfono; eso sí pueden hacerlo. Sería muy estúpido por su parte realizar una llamada comprometedora; aun así, por si acaso, lo van a vigilar.

—Creo que debemos hablar con alguien de su anterior trabajo —propone Gabriel.

—¿Te dijo algo Nico? Me comentaste que él había contactado con ellos, ¿no?