La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

La noticia de la detención de Cole Kane ha corrido como la pólvora por la Coveta Fumá.

Su madre, Greta, ha sido la responsable.

Cometió el error de contárselo a su vecina justo después de recibir la llamada desde la comisaría que la informaba al respecto.

La vecina no tardó en enviar un mensaje a su grupo de amigas, con las que juega (o jugaba, antes del confinamiento) a las cartas una vez a la semana.

La charlatanería hizo el resto. En solo un día, ya circulan siete versiones diferentes de lo sucedido y, en todas ellas, Cole es culpable de asesinato.

Lisa no aguanta ni un minuto más encerrada en casa. Está triste y sin compañía; su marido y su hija se han aislado en sus respectivas habitaciones. A primera hora de la mañana, envía un mensaje a su amiga Paula y quedan para pasear a los perros. Esa vez solas, sin el resto de la cuadrilla.

Como de costumbre, Lisa ha elegido un elegante conjunto de cachemira que realza su figura. Desde la distancia de seguridad, Paula reconoce su buen gusto y se sonroja al verse con su chándal.

Han optado por reunirse cerca de la playa, en un lugar donde no puedan verlas. A Lisa no le importa demasiado, pero Paula ha insistido en que sus amigas podrían molestarse por no haberlas avisado, y Lisa ha accedido.

El mar está calmado y conduce una suave brisa fría que reconforta y compensa las largas horas en casa.

Lisa se siente privilegiada por vivir en esa zona, en la mansión, y por tener a Milú, lo que le permite hacer pequeñas trampas y saltarse las normas.

Las reglas nunca han estado por encima de ella. Faltaría más.

—¿Sabes que Cole y Amanda salieron juntos un tiempo? —pregunta Lisa, desangelada.

—Sí, me lo contó Carlos. Él lo sabía.

—De verdad que no me lo explico. Te esfuerzas en dar a tus hijos lo mejor: que tengan una buena educación, que vivan en un buen barrio, y mira, se juntan con lo peor de lo peor. ¡Es horrible!

—Tu hija no tiene la culpa de lo que él haya hecho, mujer. Ya sabes que a las chicas jóvenes les gustan los chicos malos. No la culpes por eso. Ya crecerá y verá las cosas de otra manera, como tú con Bastian —la consuela Paula.

—¡No me hables de Bastian! Estoy harta de él.

—¿Va todo bien, Lisa?

—No, claro que no. Es que no conversamos nunca. Pasa de mí totalmente. No le intereso en absoluto. Ayer estuvo todo el santo día metido en su despacho. Ni se dignó bajar a comer con Amanda y conmigo. ¿Te lo puedes creer? ¿Qué clase de matrimonio es ese?

Paula hace un gesto con la mano a su amiga para que baje el tono de voz. En la playa no hay nadie, ni un alma, pero se supone que no deberían estar ahí.

—Creo que es culpa de esta situación. El virus nos está cambiando a todos. Tenemos miedo y nos toca adaptarnos a muchos cambios. A Carlos también le pasa.

—Tu hijo estará bien. Es un muchacho fuerte. Y quiero que sea el futuro marido de Amanda; ojalá se fijase en un buen chico como él —dice Lisa con una sonrisa.

Paula se detiene en seco. Sus pies levantan una leve cortina de arena. Retira la vista de su amiga. Parece afli­gida.

—Lisa, hay algo que me gustaría contarte, y prefiero que te enteres por mí.

A Lisa no le agradan las sorpresas, y ese preludio rara vez anuncia algo bueno.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunta contrariada.

—Es sobre Carlos. Como te digo, está rarísimo. La verdad es que ese es el motivo por el que he aceptado venir cuando me has propuesto quedar a solas. Tal vez no sea nada, pero quiero comentártelo.

—¡Dime! Me estás asustando.

—Su padre y yo estábamos preocupados. No sale de su cuarto, no habla, no nos cuenta nada…

Ya ni siquiera habla de las fotos que hace.

¡Con lo que le gusta la fotografía! Aunque no tiene mucho que fotografiar ahora.

—Paula traga saliva—. El caso es que su padre tiene un control parental del internet de casa.

Carlos no lo sabe, pero podemos ver el historial de navegación, las páginas que ha visitado, vamos.

—¡Mujer! Todos los chicos de su edad ven porno. No es tan grave —dice Lisa restándole importancia.

—No, no se trata de eso. Carlos ha estado buscando información sobre Rafael Sierra y sobre Cole Kane; también ha leído todas las noticias que ha encontrado sobre la aparición del cadáver.

—Paula se rasca la cabeza—. Lo peor es que ha visitado una página para enviar fotografías de manera anónima a la policía.

—¿Qué?

—Una página de colaboración ciudadana. No podemos saber si ha enviado algo o no, solo las páginas que ha visitado.

Te cuento esto porque creo que detuvieron a Cole Kane por sus fotos; es posible que tuviera alguna imagen que lo incriminase.

Ya sabes que Carlos siempre anda con su cámara colgada al cuello.

Tal vez vio algo y lo fotografió. No quiero que Amanda se meta en líos.

Estoy segura de que Carlos nunca haría nada que perjudicase a tu hija.

¡Está coladito por ella! Pero prefería decírtelo, por si interrogan a Amanda, que sepas lo que ha pasado.

—¿Te has dignado preguntar a tu hijo qué es lo que ha enviado? —suelta Lisa, de repente, en un tono mucho más serio.

—No puedo hacer eso. Si lo hago, creerá que lo espiamos.

—¡Es que lo hacéis! —brama Lisa.

—No es así. Es nuestro hijo y nos preocupamos por él.

—Joder, Paula. Tu hijo y su dichosa cámara de los…

—Lo siento, de verdad. Por favor, no digas nada.

Lisa desearía agarrarla del cuello ahí mismo, pero se contiene. Le clava una mirada que su amiga retira con timidez.

—Paula, se acabaron estos paseos. No deberíamos quedar estando confinadas. Ha sido una mala idea. Me vuelvo a casa; además, Milú ya está cansada.

Lisa se da la vuelta, sabiendo que Paula se ha quedado plantada sobre la arena, con su perro, sin saber qué hacer o qué decir. No le importa. Solo quiere irse de allí y volver a su hogar. Está muy enfadada con ella, pero también preocupada.

Paula ha regresado a casa dolida. Se siente realmente mal por lo que acaba de pasar. Tiene los ojos enrojecidos; ha estado llorando.

Su casa es, sin lugar a duda, la que mejores vistas tiene de todo el litoral que abarca la Coveta Fumá.

No es muy grande; solo cuenta con dos habitaciones en la planta superior y con un imponente salón en la inferior, rodeado de un verde y florido jardín donde brotan geranios a la sombra de un galán de noche.

La buena posición económica de su marido, que gestiona una empresa familiar de transportes, les permitió comprar esa vivienda.

Siempre se ha sentido privilegiada, pero ahora mismo no piensa en nada de eso.

Suelta a su perro en el jardín y entra en la casa. Roberto, su marido, que ha empezado a teletrabajar por la pandemia, la espera sentado en una silla de la cocina con los brazos cruzados y expresión de preocupación.

—¿Qué pasa? —pregunta Paula frotándose los ojos. Lo conoce muy bien y sabe que algo sucede.

—Tenemos que hablar. Es sobre Carlos.

Paula dirige la mirada al salón, hacia el gran sofá junto a la chimenea de piedra.

En un rincón hay un escritorio con un ordenador, ya que, al no tener despacho, decidieron colocarlo allí.

Su hijo no está; debe de encontrarse en su cuarto.

«No puede estar en otro sitio», piensa. Se acerca a su marido, angustiada, y toma asiento.

—¿Va todo bien? Me estás asustando.

—¿Has llorado? —pregunta Roberto fijándose en sus ojos enrojecidos.

—Sí, un poco. He visto a Lisa y hemos estado hablando.

—Dime que no le has contado lo de las fotografías.

Paula se lleva la mano a la frente y baja la mirada, perdiéndola en la mesa de madera.

—¿En serio, Paula? Habíamos quedado en no decir nada. ¿Cómo se te ocurre?

—Lo siento, cariño. No quería que se enfadara si se enteraba por otra persona. Quería que lo supiera por mí.

Roberto suelta un bufido, se golpea los muslos con las palmas y se levanta para dirigirse hacia la nevera.

—No lo puedes evitar —señala—. Siempre tienes que quedar bien con todo el mundo. Si alguna vez me hicieras caso…

—Lo siento. De verdad.

Su marido la mira y niega con la cabeza. Paula sabe que, en el fondo, la entiende y que su sinceridad es algo que a él lo enamora.

—Olvídalo. Pero, por favor, necesito hablar contigo de lo que he encontrado en el ordenador, y es imprescindible que quede entre nosotros. Bueno…, y tal vez la policía.

—¿Pero qué dices, Roberto? ¿De qué estás hablando?

—Esta mañana he vuelto a revisar el historial de navegación. Además, también puedo ver lo que ha estado haciendo Carlos con el ordenador. Si ha estado jugando, viendo una película…, lo que sea.

—¿Y…? —pregunta Paula, desesperada por saber de qué se trata.

—Carlos imprimió un archivo hace días; en él solo había escrita una palabra.

—¿Qué ponía? —insiste Paula.

Roberto saca una hoja de papel, doblada en varias partes, del bolsillo trasero de su pantalón vaquero.

—La imprimí. Toma, léelo tú misma —dice Roberto ofreciéndole la nota.

Paula coge el papel, lo abre y ve escrita la palabra «Márchate».

—Dile que baje. Tenemos que hablar con él de todo esto.

—Ese es el segundo problema, Paula. No está en casa.

Carlos sostiene su cámara de fotos. Está buscando la instantánea perfecta de la habitación de Amanda.

Su escondite es bueno. El terreno se eleva abruptamente al final del jardín de la casa de los Dubois y está cubierto de pinos y arbustos densos que le ofrecen cobijo y la oportunidad de no ser visto.

No es la primera vez que acude a ese lugar, solo que hoy, si alguien lo descubre, no tiene ninguna excusa preparada para justificar por qué está allí.

No ha sido capaz de aguantar más tiempo.

Su día a día se resume en pensar y tratar de decidir qué es lo mejor que puede hacer.

Le gustaría hablar con Amanda cara a cara y decirle que tiene fotos que podrían ponerla en un aprieto, pero que esté tranquila, ya que nunca haría nada para dañarla.

Quiere protegerla, amarla, besarla. Eso es lo que quiere, y no puede.

Ha pensado en llamarla por teléfono o escribirle un mensaje, con bastante frecuencia, de hecho, pero es un chico inteligente y tiene claro que así dejaría un rastro que lo perjudicaría en el futuro.

Tal vez esa sea una buena oportunidad para demostrar a Amanda que es un buen partido.

Está convencido de que es su pareja ideal; nadie la amará tanto como él.

Ya es hora de que olvide a chicos como Cole Kane, que no le aportan nada, o a viejos verdes como ese tal Óscar, que engaña a su mujer.

Ninguno de los dos lo sabe, pero Carlos ha tenido la tentación, también con mucha frecuencia, de seleccionar algunas fotos de su galería, imprimirlas y dejárselas en un sobre a la esposa de Óscar.

En esas fotos podría ver a su marido entrando por la ventana de la casa de Rafael Sierra con una menor. Sería devastador.

No lo hace porque sabe que esa mujer está enferma.

Solo así se explica que se le haya caído todo el pelo y que cuando sale a la calle siempre lleve gorros de lana.

Su madre le ha dicho que eso es por la quimioterapia, lo que te ponen cuando tienes cáncer.

No puede ser él quien le haga más daño. Él no es así.

El padre de un compañero de clase murió de cáncer el año anterior.

Carlos no sabe mucho de esa enfermedad, pero sí de las huellas de dolor que deja allá por donde pasa.

No quiere ser él quien aumente esa carga a la esposa de Óscar.

De algún modo, siente lástima por ella. Ha leído que cada vez es más factible luchar contra su enfermedad y eso lo tranquiliza.

Presiente que esa mujer se curará. Tal vez le advierta sobre su marido cuando eso pase.

Se queda totalmente quieto entre los arbustos esperando que Amanda se asome a la ventana o salga a tomar el aire al jardín, pero eso no sucede. Tiene que conformarse con la silueta de su padrastro, que está sentado frente al ordenador de su despacho, para variar.

Al cabo de un rato, Carlos piensa que se quedará con las ganas de ver a Amanda.

Tendrá que regresar a casa sin hacer ruido y trepar hasta su ventana en la planta superior, por donde se ha estado escapando esos días de confinamiento.

Tal y como está dispuesto el porche, con sus columnas de ladrillo grueso que le sirven como peldaños, le resulta bastante sencillo.

Mira su reloj y decide que debe marcharse ya.

Su padre, que hoy estaba en casa, podría subir en cualquier momento y descubrir que se ha ido.

Justo cuando mira hacia la ventana de Amanda por última vez antes de emprender el camino de regreso, ella aparece dando pequeños pasos y se coloca de pie para mirarse en el espejo del tocador de su habitación.

Carlos aprovecha el momento y comienza a ajustar el objetivo de su cámara.

Toma un par de fotos, pero cuando va a tomar la tercera, una mano lo agarra con fuerza de la sudadera y le da tal tirón que pierde el equilibrio.

Amanda nota algo diferente en su madre. Le sorprende que haya dado un paseo tan corto.

Sabe que aprovecha cualquier excusa para saltarse las normas y hacer lo que le da la gana.

La odia por eso. También por la forma que tiene de mirarla en ocasiones, como ahora, cuando ha entrado en casa y le ha clavado las pupilas como si la estuviera juzgando por algo.

Su madre no la conoce realmente. Ella sabe fingir a la perfección y parecer una buena chica que hace lo que le dicen.

Lleva el móvil siempre encima, así es imposible que su madre pueda cotillear sus mensajes. Además, los borra, y los contactos que quiere mantener en el anonimato tienen nombres en clave. Como Óscar, cuyo teléfono tiene memorizado como «E», por ser enfermero.

Su madre no puede haberla abandonado con su padre y exigir que ahora ella sea una hija ejemplar. Los hechos tienen consecuencias, por mucho que su padrastro le consienta todos los caprichos.

Hoy no bajará a comer. Le apetece estar sola en su cuarto, alejada de su madre.