Capítulo 18 #2
—Yo… —Marco tose—. No sabría decirle, cenando por ahí, supongo.
—Tal vez su mujer se acuerde —sugiere Gabriel.
—No. No lo creo.
—Me gustaría preguntárselo yo mismo. ¿Cómo puedo localizarla?
Patricia se da cuenta de lo que está intentando su compañero. Presiente que va a dar resultado.
El hombre suspira, y su tono altivo desaparece como por arte de magia. Observa a Gabriel como si dudara acerca de sincerarse.
—¿Hay algo que quiera contarme, señor Sierra? —añade Gabriel.
—Lo que le cuente no saldrá de aquí, ¿verdad? —implora Marco.
—No nos gustan los cotilleos, ¿eh, inspectora? —responde Gabriel, y mira a Patricia, que niega con la cabeza conteniendo una sonrisa.
—Está bien. Le he mentido. No vine con mi familia. A mi mujer le dije que venía a visitar a mi hermano, que íbamos a arreglar las cosas, pero lo cierto es que vine a ver a una amiga. Pasé con ella todas las Hogueras. Nos hospedamos en un apartamento del centro que alquilé por internet.
—¿Cómo se llama su amiga y cómo podemos hablar con ella? —pregunta Gabriel.
—No… no lo sé. No me dijo su nombre. La conocí en una aplicación de citas para personas casadas. Los dos usamos seudónimos, es una de las normas, así que no sé cómo se llama ni tengo su número de teléfono.
Gabriel pone cara de extrañado.
—¿Me está diciendo que pasó cuatro días en un apartamento con una mujer y no sabía su nombre?
—Bueno, a ver…, realmente pasamos una noche, o quizá ni eso.
La idea era estar las cuatro noches de las Hogueras allí, pero la madrugada de la primera me desperté y ella ya se había ido.
Solo hablábamos por mensajes dentro de la aplicación y, cuando fui a escribirle, me había bloqueado.
Ya no tenía forma de contactar con ella.
Me quedé el resto del tiempo en el apartamento. Solo salía a por comida.
—Pero acaba de decirme que pasó con ella todas las Hogueras —apunta Gabriel.
Marco se ha puesto blanco. Traga saliva y tarda en contestar.
—Verá…, no es muy placentero admitir que una mujer me dejó plantado… No sé, supongo que estoy un poco nervioso con todo lo que está pasando.
Gabriel cierra la libreta y dirige una mirada a su compañera.
—Marco, me temo que su largo viaje va a tener que esperar. Necesitamos hacer unas comprobaciones antes de dejarle marchar —dice con cierta ironía.
Marco Sierra está mareado. Cinco minutos después de que los inspectores Somoza y Siles abandonaran la sala, ha pedido un abogado.
No tiene muchas opciones, dadas las circunstancias actuales, y ha aceptado un letrado de oficio: un hombre corpulento que viste un traje barato y se limita a escuchar las preocupaciones de Marco sin mostrar interés.
El abogado, un tal Gustavo Lanza, le dice que no debe preocuparse si ha dicho la verdad, e insiste en ese aspecto. Le comenta que es probable que corroboren la información de su teléfono móvil. Según él, si no esconde nada se irá a casa pronto.
Marco no lo tiene tan claro. Se arrepiente de su vehemencia.
Tal vez, si hubiera sido más amable con los agentes no se encontraría en esa situación.
Está decidido a colaborar. Piensa convencido que no van a encontrar nada contra él, pero no quiere que nadie se entere de lo que realmente fue a hacer a Alicante durante las Hogueras.
Sería la gota que colmaría el vaso de su deteriorado matrimonio.
Y sus hijos… ¿Qué pensarían ellos? ¿Cómo encajarían dos adolescentes que su padre engaña a su madre?
No muy bien, eso seguro. Tiene que encontrar una salida a esa encrucijada.
Pasan varias horas hasta que el inspector alto y apuesto entra en la sala de interrogatorios acompañado de la inspectora.
Parece más accesible que él, en opinión de Marco.
Debería tratar de hablar con ella. O tal vez no; les ha confesado que es infiel a su mujer.
Seguro que ella lo considera un hombre despreciable.
Marco no sabe qué hacer, pero no tiene mucho tiempo para pensar.
El inspector ha saludado al abogado con respeto.
Se diría que se conocen. «Eso no es bueno, nada bueno», barrunta.
—Hola de nuevo, Marco.
—Hola, inspector —responde, ahora más calmado.
—Hemos estado verificando las llamadas que realizó los días en los que creemos que se produjo el asesinato de su hermano.
Resulta que ahora, en plena pandemia, es cuando más rápido responden las compañías telefónicas —dice Gabriel cambiando el semblante.
Mira a Marco con incredulidad—. ¿Hay algo que quiera añadir a su declaración anterior?
—No que recuerde en este momento, inspector. He hablado con mi abogado, y me ha recomendado colaborar en todo lo necesario porque no tengo nada que esconder.
—¡Ah! ¿Seguro? —Gabriel se incorpora, se cruza de brazos y se inclina hacia atrás—. Porque en su registro de llamadas consta que telefoneó a su hermano el 21 de junio alrededor de las nueve de la noche. La llamada duró cuatro minutos y medio.
«Mierda», piensa Marco.
—Es cierto. Lo había olvidado, inspector. Llamé a mi hermano ese día.
—¿Y de qué hablaron?
—No recordaba el nombre de un restaurante que él me había recomendado hace tiempo, uno que está en el centro. Era la primera noche que quedaba con mi amiga y quería ir a cenar allí.
—¿Lo hicieron?
—No, mi hermano me dijo el nombre del restaurante, pero cuando llamé estaba todo reservado. Así que compré comida para llevar y cenamos en el apartamento.
—Entonces —recapitula Gabriel— dijo a su hermano que se encontraba en Alicante.
—No, le mentí. Le dije que era para unos amigos que habían ido a pasar las Hogueras.
—Comprendo. —Gabriel apoya el mentón en la mano y se da golpecitos en la cara con el pulgar—. ¿Notó a su hermano diferente?
—¿En qué sentido?
—¿Preocupado, nervioso…? ¿Algo le llamó la atención?
—No. No tenía muchas ganas de hablar conmigo, ni yo con él. No sé por qué lo llamé. Supongo que había bebido un par de cervezas y estaba eufórico porque tenía muchas ganas de quedar con mi amiga. A veces, los hombres cometemos estupideces cuando estamos contentos.
—Entiendo.
Marco intenta mantener la compostura al tiempo que lanza miradas furtivas hacia la inspectora Siles, como suplicándole que sea ella quien continúe el interrogatorio.
—También hemos comprobado la localización de su móvil durante esos días.
—Como le he dicho, solo salí del apartamento para comprar comida.
—Sí, es cierto, lo hemos corroborado. Sin embargo, la noche del 23 de junio su teléfono estaba apagado, lo que impide confirmar si usted se encontraba en el apartamento o no.
—Suelo apagarlo por las noches para dormir. Mucha gente lo hace —apunta Marco.
—¿Y por qué solo lo apagó esa noche? No lo hizo las demás —indaga Gabriel.
Marco teme que lo consideren el principal sospechoso y lo encierren en el calabozo. Debe mantener la calma y la compostura; si se desmorona, será peor.
—Porque estaba esperando que mi amiga contactara conmigo.
Se había ido en plena madrugada y estaba jodido, la verdad.
Humillado. Tenía la esperanza de que me diera alguna explicación.
—Marco levanta un dedo, como si acabara de recordar algo—.
¿Han podido acceder a mis mensajes con ella? Así comprobarán que no les miento.
—No. Los mensajes de ese tipo de aplicaciones están cifrados y es más complicado conseguirlos. Son empresas extranjeras que tardan más en contestar. Pero lo haremos, por supuesto —advierte Somoza asintiendo con la cabeza.
Se produce una pausa. En su interior, Marco reza por que todo se acabe ahí.
El abogado, Gustavo Lanza, se incorpora con educación y habla con voz amable.
—¿Tienen alguna otra pregunta, inspectores?
—No, de momento —sentencia Gabriel.
—En ese caso, dadas las circunstancias actuales en relación con la pandemia y la buena disposición de mi cliente para colaborar con la investigación, le gustaría poder volver a casa, si lo estiman oportuno.
—Sí —contesta Gabriel con la mirada fija en Marco—. Pero no apague el teléfono, señor Sierra; tal vez le llame pronto.