La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

La mañana siguiente, Gabriel despierta tarde y con dolor de cabeza.

Lo primero que hace al levantarse es buscar un analgésico, pero no encuentra ninguno.

Se prepara un café con la esperanza de que eso le sirva para aplacar el dolor y sale a tomárselo al jardín trasero.

Hace frío, lo suficiente para que su taza desprenda un humo denso.

Mientras se toma el café a pequeños sorbos observa el dispositivo policial que aún decora su hogar.

Las cintas de plástico que delimitan la escena del crimen siguen allí ondeando al viento, advirtiendo a todo aquel que pase por la zona de que en ese lugar ocurrió algo malo.

Aunque es un sitio recóndito. «Tal vez ese fue el problema», piensa Gabriel.

El mismo gato negro que pareció guiarlo hasta el cadáver ha aparecido con extraordinario sigilo. Se para cerca del hoyo que Gabriel empezó a cavar y que la Policía Científica inspeccionó. Mueve la cola, como si esperara recibir algo a cambio.

Gabriel lo ve y se incorpora de un salto. El gato se asusta y amaga con salir corriendo.

—¡Tú! ¡Espera! Tengo algo para ti.

Deja la taza, aún caliente, en el suelo, con una peligrosa inclinación que amenaza con verter el café sobre la tierra seca.

Se adentra a toda prisa en la casa y busca lo que compró ayer en señal de agradecimiento para su amigo felino.

De una caja extrae un sobre de paté para gatos y lo vuelca en un cuenco.

Cuando vuelve al jardín, el animal, que ha debido de oler la comida, lo está esperando, justo en la puerta, frotándose el lomo contra la pared.

—Toma, te lo mereces.

Mientras el gato empieza a comer, Gabriel se permite el lujo de acariciarlo, y el animal no pone pegas.

En ese momento, recibe una llamada de Patricia.

—Buenos días —la saluda.

—Hola, compañero. Tengo noticias.

—Adelante, dime.

—Ya tenemos los resultados del laboratorio. El equipo de Elche trabajó ayer hasta tarde.

—¿En serio? Eso es nuevo —se sorprende Gabriel.

—Agradéceselo a Urriaga. Por lo que me cuentan, ha sido cosa suya. Cuando tiene que meter presión, se le da bastante bien. Además, me han comentado que es un equipo de gente joven muy dispuesta. Por increíble que parezca, el forense de Elche también se puso enfermo y han contratado a un sustituto.

—No sé hasta qué punto eso es bueno o malo. ¿Tiene experiencia?

—Pues no debe de tener mucha si es tan joven, pero es lo que hay —advierte Patricia.

—¿Y qué dicen?

—Lo que esperábamos. Se confirma que el cuerpo hallado en tu casa es el de Rafael Sierra.

Ha sido muy complicado identificarlo. Como sabes, está calcinado.

Solo han podido obtener ADN de los dientes, y no todos han sido aprovechables.

Es imposible determinar la causa de la muerte, ya que solo quedan cenizas.

Las placas metálicas aumentaron mucho la temperatura y eso debió de ser algo así como un horno crematorio.

—Lo que esperábamos —confirma Gabriel—. ¿Algo más?

—Sí. Del cuerpo en sí no se ha podido sacar nada, como te he dicho. Tampoco había restos de otros tejidos, como ropa o algo similar. Sí han aparecido dos chapitas metálicas. Lo he cotejado, y resulta que es una chapa que llevan algunas zapatillas de deporte en los cordones. Un adorno.

—De acuerdo. ¿Tenemos ya autorización para inspeccionar la tablet, el coche y el teléfono de Cole Kane?

—Sí, estaba ya solicitado, a la espera de que se confirmara la identidad del cuerpo. En cuanto se ha sabido, se ha aceptado. De hecho, se van a poner con eso ahora.

»Por otro lado, han contestado de la compañía aérea. Dicen que no tienen acceso a esa información porque en enero cambiaron el programa informático y han perdido los registros previos.

—¿En serio? —pregunta Gabriel, indignado.

—Como lo oyes.

—¿Y las cámaras de seguridad del aeropuerto?

—Comprobadas. En cumplimiento de la ley que regula la protección de datos, solo conservan las imágenes un mes. Así que olvídate.

»Lo demás sigue pendiente. Continuamos esperando el registro de llamadas y la geolocalización de los móviles de Bastian y Lisa.

Lo mismo para las dos líneas de Rafael Sierra.

Tengo curiosidad por saber a quién llamó desde el segundo número de teléfono, el que encontraste en el contrato de la guantera de su coche.

—Sí. Yo también —admite Gabriel mientras se da cuenta de que el gato se ha zampado toda la comida del cuenco—. Buen trabajo, Patricia. ¿Quieres que vaya o que interroguemos a algún vecino más?

—Quiero que vengas. El hermano de Rafael Sierra está aquí. Ayer lo llamaron para el cotejo del ADN. Ha llegado pronto y está desesperado por regresar a Córdoba, pero antes necesito interrogarlo. Hay algo que no me gusta de él.

—Pues me visto y voy para allá. Veamos qué tiene que decir.

Patricia ve llegar a Gabriel y repara en que tiene mala cara.

Ayer acabaron tarde y le dijo que se tomara la mañana libre; no contaba con tener los resultados tan pronto.

Le ofrece un ibuprofeno, que él acepta de buen grado, y lo invita a un café.

Ha perdido la cuenta de cuántas tazas lleva ella ese día.

Se promete a sí misma que esa será la última.

Ha pasado toda la noche en vela dando vueltas al caso.

No suele ser así; sabe diferenciar las horas familiares de las laborales, y se adapta a ambas según proceda.

Sin embargo, nota que volver a trabajar con Gabriel incrementa su motivación, como si su antiguo compañero fuera capaz, con su mera presencia, de sacar lo mejor de ella.

El insomnio es un daño colateral que la cafeína puede aplacar.

Ambos se encuentran, de nuevo, detrás del espejo bidireccional.

Esta vez observan a Marco Sierra, el hermano de Rafael.

Es un hombre enjuto de cara alargada, ojos saltones y calvicie incipiente.

Suda en exceso, tanto que en la camisa se le dibujan rodales, y el escaso cabello que tiene está enmarañado.

—Así que este es el hermano —comenta Gabriel.

—Sí. Es un tipo raro. Dice que no tenía relación con Rafael, pero lo que no tiene es humanidad. No ha parado de quejarse por haberse visto obligado a venir desde Córdoba. ¡Por el amor de Dios! Su hermano ha muerto y parece que le trae sin cuidado.

—No sabemos qué pudo pasar entre ellos —lo excusa Gabriel.

—¡No jodas, Gabi! No es normal actuar así.

Gabriel levanta los hombros con indiferencia.

—¿Se trata de algo personal? ¿O de verdad crees que puede tener algo que ver con el asesinato de su hermano? —inquiere Gabriel.

—No estoy segura, por eso quería que vinieras. Voy a dejar que lo interrogues tú. Creo que es perfecto para ti.

—Pues a por él —dice Gabriel ladeando la cabeza con seguridad.

Marco se pone en pie cuando los dos inspectores acceden a la sala. Gabriel le hace un gesto, con cierto desprecio, para que vuelva a sentarse. Ha inundado la sala con un olor a rancio que delata un par de días sin ducharse, como mínimo.

—Marco Sierra, soy el inspector Somoza y ella es la inspectora Siles. Quisiéramos hacerle unas preguntas en relación con la muerte de su hermano.

—Que sea rápido, por favor; tengo un viaje largo por delante.

Gabriel simula no haber oído nada.

—Es mi obligación decirle que la conversación va a ser grabada y que tiene derecho a no contestar y a exigir la presencia de un abogado de su elección cuando lo considere oportuno.

—Pero bueno…, ¿qué es todo esto? —pregunta Marco levantando las manos en señal de asombro. Está molesto.

—Esto es la investigación del asesinato de su hermano. —Gabriel le sostiene la mirada mientras señala las paredes de la sala—. ¿No le interesa colaborar?

—Oiga, no es que no me interese colaborar, es que no tengo nada que decir. Nuestra relación era nula y no puedo ayudarles —contesta con chulería.

Patricia detesta todo de ese hombre: su tono, su falta de empatía, su frialdad…, todo. Pero no quiere intervenir; es lo pactado.

Gabriel ignora las palabras de Marco y continúa con el interrogatorio.

—Usted no está detenido. Puede irse cuando quiera y su declaración es voluntaria. Pero entenderá que necesitamos recabar toda la información posible para llevar a cabo nuestra investigación.

Marco hace un gesto desganado.

—Acabemos con esto.

—Bien. Como ya sabe, el cuerpo de su hermano ha aparecido totalmente calcinado. ¿Se le ocurre alguien capaz de hacerle algo así? ¿Rafael tenía algún enemigo, que usted sepa?

Marco suspira y masculla algo. Parece que cuenta hasta tres en voz baja.

—No le voy a mentir. Mi hermano no era buena persona. Era un sinvergüenza, y no me sorprende que haya acabado así.

—¿Cuándo fue la última vez que se vieron? —pregunta el inspector Somoza abriendo su libreta.

—Hará un año y medio, más o menos. No recuerdo la fecha. Vino a Córdoba a pedirme dinero. Dijo que necesitaba liquidez para no sé qué de unas inversiones. Aseguró que me lo devolvería en dos semanas, pero no lo hizo.

—¿Cuánto le prestó?

—Dos mil quinientos euros —responde Marco separando las palabras una a una.

—¿Por qué se lo dejó, si no tenían buena relación?

—Porque al fin y al cabo era mi hermano y, la verdad, quería quitármelo de encima. Si le soy sincero, sabía que iba a perder ese dinero, pero ya tendría la excusa perfecta para no volver a hablar con él. Visto así, me salió hasta barato —alardea Marco.

—Su familia es de Alicante, ¿verdad?

Marco se remueve constantemente en la silla. Mantiene una mirada desafiante.

—Sí, pero yo me mudé a Córdoba hace muchos años.

—¿Cuándo vino a Alicante por última vez?

—El año pasado. En las Hogueras —revela Marco.

Gabriel levanta la vista de la libreta y encuentra los ojos marrones de Marco parpadeando con rapidez.

—¿Por qué vino? —pregunta Gabriel con mirada indagadora. Ha dejado la libreta en la mesa y entrelaza las manos, apoyando los codos en la superficie.

A Patricia le encanta cómo está llevando a cabo el interrogatorio. Su compañero tiene buen talante.

—Vine con mi familia a pasar las fiestas —contesta Marco.

—¿Recuerda dónde estaba la noche del 23 de junio, la noche de San Juan?