La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Intenta no pensar. Ha llegado a la conclusión de que debe actuar por inercia, hacer lo que se espera de él y regresar a casa, como si fuera un robot que cumple órdenes sin cuestionarse nada.

Quizá así le resulte más llevadero. Si tiene suerte, y su mujer y su hija siguen despiertas, podrá hablar con ellas a través de la ventana.

No les contará lo que ha visto ni lo que está sufriendo.

No, es mejor guardar eso bajo llave en su interior.

Su mujer ha padecido bastante y él no ha estado a la altura.

Quizá, de esta manera, pueda compensar lo que le debe, aunque sabe que será complicado.

De camino a la Coveta, ha recibido una llamada de Gabriel.

Le ha pedido que pase por su casa. Dice que quiere hablarle de algo.

Óscar ha estado tentado a negarse, pero como se ha hecho tarde y es improbable que Lidia, su mujer, siga despierta, finalmente ha accedido.

Además, esa mañana, mientras leía las noticias en su tiempo de descanso, se ha enterado de que encontraron un cuerpo enterrado en la Coveta y, por la foto que aparecía en la noticia, sabe que ha sido en el domicilio de su amigo.

Siente la humana necesidad de curiosear.

Quizá algo así lo ayude a evadirse del infierno que vive día tras día en el hospital.

La oscuridad lo envuelve todo cuando llega a casa de Gabriel.

Solo la tenue luz de la luna en cuarto creciente brilla en el cielo.

A través de la ventana, lo ve sentado en el sofá con una libreta en la mano, que observa atentamente.

Supone que necesitará hablar con alguien y desahogarse después de que haya aparecido un cadáver en su jardín.

Aunque él tenga la mente muy ocupada por lo que está viviendo en el hospital, entiende que la gente se sobresalte ante una noticia de esa magnitud.

El ruido de unos pasos amortiguados por la tierra alerta a Gabriel, y se levanta para abrir la puerta. No le hace falta mirar por la ventana, sabe quién es.

—Gracias por venir. Pasa —dice con semblante serio.

Óscar se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero de la entrada.

—¿Qué tal estás? ¿Tienes una cerveza para tu viejo amigo? —pregunta.

Gabriel se detiene en seco, se acaricia el mentón y ladea la cabeza.

—Tengo, pero no te la voy a ofrecer. Mantendremos una conversación muy breve y luego te irás.

Óscar echa la cabeza hacia atrás, sorprendido por lo que acaba de oír.

—¿Qué pasa? No entiendo nada.

—Siéntate, por favor —dice Gabriel, y señala el sofá.

Óscar, dubitativo, accede.

Gabriel coge una bolsa negra de debajo de la mesita del salón y se la entrega.

—Tu ordenador.

—¿Ya no lo necesitas?

—No. No lo voy a necesitar. Además, quiero saber si hay o ha habido algo en él que pueda generarme un problema.

—¿Pero qué dices? Estás muy raro. ¿Se puede saber qué te pasa?

Gabriel le lanza una mirada penetrante y Óscar se hunde en el sofá, intimidado.

—Lo que pasa es que sé que te veías con Amanda en mi casa —lo acusa Gabriel en tono firme y tajante.

Óscar cierra los ojos y se recuesta en el sofá.

—No sé a qué viene esto, pero te estás equivocando.

—No vayas por ahí —advierte Gabriel—. Puedo demostrarlo cuando quiera, aunque no hace falta que hurguemos demasiado. Sabrás que han encontrado un cuerpo en mi jardín, ¿a que sí?

Óscar asiente y se lleva las manos a la cara.

—Y seguro que sabrás también que en circunstancias así se inspecciona la casa en busca de pruebas, ¿verdad?

—Sí, pero…

—Sí, pero solo estaban tus huellas, las mías y las de una chica joven que, como no son claras, aún no ha sido identificada. Sin embargo, estoy seguro de que coincidirán con las de Amanda, si mañana por la mañana se las tomamos.

Óscar no dice nada. El silencio resulta revelador a Gabriel.

—Sé que las huellas son de Amanda porque tengo testigos que dicen que en su casa guarda juguetes eróticos similares a los que se encontraron aquí.

Este barrio es pequeño; nadie vendría desde otro lugar para colarse en mi casa y fornicar.

Estaba claro que sería un vecino, pero esperaba a un adolescente, no a un hombre casado con una mujer enferma y una hija pequeña.

Óscar empieza a sudar y le tiemblan las piernas. Mantiene el silencio.

—Casi estaba convencido de que, al no haber huellas de nadie más, el hombre con el que Amanda entró en mi casa eras tú, pero tenía dudas.

Una posibilidad era que hubiésemos eliminado las huellas al limpiar la casa o que Amanda no fuese quien se coló aquí; al fin y al cabo, nadie es culpable solo por tener juguetes sexuales en su casa.

Era improbable que no fuese ella, pero sí posible.

»Lo que ocurre es que hoy me he enterado de que Amanda sabía que se podía entrar en esta vivienda por la ventana rota que da al jardín trasero.

Si sumo eso a tu extraña insistencia por limpiar esa habitación y que me mandaste todas las fotos que te pedí que hicieras, excepto la de ese cuarto…

, para mí está bastante claro que fuiste tú.

Puedes seguir negándolo, pero mañana iremos a hablar con Amanda y seguramente ella te delatará.

Solo te estoy haciendo un favor al ponerte en preaviso.

Óscar se cubre la cara con las manos de nuevo.

—Me sentía muy solo por lo de mi mujer —confiesa, afligido, con un hilo de voz.

—No quiero escuchar nada de lo que tengas que decir. Quiero que salgas de aquí. Es una menor.

—La edad de consentimiento en España es de dieciséis años, ella tiene diecisiete —se excusa Óscar.

—Vete de mi casa. Si volvemos a hablar, será en la comisaría.