Capítulo 17 #2
—Unos meses. No mucho, la verdad. Ella se mudó a la Coveta en septiembre o por ahí.
Yo ya no vivía allí, pero tengo amigos a los que visito de vez en cuando.
Nos conocimos en la playa. Me pareció que estaba bastante buena y le pedí su número.
Eso fue a finales de septiembre y en enero, más o menos, me dijo que quería romper conmigo.
Gabriel se dispone a formular una pregunta, pero Patricia se adelanta:
—Entonces ¿le contaste a Amanda que te habías colado en la casa de Rafael Sierra y que habías cogido la tablet y el contrato?
—Sí.
—¿Se lo contaste a alguien más?
Cole niega con la cabeza.
—¿Ella se lo contó a alguien?
—No, seguro que no. En Amanda se puede confiar.
Gabriel hace un gesto sutil con la mano para indicar a su compañera que quiere intervenir. Ella se da cuenta y le cede el turno. Gabriel asiente y dice:
—¿Alguna vez te has colado con Amanda en mi casa?
A Cole parece extrañarle la pregunta. Repara en que ambos polis lo miran con expectación.
—¡No! Ya se lo he dicho. Solo entré para recuperar el dinero de mi madre. Ese tío se lo merecía.
Cole ha subido el tono; los dos agentes lo miran con firmeza, sin dejarse intimidar.
—¿Cómo explicas que hayamos registrado esa casa y no hayamos encontrado huellas tuyas? —pregunta Gabriel.
—No toqué nada, no soy tonto. Sabía que estaba cometiendo un delito y tuve cuidado al abrir la ventana. Dentro de la vivienda tampoco toqué nada, solo lo que me llevé. Si abría un cajón, lo hacía cubriéndome la mano con la ropa. ¡Habría sido un tremendo inútil!
Se percata de que la inspectora Siles levanta las cejas; parece sorprendida de que fuese tan cauteloso y no dejase huellas. No debe de ser la impresión que tiene de él.
Se produce una pausa. Gabriel toma notas y Patricia le sostiene la mirada a Cole.
—En la casa había una habitación erótica, con juguetes sexuales de todo tipo. ¿Estaba allí cuando entraste? —pregunta Gabriel.
—No, joder… No vi nada de eso.
—¿Recuerdas dónde te encontrabas la noche de San Juan del año pasado? —continúa Gabriel.
—¿En las Hogueras?
—Sí, el 23 de junio. ¿Lo recuerdas?
—No. Bueno, sí…, claro. Todas las Hogueras trabajo en Alicante, desde hace años. Soy camarero, y esas noches se pagan bien.
La abogada se inclina hacia delante.
—¿Podrían dejarme un momento a solas con mi cliente, por favor?
Gabriel y Patricia aguardan en silencio. Cole se vuelve hacia la letrada.
—No hace falta, lo recuerdo muy bien. Siga preguntando —indica al inspector Somoza.
La abogada levanta las manos; no está conforme, pero Cole está decidido. Quiere acabar con todo eso lo más rápido posible.
—De acuerdo. ¿Alguien puede corroborar que trabajaste esa noche?
—Sí. Mi jefe y mis compañeros de barra en El Ocaso, el pub donde curro todos los años por San Juan. El jefe se llama Mario, me conoce desde hace mucho tiempo. Él le dirá lo mismo —contesta Cole con seguridad.
Patricia anota algo en su libreta.
—Cole, hemos revisado tus antecedentes. Parece que un vecino de la Coveta te denunció por agresión, concretamente el… —Patricia revisa sus notas—. El 6 de octubre del año pasado.
Cole aprieta los dientes.
—¡Qué hijo de puta! Me dijo que retiraría la denuncia.
—Y lo hizo, pero para retirar una denuncia hace falta presentarla primero.
—Mire, ese tío se lo buscó él solito. Fui a su casa porque me enteré de que era socio del hombre que desapareció.
Amanda me contó que había escuchado a su madre y a su padrastro hablar sobre ellos, y resulta que el tipo ese, Rafael, trabajaba con Ernesto Crespo.
Entonces fui a su casa y le pedí el dinero de mi madre.
El tío se puso en plan farruco mientras lo miraba pensando que podía partirle la cara en cuestión de segundos.
Al final, me dijo que o me iba o me sacaba a rastras.
Me calenté y le di un puñetazo. Solo uno. No voy buscando pelea por ahí.
—¿Y luego llegaste a un acuerdo con él para que retirase la denuncia?
—Fue a través de mi madre. La llamó un hombre que afirmó ser su abogado, le contó que no les interesaba andarse con juicios por un incidente aislado y añadió que, si yo no volvía a molestarlo, retirarían la denuncia.
—Entiendo —dice Patricia.
—Si inspeccionamos tu coche y tu teléfono móvil, ¿encontraremos algo? —pregunta Gabriel.
Cole empieza a ponerse blanco otra vez. Entorna los ojos vidriosos y contesta:
—¿Van a hacer eso?
Los inspectores se observan de nuevo, como si se transmitieran información con la mirada.
—De acuerdo, Cole. Eso es todo, de momento —concluye Patricia.
—¿Puedo irme a casa? Por favor. Ya les he dicho que no tengo nada que ver con lo que ha pasado. No soy un asesino. ¡Joder! —suplica.
—Me temo que eso no es posible. Al menos, por ahora. Tendrás noticias nuestras pronto.
Gabriel y Patricia se levantan, se dan la vuelta y abandonan la sala de interrogatorios. Se dirigen hacia la máquina de café. Patricia rompe el silencio mientras espera a que termine de prepararse su bebida caliente.
—¿Qué opinas?
—Que no es un asesino. Creo que dice la verdad —confiesa Gabriel.
—Yo no lo tengo tan claro. No tiene pinta de ser muy listo, pero lo cierto es que no dejó huellas en la casa, y eso me sorprende.
Es joven y fuerte; perfectamente podría haber cavado un hoyo y cargado con el cuerpo sin ayuda.
Aunque es verdad que la escena estaba bastante limpia, y no parece alguien capaz de hacerlo tan sumamente bien.
—Patricia se agacha para coger su café y, al levantarse, continúa—.
Tampoco podemos obviar que tenemos pruebas que le sitúan en la escena del crimen los días posteriores al asesinato de Rafael, si damos por hecho que lo mataron en la noche de San Juan.
Será mejor que mantengamos al chico en el calabozo hasta que sepamos si hay algo en su coche y su móvil.
Quizá deberíamos inspeccionar su casa también.
—El problema es que no vamos a poder hacer nada hasta que se confirme que el cuerpo es el de Rafael Sierra. Si no es él, daría igual que Cole tuviera su tablet y que hubiera entrado en su domicilio: sería un robo, sin más —explica Gabriel.
Patricia sabe que tiene razón. Lo más probable es que se confirme que el cadáver pertenece a Rafael Sierra, pero hasta entonces deben aguardar.
—Bien. Esperaremos. Vamos a hablar con Urriaga para que nos autorice a mantener retenido a Cole esta noche.
Gabriel asiente y la sigue por los pasillos de una comisaría gris y sin vida, en consonancia con el resto de las calles de la ciudad.
Óscar ha terminado su turno en el hospital bastante tarde. Está cansado y hastiado. Cuando llegó a su planta, por la mañana, se encontró con la desagradable sorpresa de que tres pacientes que ayer estaban vivos hoy habían fallecido.
Enfrentarse a ese nuevo desafío, que ha llegado sin avisar, le causa un profundo dolor.
Esas personas murieron solas, sin sus familiares al lado; la política de visitas en el hospital es estricta.
Es desgarrador. La imagen de sus rostros pálidos le invade la mente en un vaivén de emociones difíciles de gestionar.