La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Patricia contempla a Gabriel con admiración. Le sorprende su entereza; sabe que está roto por dentro, pero ha encontrado la manera de sobrevivir al dolor que, sin duda, será eterno.

Cuando él abandonó el cuerpo de policía, a Patricia le costó acostumbrarse a trabajar con otra persona. Quizá lo idolatre, pero para ella Gabriel es alguien digno de aprecio. La forma en que se ha sobrepuesto a las adversidades solo refuerza ese sentimiento.

Ambos observan a Cole Kane a través del espejo bidireccional de la sala de interrogatorios.

Han averiguado que, aunque toda su familia es inglesa, el chico nació en España y se crio en la Coveta Fumá con su madre.

Tuvo una infancia complicada y hace un par de años comenzó a meterse en problemas con las drogas.

Ni a Patricia ni a nadie se le escapa que su Mercedes es demasiado caro para asumir la compra con un sueldo de camarero.

Antes de ponerle las esposas y subirlo al coche, vomitó.

Cole no está preparado para hacer frente a una situación así.

Durante el viaje, se limitó a responder con monosílabos a las inofensivas preguntas de Gabriel.

La piel, de un color cetrino que parecía anunciar que estaba a punto de desplomarse, le brillaba.

Por un momento, Patricia sintió lástima por él.

Pero luego, al contemplar el rostro implacable de su compañero y ver cómo lo fulminaba con la mirada, ese sentimiento se esfumó.

Cuando llegan a las dependencias policiales, el comisario Urriaga se dirige hacia ellos con cara de pocos amigos. La mascarilla lo incomoda, y lo demuestra recolocándola a cada paso que da.

—Espero que esté justificado traer a este chico aquí. Estamos bajo mínimos.

—Hemos encontrado pruebas en el maletero de su coche que lo relacionan con Rafael Sierra, señor.

En concreto, un contrato de alquiler y una tablet que, según ha confesado, pertenecía al desaparecido; dice que la cogió de su casa.

Hemos enviado el dispositivo a los de Informática; lo analizarán cuando tengamos autorización. La grúa está trayendo su coche.

Urriaga emite un bufido y se queda mirando a Cole a través del espejo bidireccional.

—Tenemos un problema —se lamenta—. El forense está de baja por COVID; todo su equipo está ahora mismo en cuarentena.

Gabriel, que mantiene los brazos cruzados sin apartar la vista de Cole, se vuelve hacia el comisario, enfadado por lo que acaba de oír.

—¿Qué? ¿Y qué vamos a hacer? Necesitamos el informe del forense para continuar —dice con indignación.

—Lo sé, Somoza. Por eso vendrá el equipo de Elche, pero también tienen cosas que hacer.

Es muy improbable que lo tengáis hoy. Además, ya me han dicho que, tal y como está el cuerpo, será muy difícil identificarlo.

Hemos localizado al hermano de Rafael Sierra; es su pariente más cercano, y si consiguen sacar algo de ADN de esos huesos carbonizados, habrá que cotejarlo con el suyo.

Vive en Córdoba, así que esto no será inmediato.

Gabriel chasquea la lengua. El comisario parece impasible.

—¿Podemos retener a Cole hasta entonces? —pregunta Patricia.

—Interrogadlo, a ver qué os dice. Después decidimos.

Cole observa cómo los agentes de policía acceden a la sala de interrogatorios.

Levanta la vista de la mesa y los mira pensando que son dos depredadores que van a comérselo.

La tenue luz de la sala se refleja en su sudorosa frente, y se apresura a limpiársela con la manga. Nunca ha estado tan nervioso.

—Hola de nuevo, Cole —dice la mujer, que parece más amable que su compañero—. ¿Tienes sed? ¿Te gustaría tomar algo?

—Un poco de agua, por favor.

Sin emitir sonido alguno, el hombre abandona la sala. Ella guarda silencio. Cole tiene la impresión de que no quiere empezar hasta que él vuelva.

Regresa con una botella de agua y un vaso de cartón, que deja en la mesa, delante de Cole, antes de sentarse. El chico bebe agua directamente de la botella.

—De acuerdo, Cole. Vamos a presentarnos formalmente. Soy la inspectora Patricia Siles. Él es el inspector Gabriel Somoza. ¿Cómo estás?

—Mal. Todo esto es un gran error.

—Lo primero es informarte de que esta conversación y las que tengan lugar después van a ser grabadas.

También quiero recordarte que tienes la posibilidad de llamar a un abo­gado de confianza; en caso contrario, te asignaremos uno de oficio.

De momento solo queremos hacerte unas preguntas —comenta la inspectora.

—¿Necesito un abogado? —pregunta Cole con un hilillo de voz.

Patricia se encoge de hombros.

—No se trata de si lo necesitas o no. Es lo que marca la ley: debe estar presente un letrado —explica.

—No conozco ninguno.

—Entonces llamaremos a uno de oficio. Cuando venga, tendrás tiempo para hablar con él y después te haremos unas preguntas.

Cole la mira mientras se hace cada vez más pequeño en su silla. Se limita a asentir con la cabeza y vuelve a quedarse solo cuando los dos agentes desaparecen.

La abogada no tarda mucho en llegar. Cole se imagina las calles desiertas, sin tráfico, y cree que esa es la razón de su corta espera.

Es una mujer joven y guapa. A Cole le gustaría poder verle la cara entera, pero se tiene que conformar con la mitad superior, ya que la inferior está oculta bajo una mascarilla.

Le cuenta la historia y ella le aconseja. Hablan durante casi media hora y, después, la abogada abandona la sala para indicar a los inspectores que pueden entrar de nuevo.

Todos toman asiento alrededor de Cole, que se siente al borde del colapso, sufriendo un dolor horrible en la boca del estómago.

—Vamos a hacerte unas preguntas relacionadas con la desaparición de Rafael Sierra —anuncia Patricia Siles.

Cole resopla, echa la cabeza hacia atrás y luego se inclina hacia delante negando.

—Yo no he hecho nada malo —afirma.

—Bien, en ese caso, ¿podrías explicarnos qué hacían ese contrato y esa tablet en el maletero de tu coche? —sigue Patricia.

—No tengo nada que ver con la desaparición de ese tipo. Leí en las noticias que lo encontraron muerto en su casa, pero yo no he hecho nada.

—¿Dónde has leído esa noticia? —interviene Gabriel.

—¡Y yo qué sé! Me mandaron un enlace al móvil.

—¿Quién? ¿Y por qué? —insiste Gabriel. Su tono es mucho más agresivo que el de la inspectora.

A Cole le gustaría que su abogada lo ayudara con la declaración, pero ella le ha dejado claro que no intervendrá salvo que sea necesario.

—Mi exnovia. Ella es la única persona que sabe que entré en esa casa el verano pasado.

A ver…, él estafó a mi madre, ¿vale? Le robó quinientos euros, que tal vez para ustedes no sea mucho, pero para mi familia es una cantidad importante.

—Cole hace una pausa para tragar saliva—.

Mi madre estaba hecha polvo después de eso, y yo soy su hijo.

¿Qué se supone que debía hacer? ¿Dejarlo estar?

—Se echa a llorar; dos grandes lágrimas recorren sus pecosas mejillas—.

Entonces…, como no aparecía, fui a buscarlo a su domicilio.

Tenía la intención de pegarle, no voy a mentir, pero no le pegué porque no estaba.

Fui al jardín trasero y vi que había una ventana que no cerraba bien.

Se podía entrar en la casa. Estuve pensando si colarme o no.

Al final lo hice, porque desde esa parte del jardín no se ve nada; estás totalmente escondido, y pensé: ¿por qué no?

—¿Fue entonces cuando encontraste la tablet y el contrato? —pregunta Patricia.

—Sí. Me llevé la tablet porque es cara. Si la vendía, recuperaría parte del dinero.

—¿Por qué no la vendiste? —continúa la inspectora Siles.

—Porque estaba bloqueada con contraseña y no podía encenderla.

Intenté resetearla, pero para eso también me hacía falta la contraseña.

Así que me la quedé por si encontraba a alguien capaz de encenderla.

La dejé en casa de mi madre. Por eso fui a buscarla esta mañana; tenía intención de tirarla a la basura.

—¿Y el contrato?

—Lo vi sobre la mesa del salón. Aparecen el nombre y el DNI de ese tipo, así que me lo llevé por si lo necesitaba para localizarlo. Estaba muy cabreado, pero nunca lo vi en persona. ¡Lo juro!

Gabriel sacude los hombros y entrecierra los ojos, parece estar pensando algo. Se inclina hacia delante y pregunta a Cole:

—Dices que entraste por la ventana que da al jardín trasero, ¿verdad?

—Sí.

—¿Cuándo fue eso?

—A principios de julio del año pasado; no sé la fecha exacta.

—¿Te llamó la atención algo de ese jardín? —inquiere Gabriel.

—¿Algo como qué?

—No sé, quizá que el césped del jardín estuviese recién plantado, olores extraños…, cualquier cosa que captara tu interés.

Cole hace un gesto con la boca, con clara expresión de incertidumbre.

—No recuerdo nada de eso, la verdad. Solo estuve allí un minuto o dos; vi que la ventana estaba rota, no se quedaba cerrada. Bastaba con correrla para entrar en la casa.

—Lo sé. Es mi casa.

Cole frunce los labios; no entiende nada. Mira a su abogada, que también parece sorprendida.

—Sí. Rafael Sierra era mi inquilino —continúa Gabriel—. Bueno, el de mi familia. Ahora soy yo quien vive ahí. ¿No lo sabías?

—No. ¿Por qué iba yo a saber quién es usted?

—Verás, hace unos días alguien llamó a la puerta de mi casa y me dejó un sobre con una nota. Me preguntaba si tú tendrías idea de quién pudo ser.

—Pues no lo sé. Lo siento. Hace mucho tiempo que no voy por la Coveta, desde que mi exnovia y yo cortamos.

—¿Quién es tu exnovia? —pregunta Patricia.

—Se llama Amanda. Vive en una casa muy grande, cerca de la de Rafael Sierra. Bueno…, de la suya —dice señalando a Gabriel.

Los inspectores Somoza y Siles cruzan una breve mirada.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis saliendo Amanda y tú?