La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Gabriel y Patricia se han dividido las tareas: él se ha encargado de llamar a la comisaría para solicitar toda la información necesaria sobre Bastian y ella ha hablado con el comisario Urriaga para ponerlo al tanto.

En ambos casos, los han emplazado a esperar el informe del laboratorio; hasta que no se confirme la identidad del cuerpo, no tienen permiso para pedir nada.

Gabriel se está acostumbrando a tener compañía; es evidente que se siente mejor y su aspecto ha cambiado. El dolor en el pecho no le ha desaparecido, pero ya no es constante ni le resulta tan molesto. Ahora, cuando lo nota, intenta disimularlo; no quiere que Patricia le pregunte.

Ha sugerido visitar a la señora Kane. Su hijo, Cole, no aparece empadronado en su misma dirección.

Según el registro, vive en Benidorm y comparte casa con otras tres personas.

Han buscado la ubicación por internet y han descubierto que no reside en un buen barrio.

Gabriel se imagina un antro lleno de suciedad y basura donde conviven cuatro veinteañeros.

Ya saben que Cole trabaja a jornada completa en un bar de la zona inglesa de Benidorm y que, además del incidente con Ernesto, ha sido detenido dos veces por posesión de drogas.

«No es el perfil de un ciudadano ejemplar, pero tampoco el de alguien que asesinaría a su vecino y lo enterraría en su jardín», piensa Gabriel.

La casa de la señora Kane está algo alejada de la lujosa zona que recorre la pequeña costa de la Coveta.

Se percibe que quienes viven allí no tienen tan buena posición económica.

El contraste es grande: las viviendas están pegadas unas a otras, con claros signos de desgaste en las fachadas, y sus patios delanteros están repletos de trastos de todo tipo.

La de la señora Kane está al final de una hilera de viviendas adosadas, cada una de un color.

La suya fue rosa en tiempos mejores; ahora es de un blanco grisáceo que muestra el yeso desconchado con algún que otro fragmento rosado que ha sobrevivido.

A Gabriel le llama la atención uno de los coches aparcados en la acera: un Mercedes negro con acabado deportivo. No es un vehículo barato, precisamente.

La puerta de entrada al patio es de madera y le llega hasta la cintura. Duda si debe entrar o llamar a voces a la señora Kane, porque no hay timbre.

Patricia lo saca de dudas: da el primer paso, abre la puerta, entra en el jardín y golpea con los nudillos la madera.

Una mujer entrada en años, desaliñada y con los ojos enrojecidos, se asoma por la ventana. Parece asustada. No dice una sola palabra, solo saca la cabeza y espera.

—¿Es usted Greta Kane? —pregunta Patricia.

La mujer se limita a asentir.

—¿Entiende mi idioma, señora? —continúa Patricia.

Ella tarda en reaccionar.

—Sí. Hablo español. Perdona. No me encuentro bien. Tengo mucha tos —dice con un marcado acento inglés.

Gabriel se fija en que no parece enferma; más bien parece borracha. La tiene lo suficientemente cerca para oler el aire que exhala y está seguro de que ha estado bebiendo.

—Me llamo Patricia Siles, él es Gabriel Somoza. Somos policías y queríamos hacerle unas preguntas sobre Rafael Sierra. Según hemos sabido, tuvieron problemas después de que usted lo contratara.

La mujer niega con la cabeza.

—Yo no lo contraté. No sé nada de él. Le entregué quinientos euros, todos mis ahorros, porque decía que podía darme el doble en dos meses. ¡Pero mintió! —exclama Greta, disgustada.

—¿Intentó recuperarlos? —pregunta Patricia.

—¡Claro! Pero ya nunca más supe de él. Desapareció.

—¿Y su hijo Cole? Sabemos que agredió al hombre que era su socio, Ernesto.

—¡Mi hijo no tiene nada que ver! —Greta parece forzar una tos y la dirige hacia ellos—. Me encuentro muy mal, creo que he cogido el virus, así que déjenme en paz —espeta.

—Cálmese, señora. Nadie ha acusado a su hijo. Solo necesitamos aclarar qué pasó —interviene Gabriel.

Greta da la sensación de querer retirarse cuanto antes. Lo mira con incertidumbre.

—¿Podemos pasar? Solo será un momento —pregunta Gabriel.

—¡No! Ya he dicho que estoy enferma. ¡Déjenme en paz!

—¿Sabe de quién es ese coche? —se apresura a preguntar Gabriel, y señala el Mercedes negro.

—No. No tengo ni idea —zanja Greta, y cierra con violencia la ventana levantando una cortina de polvo del marco.

Los dos agentes se retiran. Patricia se queda mirando a Gabriel, su cara refleja que está pensando en algo.

—¿Qué? —pregunta.

Gabriel aprieta los labios.

—El Mercedes es de su hijo, no puede ser de nadie más. Voy a llamar para comprobar la matrícula. ¿Podemos detener a alguien que se salta el confinamiento?

—No. Podemos sancionarlo y retenerlo un poco, pero llevarlo a comisaría sería excesivo. Salvo que se ponga agresivo o algo parecido.

—De acuerdo. Tengo una idea que quizá funcione.

Cole Kane se encuentra en la que, hace un tiempo, fue su habitación.

Tiembla, sentado sobre su cama. Se lleva las manos a la cabeza con preocupación y apoya los codos en las rodillas.

No debería haber fumado marihuana esa mañana; está demasiado colocado para pensar con claridad, si es que eso alguna vez fue posible.

Escucha cómo su madre habla con las dos personas que ha visto llegar desde su ventana, en el piso superior, que se han identificado como policías.

Han preguntado por él. ¿Por qué? ¿Ya lo han pillado?

¿Sabrá la poli todo lo que esconde? Ha leído la noticia en el periódico.

No porque sea un asiduo lector del diario, todo lo contrario; lo único que lee son los mensajes que le llegan al móvil, y fue en uno de esos mensajes donde alguien le advirtió de la presencia de un dispositivo policial en la casa de Rafael Sierra.

A la mañana siguiente, descubrió que habían encontrado un cuerpo enterrado en el jardín. «¡Qué cagada!», pensó.

Presa del pánico, su desafortunado instinto le llevó a subirse al coche, en pleno confinamiento, y conducir hasta la casa de su madre.

Tenía que deshacerse de las pruebas. Todo sucedió tan deprisa que no comunicó a sus compañeros de piso que se marchaba.

No se le pasó por la cabeza que, tal vez, lo echaran en falta al notar que no está en casa.

Ayer se acostaron tarde; los oyó jugar con la videoconsola a gritos, bebiendo y fumando hasta altas horas de la madrugada.

No podía dormir, y no solo por el ruido. Estaba muy nervioso.

Era perfectamente consciente del riesgo que corría al circular por unas calles desiertas con su llamativo coche.

Su madre ya le había advertido, cuando lo compró, de que ese no era un vehículo adecuado para un veinteañero que trabaja de camarero.

Levantaría sospechas, pero… ¿qué más da?

Él quería su Mercedes y nada ni nadie podría impedír­selo.

Esa mañana tuvo suerte y no encontró controles de policía.

Sería algo rápido: saludaría a su madre, como mucho se tomaría un café con ella, cogería lo que había ido a buscar y se marcharía.

Solo tenía que hacer una parada en cualquier contenedor de basura a la entrada de Benidorm y deshacerse de todo.

Pero no salió como esperaba. A la mujer no le hizo mucha gracia volver a verlo y discutieron.

Greta le preguntó en qué estaba pensando; no entendía cómo había podido saltarse el confinamiento e ir a su casa a ponerla en peligro.

«A saber cuántos contagiados hay en ese cuchitril donde vives», le dijo.

Cole había pensado, erróneamente, que a su madre le haría ilusión la visita.

No fue así, ni por asomo. Estaba demasiado nervioso para subirse al coche otra vez, de modo que decidió que era un buen momento para fumarse un porro, relajarse un poco y reemprender la marcha más tarde.

Fue entonces cuando vio a los policías.

Ahora su madre está subiendo la escalera con dificultad para dirigirse a su habitación.

Cole sabe que esa tos fingida no es su verdadero problema; lo que ocurre es que la mujer no se cuida mucho.

Mientras él fumaba, oyó cómo ella se abría una botella de whisky.

Ese es su problema, aunque no es nadie para juzgarla.

—Ya se han ido. ¿En qué lío te has metido? —pregunta Greta, jadeante.

Con las piernas temblorosas, Cole la mira con los ojos llorosos.

—En nada, mamá. Solo he venido a verte porque estoy preocupado por todo esto del virus.

—Mientes fatal.

Cole se pone en pie y empieza a moverse de un lado a otro de la habitación.

—¿Qué te pasa? —Greta se acerca a él—. ¿Has fumado aquí? Apesta a marihuana. ¿Eres tonto? Podrían haberlo olido.

—Da igual, mamá. Ya me iba.

Cole se agacha para recoger la bolsa de deporte en la que ha guardado lo que ha ido a buscar. Al pasar junto a su madre, se detiene e intenta darle un beso en la mejilla, pero ella se aparta. Greta lo sigue escalera abajo, se despide de él y le advierte que no se meta en problemas.

Cole sube al Mercedes y piensa que debe irse de allí lo más rápidamente posible.

Mira hacia delante y por el espejo retrovisor.

La calle está desierta. Se toma unos minutos para cerciorarse; no quiere encontrarse con los policías.

Arranca el coche y conduce despacio, tratando de no llamar la atención.

Es todo lo contrario de lo que suele hacer.

Después de varios minutos recorriendo las angostas carreteras de la Coveta, repletas de curvas y cuestas pronunciadas, alcanza la última pendiente antes de incorporarse a la autovía.

Es la más empinada de todas. Un escalofrío le sube por la espalda a mitad de la cuesta.

No puede ver dónde termina y tiene un mal presentimiento.

Frena en seco cuando, al llegar al final de la rampa, descubre que hay un control de policía.

Gabriel Somoza sonríe. Estaba tan seguro de que Cole picaría el anzuelo que, al oír el ruido del motor, se volvió hacia su compañera y le guiñó un ojo antes de que el Mercedes apareciera.

Cole se queda mirándole, está pálido. Ha detenido el coche, pero no reacciona. Gabriel le hace un gesto para que estacione a un lado. Muy despacio, el vehículo avanza y se detiene en un lateral.

Gabriel se acerca a la ventanilla y Cole la baja evitando mirarlo directamente a los ojos.

Somoza se gira hacia los dos policías a los que había llamado para que los ayudaran con el control. Les da las gracias y les dice que a partir de ahora él se encargará. Los agentes suben a su coche patrulla y se marchan.

—Documentación, por favor —pide.

El chico reacciona y, con un movimiento brusco, se lleva la mano al bolsillo trasero. Patricia, que se ha situado junto al copiloto, instintivamente se posa la suya en la cintura y acaricia la funda de la pistola.

Cole saca una cartera de cuero negro y, al abrirla, se le resbala de los dedos. Está temblando. Consigue encontrar su identificación y se la ofrece a Gabriel, quien la observa con expresión de sorpresa.

—¡Fíjate! —exclama este mirando a Patricia—. No te lo vas a creer. ¡Es Cole Kane!

El chico intenta controlar la respiración; el pecho se le infla tanto que siente dolor en las costillas. Patricia finge un gesto de sorpresa.

—¡Qué casualidad! —sigue Gabriel—. Hace un rato hemos estado en casa de tu madre. Hemos preguntado por ti y nos ha dicho que no vives allí.

Cole se encoge de hombros. Tiene las manos en el volante y parece a punto de estallar. Su cara es el reflejo de la angustia.

Patricia toca la ventanilla del lado del copiloto y, con la mano, le indica que la baje. Cole obedece.

—¿De dónde vienes?

—He salido a dar un paseo con el coche. Lo siento, sé que no se puede.

—¿Y por qué estaba tu vehículo aparcado frente a la casa de tu madre? —pregunta la inspectora Siles.

—Vale…, he venido a verla. ¿Van a multarme?

—Baja del coche, Cole —ordena Gabriel.

A regañadientes, el chico hace lo que le piden.

—Ahora abre el maletero. —Gabriel apunta un dedo hacia la parte trasera del Mercedes.

Cole siente un nudo en el estómago, le duele tanto que tiene que encorvarse. Se queda de pie mirando a Gabriel sin saber qué decir.

—Abre el maletero —insiste Patricia.

Sin alternativa, lo hace. Dentro solo hay una vieja bolsa de deporte.

—Ábrela —exige Gabriel.

—Es… es ropa sucia. No sé si estoy enfermo; me duele la garganta. No creo que sea buena idea.

—Que la abras. —Gabriel ha subido el tono.

Cole abre la bolsa y se aparta mirando al suelo.

Lo primero que Gabriel comprueba es que le ha mentido. Dentro no hay ninguna prenda de ropa. Se gira hacia su compañera.

—¿Tienes un guante?

—En el coche.

—¿Me lo traes, por favor?

La inspectora Siles le entrega el guante en cuestión de segundos.

Gabriel se lo pone y mete la mano en la bolsa.

Saca un portafolios de plástico con un contrato de alquiler.

Se fija en el nombre del arrendador. Lo reconoce, es el de su propio padre, Ricardo Somoza. Rafael Sierra consta como arrendatario.

Hay algo más en la bolsa. Gabriel vuelve a meter la mano y saca una tablet .

—¿Es tuya?

Cole entrelaza los dedos detrás de la nuca y niega con la cabeza.

—¿De dónde la has sacado? —pregunta Patricia.

—Lo puedo explicar.

—Contesta la pregunta, Cole —insiste la inspectora.

—La encontré en la casa del hombre que estafó a mi madre, el que desapareció.

Gabriel y Patricia intercambian una mirada.

—De acuerdo, Cole. Vamos a tener que ir a comisaría.