La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

De camino a la casa de los Dubois, Gabriel escucha con atención los consejos de Patricia. Lleva tiempo inactivo, y es evidente que ella está más lúcida y con las ideas frescas.

Ambos coinciden en que la habitación erótica en la casa de Gabriel probablemente no tiene relación con Rafael Sierra.

No les cuadra que ni Lisa, que estuvo dentro de la casa, ni Nico Ortiz, que echó una ojeada por la ventana cuando se encargó del caso, vieran nada similar.

No quieren descartar ninguna posibilidad, pero son conscientes de que la vivienda, salvo por el descuido de la basura y la nevera, estaba relativamente limpia.

Todo indica que las copas de vino de la mesilla de noche son posteriores a la desaparición de Rafael Sierra.

Lo más probable es que alguien se colara por la ventana que no cierra bien, allanando la casa y aprovechándose de la situación.

Ninguno de los dos cree que sea el comportamiento típico de un vecino de la zona.

Al fin y al cabo, todos gozan de una buena posición económica y podrían haberse hospedado en un hotel.

No, no suena plausible. Coinciden en que un perfil adolescente, como el de Amanda, se ajusta más a lo que están buscando.

Blanca asegura que Silvia, la asistenta de los Dubois, encontró juguetes sexuales en el dormitorio de Amanda muy parecidos a los que se hallaban en la habitación erótica.

Para los dos agentes de policía, eso es tan incriminatorio como revelador.

Discuten sobre cómo abordar esa parte. Amanda es menor de edad, con lo que al menos uno de sus progenitores debería estar presente en el interrogatorio.

Eso reduciría en gran medida las posibilidades de que la chica confesara, y lo más probable es que no guarde mucha relación con el caso que realmente les preocupa.

Solo desviaría la atención de la verdadera razón del interrogatorio.

Sin embargo, ¿y si la persona que se coló en su vivienda no lo hizo por la ventana?

¿Y si tenía una llave? Tal vez conocía a Rafael y este le confió una copia porque se tenían confianza.

Quizá la misma persona que usó la casa después de su desaparición tuvo una relación sentimental previa con Rafael y, posteriormente, con alguien más.

En ese caso, sí que sería relevante para la investigación.

Todos esos detalles vuelan por la mente de Gabriel Somoza y siente que recupera sus facultades, acercándose, cada vez más, al gran investigador que fue.

Llegan a la casa de los Dubois. La puerta exterior está abierta, y pisan el jardín.

La pequeña perra de pelo blanco los recibe entre ladridos luciendo un lazo rosa en la cabeza.

Gabriel sigue dando vueltas al asunto de los juguetes sexuales que encontró en su casa. De repente tiene una idea. Se queda parado. Es difícil de asimilar, pero ahora todo cuadra. Toma una decisión de la que tal vez se arrepienta, pero cree que es lo mejor.

—No comentemos nada de Amanda —sugiere.

—¿Por qué? —pregunta Patricia, desconcertada.

—Confía en mí. Deja que de esa parte me ocupe yo. Lo haré esta noche.

Patricia parece dudar, pero finalmente accede. Gabriel hace un esfuerzo por olvidar, solo de momento, lo que acaba de intuir. Sabe que ahora debe centrarse en Bastian Dubois, de quien no espera conseguir mucho.

Lisa se muestra sorprendida al abrir la puerta y ver a los dos agentes de policía frente a ella. Lleva puesto un vestido marrón y blanco muy elegante.

—Hola. ¿En qué puedo ayudarles? —dice con voz dulce.

—Hola, Lisa. Ella es la inspectora Patricia Siles. ¿Está tu marido en casa?

Lisa da un paso atrás, se vuelve hacia la mesa del recibidor, abre un cajón y saca una mascarilla para ponérsela.

—Está arriba, como siempre. ¿Quieren pasar?

Gabriel mira a Patricia. Espera que decida ella, ya que está al mando y, además, él no está muy familiarizado con el protocolo en tiempos de pandemia.

—Sí. Gracias —contesta Patricia, y da un paso al frente.

Una vez dentro, Lisa acompaña a los dos agentes al salón y los invita a sentarse.

—¿Va todo bien? —pregunta mirando a Gabriel.

—Han aparecido nuevas pruebas relacionadas con la desaparición de Rafael Sierra. Intentamos avanzar en la investigación.

—Lo sé. He leído la noticia en el periódico. ¿Qué tal estás? —pregunta Lisa al tiempo que se inclina hacia delante y clava las pupilas en Gabriel.

Gabriel nota cómo Patricia lo mira, sorprendida; le extraña la camaradería con la que Lisa lo está tratando.

—Estoy bien, gracias —se limita a decir Gabriel—. ¿Puedes avisar a tu marido?

Lisa asiente y sube la escalera.

Gabriel se detiene a contemplar la casa.

Es la primera vez que se encuentra dentro de la mansión victoriana que tanto llamó su atención de niño.

No se la esperaba así. Quizá le habría chocado menos un toque más clásico, con muebles de madera antiguos y cuadros, muchos cuadros.

Sin embargo, está completamente reformada en un estilo contemporáneo: muebles negros y blancos, acabados de piel, decoración minimalista y mármol; mármol blanco y brillante por todas partes.

Al cabo de unos minutos, oyen que Lisa pide a su hija que se quede en la habitación; después baja hasta donde están los inspectores y les comunica que su marido los recibirá en su despacho. Cuando los dos se levantan del sofá, los acompaña para indicarles el camino.

El despacho de Bastian Dubois guarda ese toque tradicional que Gabriel esperaba.

Su interior es amplio. Una alfombra recubre casi la totalidad del suelo de parquet.

Al fondo de la estancia, una gran estantería repleta de libros y un hombre que los espera sentado tras su enorme escritorio de caoba.

Se acaricia la barba canosa mientras observa a ambos policías y les hace un gesto para que tomen asiento.

Hay dos sillas frente a su escritorio, como si alguien las hubiera preparado a propósito.

Ladea la cabeza ligeramente y se recoloca la boina.

—¿A qué debo el honor de su visita, agentes?

—Gracias por recibirnos, señor Dubois. Me llamo Patricia Siles y él es Gabriel Somoza. Estamos investigando el posible asesinato de Rafael Sierra.

Bastian asiente, con cierta altanería, sin dejar de juguetear con su barba.

—Lo sé, lo sé. Mi mujer me ha puesto al corriente. ¿Por qué dice «posible asesinato», si encontraron su cuerpo enterrado en el jardín? Resulta evidente que alguien lo mató —replica Bastian en un tono pedante.

—No hemos identificado el cuerpo todavía. Podría tratarse de otra persona —señala Patricia.

—Entiendo. ¿Y en qué puedo serles útil?

A Gabriel le llama la atención el tono de voz pretencioso de Bastian. Por un momento, intenta comprender a Lisa. Coincide con ella en que no es su tipo, para nada. No deja de mirarlo, pero prefiere que Patricia lleve la conversación.

—¿A qué se dedica, señor Dubois? —pregunta la inspectora Siles, que ha sacado su libreta para tomar notas.

—No veo qué tiene eso de relevante para su investigación.

—Necesitamos conocer todos los detalles. No es nada personal.

—Bien, en cualquier caso, no es ningún secreto. Todos los vecinos del barrio saben a qué me dedico —afirma dándose importancia—. Actualmente estoy centrado en el trading . ¿Tiene idea de qué es?

Patricia asiente con la cabeza.

—Es corredor de bolsa —afirma la agente restándole valor mientras Gabriel, que ha captado la ironía, no puede evitar sonreír bajo la mascarilla.

—Algo así —dice Bastian, condescendiente.

Patricia escribe en su libreta, un recurso que suele utilizar para poner nerviosa a la persona a la que interroga. Gabriel la conoce bien y sabe que no está anotando nada importante.

—¿Le va bien?

—¿Usted qué cree? —dice alzando los brazos para señalar su majestuoso hogar.

—No necesito preguntarle lo que yo creo; necesito que usted responda a lo que le pregunte.

Bastian la mira fijamente calculando sus movimientos. Gabriel empieza a notar la hostilidad de su compañera, pero decide mantenerse al margen.

—Sí. Me va bien.

—¿Cuánto tiempo hace que vive en esta casa? —Patricia golpea la libreta con el bolígrafo.

—Vine a vivir aquí hace tres años. Por aquel entonces, Lisa y yo aún no estábamos juntos.

Ella vino después. —Se tapa la boca con la mano y carraspea—.

Soy francés, aunque mi familia se mudó a España cuando yo era muy pequeño; tenía solo dos años.

Casi siempre he vivido en Barcelona, pero conocía este lugar porque, cuando tenía diez años, pasé un verano en esta zona, en una casa cerca de la playa que pertenecía a unos amigos de mis padres.

Supongo que me enamoré de este sitio y siempre quise volver.

Soy una persona tranquila a la que le gustan la calma y la paz. Aquí tengo todo eso.

—¿Y su familia? ¿Se quedó en Barcelona?

—Por desgracia, no tengo familia, salvo Lisa y Amanda. Mi padre falleció cuando yo era adolescente y mi madre, un año antes de que decidiera venir a vivir a la Coveta.

—¿Hermanos? ¿Tíos…?

Bastian levanta las cejas tratando de mostrar que se siente acosado por tanta pregunta sobre su pasado.

—No, soy hijo único —contesta tajante—. Mi padre sí tenía un hermano, pero no tengo mucha relación con él. Nos llamamos en Navidad y poco más. Vive en Francia.

—Hábleme de Lisa y Amanda. Amanda no es hija suya, ¿verdad?

—No, es la hija de Lisa, aunque la quiero como si fuera mía. Es cierto que no nos conocimos hasta después de que me casara con su madre. Ella vivía en Madrid con su padre; tenían una relación… complicada. Le vino bien mudarse. Aquí es feliz.

—Las chicas de su edad suelen preferir la ciudad a un barrio aislado como este. ¿Ha hecho buenos amigos por aquí?

Gabriel se percata de lo que está intentando Patricia y le dirige una mirada penetrante. Tenían un acuerdo.

—Hay varios chicos de su edad con los que se lleva bien.

La mayoría de ellos son alumnos del colegio británico que está en La Nucía.

Ahora se han suspendido las clases por la pandemia, pero hasta hace unos días iban juntos en un autobús que los recoge y los trae de vuelta a diario.

Diría que han hecho migas. —Bastian se toma una pausa y mira al techo, pensativo—.

Muchas veces queda con Carlos, el hijo de Paula, una amiga de mi mujer.

Es un chico que siempre va por ahí con una cámara de fotos colgada al cuello.

Según mi esposa y Paula, se gustan, pero yo creo que es más cosa de ese chico que de Amanda.

Patricia sigue golpeando la libreta, parece que ha captado la mirada de Gabriel y decide recular un poco.

—¿Conocía usted a Rafael Sierra? —pregunta reconduciendo la conversación.

—No mucho. Sabía quién era porque un día se presentó en mi casa.

Contó que era abogado y que estaba especializado en manejar grandes fortunas.

Me pareció un charlatán, sinceramente. Lo despaché con rapidez.

Le dije que no necesitaba a alguien para eso, que lo hacía yo mismo.

Se decepcionó, pero no iba a confiar mis cuentas a un donnadie.

Soy de los que piensan que uno debe conseguir las cosas por sí mismo.

—Usted heredó toda su fortuna, ¿verdad? —arremete Patricia.

Bastian se ríe.

— Touché —responde con acento francés.

Gabriel decide que es el momento de entrar en la conversación; cree que su compañera la está volcando hacia un lado demasiado personal.

—¿Recuerda la noche de San Juan del año pasado? —pregunta.

Patricia se echa hacia atrás y apoya los brazos en las rodillas. Bastian gira la cabeza para centrar la atención en el inspector Somoza.

—Sí. ¿Por…?

—¿Recuerda algo fuera de lo normal? Algo que llamase su atención.

Bastian se lleva la mano al mentón, y su mirada se pierde en el paisaje visible desde la ventana; parece pensativo.

—No sabría decir. Como todos los años, se hacen hogueras en la playa, los vecinos organizan barbacoas y la gente suele beber de más.

—¿Recuerda haber visto una hoguera en casa de Rafael Sierra? —pregunta Gabriel.

Bastian levanta un dedo y asiente.

—Pues ahora que lo dice…, sí. Es verdad, hizo una hoguera en el jardín trasero. Creo que dio una pequeña fiesta.

—¿Vio a alguien conocido en esa fiesta? —Gabriel saca su libreta.

—No, desde aquí no se puede ver el jardín trasero de esa casa. Recuerdo las llamas porque eran altas, y la música, que estaba muy alta también. Doy por hecho que organizó una fiesta. Es muy habitual ese día; muchos vecinos lo hacen.

—¿Y usted qué hizo?

—Me quedé en casa. No soy muy aficionado a ese tipo de eventos.

—¿Salió en algún momento? —indaga Gabriel.

—No, no lo creo —responde.

—¿Había alguien aquí con usted?

—Lisa, ella estaba. Amanda aún vivía en Madrid; vino en septiembre para iniciar el curso.

—Lo recuerda bien, y eso que han pasado nueve meses… —interviene Patricia.

—Tengo una gran memoria, inspectora —explica Bastian llevándose un dedo a la cabeza—. Además, están preguntando por uno de los días más particulares del año. No es difícil de recordar.

—Eso es bueno; así podrá decirme si su mujer abandonó la casa en algún momento de la noche —suelta la inspectora Siles.

—No, no lo hizo.

—¿Está seguro? —sigue Patricia.

—Completamente. Nos bebimos un par de copas de vino, vimos un rato la televisión y nos fuimos a dormir.

—¿Cómo es que lo recuerda con tanta exactitud?

—Es lo que solíamos hacer por aquel entonces, antes de que Amanda viviera con nosotros.

Patricia dirige la vista ahora hacia Gabriel. Se sostienen la mirada unos segundos.

—Muy bien, señor Dubois. Gracias por su tiempo. Eso es todo por ahora —concluye Patricia, y se levanta de su silla.

Los dos agentes abandonan la casa. Han conseguido lo que querían después de tantear a Bastian.

Ahora comprobarán las llamadas que realizó ese día, la actividad de su teléfono y el de su mujer; si estuvieron en casa y conectados al wifi, será fácil demostrarlo.

También pedirán un registro de actividad de sus tarjetas de crédito. Si Bastian miente, lo sabrán.