La noche de San Juan (Trilogía de la Noche 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

La mañana siguiente es fría. Lisa lo comprueba paseando a Milú. Piensa que debería haberse puesto un abrigo grueso, aunque no fuera tan elegante como el fino jersey de lana de marca cara que lleva.

Ayer vio luces de policía en la casa de su vecino desaparecido, que ahora ya no es suya y pertenece a un apuesto policía.

Quiere husmear, pero no puede ver nada porque no hay nada que ver, al menos en la parte delantera.

Quizá en la parte de atrás haya algún tipo de dispositivo policial para lo que sea que se traen entre manos.

No puede saberlo, y es demasiado temprano; Gabriel estará durmiendo, y no es de buena educación llamar a la puerta y preguntar, menos aún, en pleno confinamiento.

Aunque si él lo hizo cuando acudió a interrogarla, ¿por qué iba a sentarle mal que lo hiciera ella también?

Decepcionada, vuelve a casa, donde su marido se prepara un café.

Ayer, por primera vez en mucho tiempo, fue él quien salió a pasear a la perra.

«¡Claro! Ahora que le interesa, sí que le parecen bien los paseos de Milú», piensa, pero mejor no decir nada.

No quiere aguantar la pedantería de Bastian, adornando excusas baratas con palabras biensonantes.

Se sienta a un extremo de la mesa de la cocina.

Él le sirve una taza de café que ella no se molesta en tocar.

Enciende su portátil y accede a la edición digital del periódico local.

En la portada no hay una sola noticia que no esté relacionada con el virus, ni una.

Accede a la sección de sucesos. Allí hay un sinfín de titulares que anuncian intervenciones en gimnasios clandestinos, reuniones ilegales de amigos y noticias similares.

Al final, encuentra la información que buscaba: «Hallan el cadáver de un hombre en la Coveta Fumá».

Se queda pálida. Bastian se da cuenta.

—¿Qué sucede, cariño?

Lisa dirige las manos al ordenador y lo gira para que él pueda ver la pantalla.

—¡Joder! —exclama Bastian—. ¿Pone algo más? —pregunta mientras se ajusta las gafas sobre la nariz.

A Lisa no le salen las palabras. Se queda totalmente quieta esperando que su marido lea la noticia.

—¿Esto es todo lo que hay?

Lisa asiente. El cuerpo de la noticia lo constituye un párrafo donde se explica que la policía ha hallado un cuerpo sin identificar enterrado en el jardín.

—El agente al que pregunté ayer me dio largas, pero no me imaginaba que fuera nada de esto.

Pensé que ese policía del que me has hablado se habría metido en un buen lío, que alguien lo habría denunciado por ir de puerta en puerta saltándose las restricciones y que se habría contagiado, de ahí que hubiese tantos coches patrulla.

En ese momento, Amanda baja la escalera con cara de sueño. Su padrastro cierra el ordenador de golpe, no quiere que lea la noticia.

Dos días después del hallazgo de un cadáver en la Coveta Fumá, Patricia Siles está de pie en la puerta de la nueva casa de Gabriel Somoza.

Lleva una bolsa negra colgada del hombro.

Antes de que su dedo encuentre el timbre, Gabriel abre sonriente.

Está más delgado y ha envejecido un poco, pero sigue siendo guapo. Se alegra de verlo.

—Entonces… ¿puedo darte un abrazo? —pregunta Gabriel con recelo.

—No deberíamos, pero… ven aquí, anda —contesta Patricia abriendo los brazos.

Está feliz de reencontrarse con su amigo, sufrió mucho por él.

No esperaba que volviesen a coincidir trabajando, al menos no tan pronto; ha sido una noticia muy agradable para ella.

Se ha jurado a sí misma que no va a sacar el tema de su familia.

Cree que es mejor que, si tienen que hablar sobre ello, sea él quien inicie la conversación.

Después del abrazo, se adentran en la casa y se sientan en el sofá del salón. Gabriel le ofrece una taza de café que ella acepta agradecida. Se fija en la decoración; no hay mucho que observar, con varios muebles dispuestos al azar para cumplir estrictamente su función.

—Bonito hogar —dice.

—Gracias. ¿Cómo están tu marido y los niños?

—Como todos. Aburridos en casa sin poder salir. A los niños les han puesto deberes en el cole y algo se entretienen, pero Lucas lo está pasando mal. Imagínate, encerrado a todas horas con los dos críos. —Patricia se ríe—. Tampoco voy a mentirte, no lo envidio.

Gabriel asiente y sonríe. Terminan de ponerse al día.

Patricia le enseña fotos de sus dos hijos, que han crecido mucho desde la última vez que Gabriel los vio.

Hablan solo de su familia, y ella evita cualquier comentario que pueda resultar hiriente a su amigo, aunque está algo molesta por su prolongada ausencia.

De algún modo, siente como si no hubiese pasado el tiempo.

Siguen congeniando, lo que demuestra el gesto que Gabriel ha tenido al pedir que le dieran la investigación a ella y no a Nico, por ejemplo.

Le está agradecida en ese sentido. Cualquier cosa con tal de salir de la comisaría y dejar de pensar en la pandemia.

Con la segunda taza de café, Gabriel ha terminado de revelarle todo lo que ha averiguado hasta ahora.

Le habla de la ranchera, de Samoa, de los Dubois, de Ernesto y Aurora; le recuerda lo de Cole Kane; le habla de Blanca y María, así como de la charla que mantuvo con la primera en el aparcamiento del supermercado; le cuenta que Rafael Sierra tenía un hermano, con el que no se llevaba bien, y le explica quién es Óscar y por qué tenía él las fotografías que le hicieron acordarse de las semillas de césped.

También le menciona que, según Blanca, en la casa de Ra­fael alguien encendió una gran hoguera la noche de San Juan.

Blanca no llegó a ver entonces a Rafael, pero sí las llamas, que recuerda altas y llamativas.

Ambos coinciden en que es muy probable que esa fuera la hoguera donde quemaron su cuerpo, ya que después de esa fecha al parecer nadie volvió a verlo.

—Hasta ahora no hay mucho. Me han dicho que esta tarde tendrán los resultados del laboratorio, pero he estado trabajando un poco. No hay ninguna otra denuncia de desaparición, así que es bastante probable que el cuerpo sea el de Rafael Sierra —comenta Patricia.

—Pienso igual.

—En cualquier caso, vamos a solicitar a la compañía aérea que verifique si se utilizaron los billetes que encontraste. Imagino que querría huir de alguien y por eso se preparó, pero no debió de darle tiempo.

—Tiene pinta de eso. ¿Crees que responderán pronto? —pregunta Gabriel.

Patricia niega con la cabeza.

—Tú viste el cuerpo. ¿Qué te pareció?

—Cuando toqué el primer hueso paré de cavar, se deshizo en mi mano y no quería contaminar mucho.

Luego llegaron los de la Científica y se encargaron.

Lo que vi es que estaba calcinado. Sacaron cenizas, prácticamente.

Había unas placas de metal dispuestas de tal modo que formaban una caja.

Quien lo hizo sabía muy bien que eso aumentaría la temperatura y sería casi imposible identificar el cuerpo.

Comentaron algo de unos dientes, pero estaba hablando con Urriaga y no me enteré muy bien. Tampoco pudieron decirme mucho más.

—Tendremos que esperar. Espero que no se retrase mucho, estamos justos de personal en todo el cuerpo —comenta Patricia.

—Lo sé, por eso he vuelto.

Patricia lo mira, sonríe y niega con la cabeza. Lo conoce muy bien y sabe que si ha vuelto es para tratar de calmar su obsesión por descubrir la verdad.

—Por otro lado, la Científica encontró huellas de tres personas en esta casa.

Unas son las tuyas, obviamente. Hay otras que coinciden con las que tenemos en el DNI de Óscar Sabater.

Leí tu declaración, y lo llamé ayer para que me diera su consentimiento y poder cotejarlo.

No puso problemas. Que sus huellas estén aquí se explica porque te ayudó a limpiar.

Las vuestras están en varios puntos, distribuidas por toda la casa, en general.

Luego hay huellas de una tercera persona a la que no se ha podido identificar porque todas son parciales, sin puntos característicos; aun así, me dicen que, por las crestas epidérmicas y el tamaño, podrían ser las de una mujer joven.

—Patricia hace una pausa—. Por lo que me has contado, es muy probable que sean de Amanda, la hija de Lisa.

Estas últimas huellas parciales estaban solo en el cuarto de baño. ¿Limpiasteis muy a fondo?

Gabriel se sonroja.

—Yo no, la verdad. La casa no estaba hecha una pocilga; se notaba que la habían adecentado. Salvo por la basura y la habitación erótica. Óscar se ofreció a limpiar esa habitación y yo me encargué del resto.

—¿Tú limpiaste el cuarto de baño? —pregunta Patricia.

—Sí. ¿Por…?

—Porque es evidente que a la casa le habían hecho una buena limpieza antes de que llegaras.

No hay huellas de Rafael, y él vivía aquí; no se puede explicar de otra forma.

Sin embargo, quien lo hiciera cometió el error de dejarse la basura.

No podemos buscar en ella porque la tiraste, y como el armario de la cocina donde la encontraste estaba tan sucio te esmeraste en desinfectarlo.

—Cuando lo hice no podía imaginarme todo esto —se excusa Gabriel.

—¡Por supuesto! Solo estoy recapitulando, no es culpa tuya.

Lo que quiero decir es que, teniendo en cuenta que la casa estaba limpia previamente y que la contaminó quienquiera que se colara para fornicar en tu habitación, faltarían las huellas de una persona más.

Las tuyas y las de Óscar están justificadas, pero ¿con quién entraría la chica de las huellas parciales? No hay rastro.

—Puede que Óscar limpiase la habitación a conciencia, que sea más pulcro que yo, lo cual no es difícil, y que por eso los de la Científica no hayan encontrado nada.

—Sí, es una posibilidad. También podría ser que esa persona llevase guantes.

Viendo las fotos de lo que tenía montado ahí dentro, no es descartable —admite Patricia.

Se levanta del sofá y lanza a Gabriel la bolsa negra—.

Tu radio, las esposas y tu arma; está descargada. Vístete, que tenemos mucho trabajo.

—Bueno, tú mandas. ¿Por dónde quieres empezar?

—Por el marido celoso, por supuesto. Siempre es mi principal sospechoso —concluye Patricia.

—Sabía que ibas a contestar eso —dice Gabriel sonriendo.