Capítulo 13
El comisario Germán Urriaga se ha personado en casa de Gabriel Somoza. Está pasado de kilos y apesta a tabaco. Gabriel no lo recordaba tan gordo ni tan deteriorado. Su rostro refleja cansancio y desgaste; sus ojos piden a gritos recuperar horas de sueño.
Gabriel le tiende la mano, aún manchada de tierra, y el comisario le sonríe.
—Me alegro de verle, Somoza, pero tenemos que evitar el contacto y mantener la distancia de seguridad —se disculpa—. Póngase la mascarilla, por favor. ¡Y eso va también por los demás! —grita al tiempo que vuelve la cabeza para que todo el mundo lo oiga.
Una nube de policías corre de un lado a otro buscando mascarillas.
—Escúchenme con atención. Si alguien tiene fiebre, tos o se encuentra mal, que lo diga y se marche a casa.
Ya tenemos suficientes agentes de baja, y no quiero aumentar la cifra.
¿Está claro? —El comisario se concede una pausa hasta asegurarse de que sus subordinados asienten—. Somoza, venga conmigo.
Ambos se apartan unos metros del meollo. Urriaga hace un gesto a Gabriel para que se mantenga alejado de él.
—Póngame al día —solicita Urriaga.
Gabriel se lleva una mano a la nuca y mueve la cabeza para afirmar. Hay mucho que contar.
—Esta es la casa de veraneo de mis padres. Decidí venir aquí a vivir para estar más tranquilo, pero el anterior inquilino había dejado de dar señales de vida y no pude entrar hasta que…
—Todo eso lo sé, Somoza —interrumpe el comisario—. No soy estúpido. Lo que no sé es qué coño hace un cuerpo calcinado enterrado en su jardín.
Gabriel se vuelve y centra la mirada en los agentes de la Policía Científica, que están terminando de desenterrar los restos que ha encontrado. Solo puede ver cómo mueven la cabeza; quienquiera que lo enterrara ahí se tomó la molestia de cavar un hoyo profundo.
—Desde que estoy aquí, he tenido la sensación de que había algo extraño en la desaparición de Rafael Sierra. He investigado por mi cuenta —afirma Gabriel.
—¡Ah! ¿Se ha reincorporado? ¡Y yo sin saberlo!
Gabriel se encoge de hombros; ha captado la ironía.
—Lo necesitaba, señor.
El comisario Urriaga se le queda mirando. Da la sensación de querer soltarle algo, pero se está conteniendo.
—¿Qué ha averiguado? —pregunta finalmente.
—Los vecinos saben más de lo que cuentan, estoy seguro.
Hay varias personas que podrían tener un móvil; Rafael Sierra no era precisamente un santo.
Con un matrimonio que vive en la casa de enfrente, tenía un negocio un poco turbio en el que parece que estafaban a los ancianos de la zona —dice levantando la mirada hacia la casa de Ernesto y Aurora—.
Al menos dos mujeres han confesado que les robó.
—¿Sabe si lo denunciaron?
—No, pero uno de ellos agredió a Ernesto, que era socio de Rafael Sierra y, como le digo, además era su vecino.
—¿Cuándo fue eso? —inquiere el comisario colocándose bien la mascarilla.
—Después de que Rafael Sierra desapareciera. En el verano pasado.
—Vale. ¿Y qué más?
—Hay una vecina con la que es posible que tuviera una aventura, aunque ella lo niega.
Está casada, y su marido, por lo visto, tiene una buena posición económica.
—Gabriel se toma unos segundos para decidir qué contar al comisario.
Todo ha sucedido precipitadamente y no ha tenido tiempo para pensar—.
También encontré su coche; estaba aparcado cerca de aquí.
He dicho a los chicos de la Científica que se pasen por allí cuando acaben.
Mis huellas estarán en el interior porque forcé la cerradura.
Dentro encontré unos billetes de avión. Parece que planeaba irse al extranjero.
»Además, lo echaron de su trabajo. Como le he contado, no era un tipo muy legal, que digamos. Acabó mal en su anterior bufete.
Los ojos del comisario Urriaga transmiten ira. Gabriel asume que no aprueba las licencias que se ha tomado, pero tenía que explicárselo; antes o después, iba a saberse. Reza por que se compadezca de él y sea benevolente. Lo conoce bien y no duda que es un buen hombre.
—¿Y su familia? —pregunta Urriaga.
—Solo tenía un hermano y no se llevaban bien. La verdad es que ha dejado frentes abiertos por todos lados —contesta Gabriel tratando de justificar su actuación, aunque es plenamente consciente de que lo ha salvado su instinto. No tenía nada.
—Bien. ¿Está seguro de que es él?
—Va a ser difícil confirmarlo en el estado en el que se encuentra, señor. Veamos qué dicen los del laboratorio, pero es lo más probable.
—De acuerdo. Tendrá que prestar declaración. Ahora, siempre que no sea imprescindible, no se toman en comisaría por todo esto de la pandemia. Será por videollamada.
Cuando el comisario está a punto de darse la vuelta, Gabriel suelta sin rodeos lo que lleva un rato queriendo decir, esperando que llegase el momento oportuno.
—Señor, me gustaría llevar el caso.
Urriaga se detiene en seco, pensativo.
—Mira, Somoza, te voy a tutear, ¿vale? Ya nos conocemos desde hace unos años. —Carraspea—. Para eso tendrías que volver, y no estoy muy seguro de que sea lo más apropiado teniendo en cuenta que tú has sido quien ha hallado el cadáver, y en tu propia casa.
—Déselo a Patricia Siles, y yo la ayudaré. Sé que necesita agentes, señor.
Durante un largo minuto, el comisario se lleva la mano al mentón y hace ademán de contestar en varias ocasiones, pero se detiene antes de decir la primera palabra.
Finalmente, suspira y le clava la mirada a Gabriel.
—Estaría dispuesto a hacer una excepción, por tratarse de ti, y porque, según parece, es justo lo que necesitas. ¿Estás listo para reincorporarte?
—Sí, señor. Lo estoy.
—Entonces llama a la central y que preparen el papeleo. El caso es de Siles. ¿Queda claro?
Gabriel asiente ocultando la sonrisa debajo de la mascarilla.