Capítulo 12
Olivia Hidalgo no está acostumbrada a pasarse los días sola en casa sin nada que hacer. Siente que el techo se le cae encima viendo cómo pasan las horas. Su marido trabaja a destajo en el hospital, salvando vidas, y ella no puede hacer nada para ayudarlo. Lo idolatra a la par que lo envidia.
Desde que comenzó a correr el rumor de que un peligroso virus procedente de China podría llegar a Europa, Olivia ha insistido a su marido en que era un buen momento para solicitar un par de meses sin sueldo.
No necesitan el dinero. Con los ingresos que ha obtenido a lo largo de los últimos años a través de su agencia inmobiliaria tienen más que suficiente, incluso para echar una mano a su hijo, Álvaro, que vive en Sevilla con su novia y trabaja como cocinero.
Pero no consigue convencerlo. Le frustra no lograr lo que quiere, algo que suele obtener con determinación.
Fantasea con la idea de que Néstor, su marido, decida dejar de lado las interminables guardias y se quede en casa, con ella, a salvo de un peligro hasta ahora desconocido que amenaza con arrebatarle su más preciado tesoro: su familia.
Le gustaría que su hijo volviera al hogar; lo añora.
Pero es una buena madre y sabe que él es feliz.
Eso le basta para no insistirle cuando se ven por videollamada.
Cada foto que Álvaro publica con su chica, luciendo esa sonrisa maravillosa que se apagó cuando tuvo problemas en el instituto, es un regalo que le desgarra el corazón al creer que lo pierde, pero que, a la vez, la complace.
Que esté orgullosa de ambos no significa que no se sienta sola. Necesita ser útil, y no puede hacer nada al respecto. Eso es duro para Olivia.
Han pasado varias horas desde que habló con su marido por última vez.
Néstor le dijo que saldría tarde del hospital y que no lo esperara para cenar.
Comentó que se apañaría con cualquier cosa y que no se molestara en cocinar.
Sin embargo, Olivia le ha preparado un manjar.
Buscó por internet una receta de solomillo Wellington, que ahora reposa en el horno esperando a que él regrese y pueda cenar caliente.
Nunca tiene tiempo de cocinar para Néstor debido a su trabajo, y hoy ha querido tener ese detalle.
Se dispone a abrir una botella de vino para amenizar la espera cuando unas luces azules intermitentes se cuelan por la ventana y captan su atención.
Al asomarse, descubre que provienen de varios coches de policía aparcados a ambos lados de la carretera que pasa por detrás de su casa, en la cuesta donde viven Lisa y Aurora. Se queda helada.
El primer pensamiento que invade su mente es que su marido ha tenido un accidente de tráfico. Lo llama, preocupada, pero no obtiene respuesta. Por si fuera poco, ahora suena el contestador, lo que la inquieta aún más.
Está oscuro y no logra ver con claridad lo que sucede. Solo distingue un desfile de personas entrando y saliendo de los coches patrulla cerca de la casa de Rafael Sierra.
Se plantea salir para echar un vistazo, pero se supone que no puede. Son policías, la multarían por saltarse el confinamiento. Tal vez debería esperar a que Néstor le conteste; no ha de preocuparse ni ser alarmista.
Pero el tiempo pasa, y cada minuto se hace más angustioso que el anterior. No se aparta de la ventana en ningún momento, deseando ver llegar el Audi de su marido, que no aparece por ningún lado.
Se sorprende al reparar en una figura conocida paseando a Milú. No se trata ni de Lisa ni de Aurora; es Bastian, que estará curioseando, porque rara vez se deja ver. No es el único, casi todo el barrio ha salido a husmear.
Olivia llama a su perro y le pone el collar. Si Bastian está cotilleando, ella también puede hacerlo.
Hace frío y un desagradable viento le azota la cara. Su perro no parecía tener muchas ganas de salir. Le ha resultado casi imposible sacarlo de su escondite bajo la cama que perteneció a su hijo cuando aún vivía en la casa.
Un aire de irrealidad impregna todo lo que sucede a continuación.
Se aproxima a la escena con sigilo. Escucha a un agente pedir a otro que se acerque al coche a por contenedores de pruebas y guantes.
Hay tensión en el ambiente; le parece oír la palabra «cadáver», pero no sabe quién lo ha dicho o si es producto de su imaginación.
Se le hunden los hombros, está muy asustada y el corazón le late a golpes.
Otros dos policías la miran con cara de pocos amigos al verla por allí paseando al perro.
Quiere dirigirse a ellos y preguntarles dónde está su marido, pero no le salen las palabras.
El vecino holandés, que jamás se relaciona con nadie del barrio, ha salido justo en ese momento a sacar la basura. «¡Qué casualidad!», piensa Olivia. Distingue a Bastian entre la multitud. Está junto a Milú dialogando con otro agente al lado de dos furgonetas con rótulo de la Policía Científica.
Ni para salir a pasear a la perra, Bastian es capaz de renunciar a su inconfundible indumentaria, con su boina burdeos de estilo francés y sus enormes gafas de pasta sobre una tupida barba canosa.
Cuando levanta la mirada para fijarse en el punto más alto de la cuesta, descubre a Roberto Valero, el marido de Paula, paseando también a su perro. Es algo que suele hacer su mujer o, en todo caso, su hijo, pero nunca él. Nadie en el barrio quiere perderse la oportunidad de fisgonear.
Olivia escucha cómo el policía se despide de Bastian y se mete en la casa de Rafael Sierra, donde hace poco se mudó un hombre, según pudo saber por sus amigas.
Siente alivio al pensar que es imposible que su marido esté allí dentro. Sea lo que sea lo que ha pasado, no es asunto suyo.
—Hola, Bastian —consigue decir Olivia arrastrando las palabras. Apenas han hablado un par de veces y espera que, al menos, la reconozca.
—¡Olivia! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo estás?
—Asustada. ¿Qué ha ocurrido aquí?
—¡Oh! No me lo han explicado; justo he preguntado lo mismo. Investigan algo, no sé mucho más. Me preocupaba que hubiera habido un caso de COVID y que tuviéramos que evacuar la zona, pero parece que no es eso.
—¿Y adónde iríamos en ese caso? —pregunta Olivia, contrariada. Es lo primero que se le ocurre después de escuchar a Bastian.
—¡Ni idea! La verdad es que todo lo que está pasando es tan raro que uno ya no sabe qué pensar.
Olivia se tranquiliza al examinar la calle y ver que no hay ningún coche accidentado.
—¿Cómo le va a tu marido? —pregunta Bastian desde una gran distancia mientras un policía cercano les clava la mirada.
—Está bien. Con mucho trabajo, pero sano y salvo.
«O eso creo», piensa.
—Dale un abrazo de mi parte y dile que estamos muy agradecidos por su esfuerzo.
El policía que anda por allí se dirige a ambos en tono altivo.
—Vuelvan a sus casas. Una cosa es pasear al perro y otra meter las narices donde no se debe.
Bastian se despide de Olivia con la mano y se pierde cuesta arriba, desdibujándose en la oscuridad de la noche. Cuando ha desaparecido, unas luces brillantes avanzan hacia ella. Es el coche de su marido, que vuelve a casa.
Desde la ventana, Aurora observa cómo Bastian y Olivia han bajado a curiosear. «¡Serán idiotas!», piensa con rabia agarrada a la cortina.
Siente que se le retuercen las tripas por los nervios y tiene ganas de vomitar. Debería abandonar a su marido por haber hablado tan mal a su nuevo vecino. Ahora no los dejará en paz. Tiene pinta de ser un hombre vengativo, de esos que no toleran que nada ni nadie se imponga a sus deseos.
Ernesto no para de intentar hablar con ella, pero Aurora no quiere saber nada de él. Está enfadada, y con razón. A veces no piensa; bueno, más bien, nunca piensa antes de actuar y siempre mete la pata.
Cada vez que uno de los agentes sale de la vivienda, se estremece al creer que llamarán a su puerta para interrogarla.
Tal vez pase esa noche en comisaría. Se pregunta si, con la pandemia, se han implementado calabozos individuales.
En cualquier caso, no sería placentero. Desde que Rafael llegó a sus vidas, siente que ha envejecido veinte años.
Gabriel Somoza sale de su casa junto a otro hombre. Están hablando, pero es imposible saber de qué. Aurora reacciona tarde cuando Gabriel centra la mirada en la ventana desde la que ella vigila. Por instinto, da un paso atrás y mueve la cortina. Es evidente que la ha visto.
Carlos Valero no puede resistir la tentación y se escapa, como tantas otras veces, con la cámara colgada al cuello.
Ha escuchado a su padre y a su madre hablar.
Cuando él ha dicho que saldría a dar una vuelta con el perro para intentar enterarse de algo, Carlos ha creído conveniente hacer lo mismo.
Si su padre tiene esa potestad, ¿por qué no iba a tenerla él?
Conoce tan bien el bosque que, incluso en una noche cerrada, sería capaz de alcanzar el punto más elevado de la montaña, donde suele acudir a menudo para disfrutar de una perspectiva perfecta de su barrio.
Hoy ha sido más fácil; las luces azules de los coches patrulla iluminan intermitentemente el camino.
Solo ha tenido que ser un poco más cuidadoso de lo habitual para evitar que alguien lo viera.
Sonríe al descubrir que no es el único al que le gusta meterse donde no lo llaman.
Toma fotos de Olivia, la amiga de su madre, quien, por la expresión del rostro, parece angustiada; de Bastian Dubois, de quien es complicado obtener instantáneas, ya que solo pone un pie en la calle si hay algo que llame su atención, como ahora; también del hombre que vive actualmente en casa de Rafael Sierra, manchado de tierra y con un aspecto deplorable; y de su propio padre, que intenta pasar desapercibido desde la distancia.
Son tantos los vecinos que han acudido al mismo punto que le resulta difícil fotografiarlos a todos. Seguro que alguno se le escapa.
Por las luces y los sonidos, deduce que algo ha sucedido en el jardín trasero de la casa donde vivía Rafael Sierra, pero ese punto es ciego. Lo que suceda allí no podrá inmortalizarlo con su cámara.