Capítulo 11
Amanda ha convencido a su madre y ahora es ella quien pasea a Milú.
Le ha prometido que será un paseo corto, de unos veinte minutos como mucho.
Solo que, una vez fuera, decide alargarlo un poco más; su madre ya no puede hacer nada por evitarlo.
Tardará solo tres minutos en llegar hasta donde pretende, pero quiere recrearse, sin prisas. Lleva días encerrada y es su momento.
Se sitúa a un lado de la carretera, desierta al igual que las calles. Se protege de los rayos del sol a la sombra de un álamo, incapaz de controlar su nerviosismo. Desde la distancia, observa la casa que ha ido a ver o, mejor dicho, la casa de la persona a quien quiere ver.
La ventana de la cocina está abierta y una mujer coloca vasos en los estantes. Está de espaldas y no advierte su presencia. De eso se trata, al menos, de momento. Él debe de estar por algún lado, ya que su coche está aparcado fuera.
Saca el móvil y escribe un mensaje:
Estoy enfrente de tu casa
Espera unos minutos hasta que la aplicación marca el mensaje como leído.
Siente que el corazón se le acelera. De repente, una cortina del otro lado de la casa se mueve apenas.
No alcanza a ver a la persona que se esconde detrás, pero sabe perfectamente quién es.
Recibe un mensaje de E casi al instante:
Vete de aquí ahora mismo
La ira se apodera de Amanda. Lanza el teléfono contra el suelo y aprieta los puños con rabia.
De algún modo, era consciente de ese desenlace, pero no pretende aceptarlo sin oponer resistencia.
Si E ya no quiere saber nada de ella, está decidida a entrar en la vivienda y contárselo todo a su mujer.
Ya no tiene nada que perder, pero él sí.
Cuando emprende la marcha hacia la casa, un coche de policía aparece por la cuesta, detrás de ella.
Amanda se detiene en seco, agacha la vista, recoge su teléfono y se va de allí.
Aurora ya no sabe qué hacer para matar el tiempo.
Ha decidido limpiar la casa a fondo, aunque no estaba sucia.
Ella no es, precisamente, una persona que descuide sus tareas domésticas.
Cree que es la mejor manera de evitar a su marido, quien está hundido en el sofá con el portátil descansando sobre los muslos.
Se pregunta por qué no engorda como ella, ya que comen lo mismo.
Piensa que no es justo que el paso del tiempo le afecte más que a él.
Después de dos horas vaciando armarios en la cocina, no soporta más verlo ahí sentado sin hacer nada. Es algo habitual, pero el confinamiento lo ha agravado.
—Ernesto, ¿qué estás haciendo? —le pregunta desde la distancia con los brazos en jarra y mirada inquisidora.
—Estoy escribiendo unos correos electrónicos. Cosas del trabajo.
—¿Qué trabajo? Si ahora está todo parado y no hay nada que hacer.
—Siempre hay algo que hacer, cariño.
—Sí, como regar las plantas del jardín. Eso estaría bien —añade Aurora subiendo el tono.
—Esta noche va a llover. Eso he leído.
—Ernesto, mueve el culo y riega las plantas del jardín.
Su marido cierra el ordenador de un manotazo. Parece resignado y eso alegra la expresión de Aurora. Se calza las chanclas y sale murmurando.
Aurora decide entonces tomarse un descanso y abre una lata de refresco.
Su cocina, recién reformada, está reluciente.
«Si no fuera por mí, esta casa sería una pocilga», piensa.
Echa un vistazo por la ventana y ve a su amiga Olivia con su perro por el parque.
Le gustaría llamarla y unirse al paseo. Quiere saber cómo está y qué tal le va a su marido.
Le dio mucha pena verla llorar el otro día.
De no ser porque quiere mantenerse alejada de ese indeseable policía a toda costa, saldría.
Por desgracia, su casa está justo enfrente, y seguro que la está vigilando para abordarla en cuanto ponga un pie en la calle.
No consigue quitárselo de la cabeza, en el mal sentido.
Desearía que nunca hubiese ido a vivir allí.
El problema es que ahora es su vecino y va a tener que buscar la manera de convivir con él.
Aurora no tiene intención de dejar esa casa, la que con tanto empeño cuida y que tanto trabajo le costó conseguir.
Oye unas voces que provienen del jardín. Su marido está hablando con alguien. Recorre el pasillo y se asoma a la ventana del salón. No da crédito: es su vecino, el policía, otra vez. Se apresura a salir.
—Ándese con mucho ojo, se lo advierto —oye decir a Ernesto.
Gabriel Somoza ha levantado la mirada al ver a Aurora. No parece afectarle mucho la advertencia de Ernesto.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta Aurora con preocupación.
—Me mintió sobre su relación con Rafael Sierra —acusa Gabriel con las pupilas fijas en las de Aurora.
«Este tipo no se anda con rodeos», piensa ella
—¿Qué? ¿Por qué dice eso? —contesta ignorando el gesto de su marido para que se retire.
—Me dijo que no lo conocía y es mentira. Recientemente he podido saber que trabajaron juntos.
Al escucharlo, Aurora se encoge, sin saber dónde meterse. Siente como si la tierra la absorbiese.
—No tienes por qué decir nada, cariño. Este hombre no es policía —se jacta Ernesto con una sonrisa en el rostro que, a ojos de Aurora, empeora la situación.
Lo mira atónita. Intenta transmitirle desaprobación. «¿Qué le pasa a Ernesto? ¿Se ha vuelto loco?», piensa.
—Que no esté en activo no significa que no sea policía —sentencia Gabriel.
—Usted no tiene ningún derecho ni autoridad para venir aquí a hacernos preguntas. Se lo advierto —dice Ernesto levantando el dedo índice—. No vuelva o seré yo quien llame a la policía. A la de verdad.
—¿Por qué se niegan a hablar conmigo? No es propio de alguien que no tiene nada que ocultar. ¿Son conscientes de la imagen que están dando?
Ernesto da un paso al frente y se coloca a escasos centímetros de Gabriel, que mantiene los brazos cruzados, sin inmutarse. Aurora siente que está al borde de un ataque de pánico. Quiere agarrar a su marido y meterlo de nuevo en la casa, pero no es capaz de reaccionar.
—Váyase ahora mismo —ordena Ernesto.
Sus caras están muy cerca la una de la otra.
El supuesto policía parece seguro de sí mismo.
Aurora piensa que, en caso de pelea, Ernesto no tiene nada que hacer.
Se imagina a ese hombre golpeándolo en su propio jardín sin que nadie pueda evitarlo.
«¿Por qué demonios le he pedido que riegue las plantas? », se recrimina.
—Sería más fácil que me contasen la verdad, pero si no quieren colaborar, me iré.
Ernesto se aparta y le indica el camino de vuelta a su casa.
Por un momento, Aurora se siente orgullosa de él.
Le ha parado los pies a ese entrometido, pero es imposible no pensar en las consecuencias; la efímera adulación se convertirá pronto en odio.
Ella es más lista que su marido y sabe que no están actuando bien.
Tiene que hallar la manera de solucionarlo.
Gabriel se abre una cerveza. Las puso en el congelador al volver del supermercado y ahora están muy frías, justo como a él le gustan.
Se sienta en su jardín y mira el mar. Siente que está llegando a un callejón sin salida.
Sabe que es bueno en su trabajo, pero necesita las herramientas adecuadas y no las tiene.
Ni siquiera tiene autoridad, lo que hará que le resulte muy complicado seguir adelante con los métodos convencionales.
Se ha prometido a sí mismo tomarse un descanso esa noche.
No le vendría mal encender el televisor y ponerse al día con el desastre que está causando ese virus del que todos hablan.
También podría ver una película. No recuerda cuándo fue la última vez que se sentó a ver una.
No quiere hacer memoria porque seguro que fue con su mujer, y evocar ese pensamiento le llevará a hundirse en el abismo. Ahora no se lo puede permitir.
Tras un trago y varios minutos contemplando cómo los rayos de luz empiezan a disiparse y el cielo se tiñe de un tono anaranjado, percibe un movimiento sutil en una esquina de su jardín, esa donde la sombra de unos árboles ha permitido al césped sobrevivir a la ausencia de cuidado.
Un gato negro de ojos amarillos lo mira fijamente sentado sobre los cuartos traseros.
Mueve la cola, como si esperase recibir algo de comida.
—No tengo nada para ti, amigo —le grita Gabriel.
Entonces el gato comienza a restregarse contra la corteza de un árbol, primero con una parte del lomo y luego con la otra.
El teléfono de Gabriel vibra en su bolsillo. Lo desbloquea y descubre que tiene varios mensajes sin contestar. Lee primero el de Patricia, el que acaba de recibir:
Sobre la empresa no hay nada, pero Ernesto Crespo puso una denuncia el verano pasado por agresión. Parece que un tal Cole Kane se enfrentó a él acusándolo de estafar a su madre y la discusión terminó con un puñetazo. Te mando la copia de la denuncia por correo. Bórrala cuando la leas
Después de su conversación con Blanca, Gabriel se imagina quién puede ser Cole Kane. «Quizá sea algo interesante», piensa.
El siguiente mensaje que lee es de Óscar:
Qué tal estás? Te funciona bien el ordenador?
Por cierto, se me pasó enviarte las fotos que me pediste cuando limpiamos la casa. Aquí las tienes
Gabriel ya no se acordaba de esas fotografías tomadas con el móvil de Óscar. Las abre y observa la nota escrita con letra infantil, la caja metálica de tabaco Full Virginia Flake y la basura desparramada.
Entonces lo ve con claridad. Su instinto se agarra a un leve indicio que había pasado por alto.
Se levanta de un salto y corre hacia el rincón donde el gato sigue reclamando atención.
Lo hace tan rápido que lo asusta; el animal sale corriendo y desaparece entre las sombras.
Se arrodilla y hunde los dedos en la tierra.
Tiene un presentimiento muy intenso. Recuerda algo que vio en la caseta de los aperos y sabe que le será útil, como seguramente ya lo fue en el pasado.
La noche ha empezado a caer y se apresura a encender los focos que iluminan su jardín.
Una nube de insectos revolotea alrededor de las luces mientras empuja con decisión la puerta de la caseta haciendo crujir la madera, y toma la pala que descansaba apoyada en la pared.
Poseído por su afán de justicia, descuida aspectos que serían importantes en una futura investigación. En cualquier caso, tampoco tiene los medios ni la capacidad para hacerlo de otra manera.
Vuelve al rincón frondoso, donde la hierba aún es verde, lamentándose por haber tirado los sobres de semillas que acaba de ver en la foto que Óscar le ha enviado.
Clava la pala ayudándose con un pie y retira, con cierta facilidad, la primera capa de tierra.
Sigue cavando sin pausa mientras varias gotas de sudor le surcan la frente. Pierde la noción del tiempo.
No sabe cuánto lleva removiendo tierra, pero debe de ser mucho, porque la noche ya ha cubierto el cielo y el cansancio comienza a afectarle. La tierra es virgen, sin raíces de ningún tipo, lo que refuerza su teoría y le infunde fuerza para continuar.
Cuando ya ha alcanzado gran profundidad, necesita un respiro.
Apoya el mentón en el mango de la pala clavada en el suelo y levanta la vista.
Se da cuenta de que nadie puede verlo desde donde está: no hay cerca ni una ventana, ni un camino; nada.
Está oculto detrás de su casa, y lo que haga quedará entre él y, quizá, ese gato negro que parecía indicarle el lugar.
Cuando se recupera, la rabia contrarresta las dudas y sigue cavando.
Tiene la camiseta empapada de sudor y le duelen los hombros.
En un momento determinado, clava la pala y oye un sonido hueco.
La lanza al suelo y continúa con las manos.
A esa profundidad, los focos no alcanzan y, a ciegas, remueve la tierra hasta que toca algo metálico.
Alguien ha colocado allí unas placas de metal.
Se imagina por qué y no puede evitar pensar que quien lo haya hecho se ha preparado a conciencia.
Continúa retirando tierra, ahora con sumo cuidado. La consistencia empieza a cambiar. Ya no es tierra, es ceniza. Agarra un fragmento que reconoce antes de que se descomponga y se convierta en más ceniza, pero ya no necesita cavar más.
Tenía razón: son huesos.