Capítulo 10 #2
—No tengo pruebas, Patri, pero estoy convencido de que los vecinos saben cosas.
Aquí hay algo turbio, seguro. Estoy hablando con ellos; quizá puedas ayudarme con eso.
Hay una mujer que me ha mentido. Me dijo que no lo conocía de nada, pero he descubierto que sí.
Necesito que busques información sobre ella, sobre su marido y sobre una empresa familiar de administración de fincas.
—¡Joder! —exclama Patricia.
—Lo sé, te estoy pidiendo mucho. Siento ponerte en este compromiso. Si tienes que decirme que no, adelante. Lo entenderé.
De nuevo, Patricia se toma un tiempo para pensar la respuesta.
—Lo haré por ti, pero ya sabes que no suelo hacer este tipo de cosas. Estoy a punto de salir a San Blas. Un tonto se ha saltado el confinamiento y está haciendo footing mientras los vecinos lo insultan desde los balcones. ¡Me muero de ganas! Mándame lo que tengas y esta tarde te lo miro.
—Muchas gracias, Patri. De verdad.
—Pero es la última vez. ¿De acuerdo? —le advierte.
—La última.
Blanca ha salido de la ducha y se ha arreglado como si tuviera reservada una mesa en un restaurante de postín.
Se ha maquillado cuidadosamente y se ha perfumado para la ocasión.
Dos horas antes, María le había preparado una lista de la compra y, sin perder un segundo, Blanca escribió un mensaje a Gabriel Somoza para encontrarse en el supermercado.
La noche anterior estuvo pensando en él antes de dormirse y, aunque no recuerda su sueño, mantiene la esperanza de haberlo visto en esa dimensión.
Ha empezado a idealizarlo. A pesar de que no lo conoce de nada, le parece un hombre atento y educado, y cree que la trataría como si fuese una reina, si ambos fueran pareja. Le preocupa más la impresión que ella pueda causarle que la información que él solicite.
Se sube al coche y sintoniza una emisora donde solo reproducen baladas de amor. Sin tráfico, el trayecto se hace corto, así que da un par de vueltas por los alrededores para ganar tiempo y llegar a la hora acordada.
Cuando accede al aparcamiento del supermercado, se sorprende al ver la tremenda cola que se ha formado en la puerta.
Hay unas treinta personas esperando para entrar, separadas entre sí unos dos metros.
Busca con la mirada y se angustia al no ver a Gabriel.
Cuando está a punto de volver al coche, un hombre, casi al final de la fila, le hace un sutil gesto de saludo.
Es Gabriel, que ahora se ha girado y habla con la mujer que está detrás de él.
La mujer asiente con la cabeza y da un paso atrás, lo que permite a Blanca colocarse en su lugar.
—Buenos días —saluda Gabriel.
—Hablemos bajito para que no nos llamen la atención —sugiere Blanca, y evita decirle que es la única persona en la cola sin mascarilla y que todos lo miran.
—Bonito abrigo —comenta Gabriel.
—Gracias —responde Blanca sonrojándose.
—No sé cuánto tiempo tendremos; mejor vayamos al grano —propone Gabriel.
«Deberíamos fugarnos del país y vivir una aventura», piensa Blanca.
—Claro. ¿Qué necesitas saber? —pregunta tras una pausa.
—Todo. Cómo era Rafael, con quién se relacionaba, si alguna vez mencionó algo sobre irse de la Coveta… Todo lo que puedas contarme.
Blanca adopta una pose que considera seductora, con una mano en la cadera y la otra sobre el hombro contrario. Está nerviosa, ya no se acuerda de la última vez que intentó seducir a alguien.
—Rafa era un poco vendehúmos, se le notaba. Ya te dije que intentó convencer a María de que podía administrarle su dinero. No fue la única; la mayoría de las mujeres que jugaban a las cartas con María contaban lo mismo.
—¿Y alguna le contrató?
—Al menos dos, que yo sepa. Rita, la mujer que vive cerca del centro social, y una señora inglesa que no es de las habituales. Creo que se llama Greta y se apellida Kane, o algo parecido.
—¿Estaban contentas con él?
—El caso es que sí. Decían que ya no tenían que preocuparse por revisar facturas, que él les gestionaba todo y podían estar tranquilas.
Son personas mayores a las que les resulta complicado usar un ordenador o una aplicación del móvil para comprobar que no les han cobrado de más en la factura de la luz.
Clava la mirada en Gabriel y esboza una sonrisa mientras se atusa el pelo.
—¿Esas mujeres tienen familia?
—Supongo que sí, pero viven solas. —Blanca levanta el dedo índice, ha recordado algo—. A Rafa le encantaba llamar la atención y era muy dicharachero; eso a las mujeres mayores les gusta. Recuerdo que la noche de San Juan hizo una hoguera en su casa, poco antes de que dejáramos de saber de él.
—¿Cómo que en su casa? —inquiere Gabriel.
—Sí…, bueno, ya sabes que en la noche de San Juan la gente baja a la playa y hace hogueras para saltarlas. Eres de aquí, ¿no?
—Sí, soy de aquí.
—Pues eso. Ese día Rafa hizo una hoguera en su jardín. La hizo en la parte trasera, así que no se veía mucho desde la playa, pero las llamas eran altas. ¡Menuda montó! Me chocó, porque a él le gustaba ser el centro de atención y ese día prefirió quedarse en casa.
Un hombre con una credencial colgada al cuello se acerca a Gabriel, que ha empezado a tomar notas en su libreta.
—Disculpe. ¿Qué hace? —le pregunta con cara de pocos amigos.
Gabriel lo mira fijamente, sorprendido.
—Reviso mi lista de la compra —responde sin dejar de observarlo.
—Póngase esto, por favor —le dice el hombre, y le ofrece una mascarilla.
Blanca siente vergüenza al notar tantas miradas sobre ellos y se ruboriza. Sin darle mucha importancia, Gabriel accede y continúa con la conversación.
—¿Qué me puedes contar de los vecinos del barrio? ¿Sabes si Lisa Dubois tenía alguna relación con Rafael?
Blanca levanta la cabeza con los ojos bien abiertos.
—¡Uf!, Lisa. Esa familia es muy rara.
—¿Por qué lo dices?
—A ver… Es verdad que se rumoreaba que Lisa y Rafa se veían.
Yo nunca los vi juntos, esa es la verdad, pero en las partidas de cartas…
a veces se comentaba. —Blanca mira a Gabriel, absorto escribiendo notas, y no sabe si debe hacer una pausa para darle tiempo a terminar—.
El caso es que conozco a Silvia, la asistenta de los Dubois.
Me gusta mucho más que su anterior asistenta, Mónica; esa mujer no era tan cercana.
El caso es que se podría decir que Silvia y yo somos amigas, quizá porque tenemos el mismo trabajo, no lo sé, aunque no la envidio para nada.
Silvia me contó que había encontrado un cajón lleno de juguetes sexuales en la casa de los Dubois, pero de tipo sadomasoquista, ¿sabes? Algo extraño.
—¿Esos juguetes eran de Lisa? —pregunta Gabriel, que ahora mira a Blanca centrando en ella toda su atención.
—No, aquí viene lo peor. Eran de su hija, Amanda, que tiene solo diecisiete años.
—¿Cómo supo Silvia que eran de la chica?
—Porque estaban en su habitación, escondidos en un doble fondo del armario.
Blanca observa cómo Gabriel enarca las cejas y lamenta no poder verle la cara completa por culpa de la mascarilla.
—¿Sabes si Amanda tiene pareja? —pregunta Gabriel devolviendo su atención a la libreta.
—No, que yo sepa. Pero puede que lo lleve en secreto. Es bastante común a esa edad.
Gabriel asiente. Blanca no puede dejar de mirarlo, lo desea.
—¿Y qué puedes contarme del marido de Lisa?
—A Bastian se le ve poco, es muy hermético.
Aunque María lo tiene en muy alta estima.
El año pasado, cuando María estuvo ingresada en el hospital por una fractura de cadera, Bastian le envió flores y con eso se la ganó.
En realidad, es un hombre de pocas palabras.
Por lo que sé, nació en Francia y heredó una gran fortuna.
Vino a vivir a España siendo muy pequeño y por eso apenas tiene acento.
Ahora bien, como te digo, no hablamos mucho.
Nos cruzamos alguna vez al tirar la basura, poco más.
Creo que no es consciente de lo que tiene en casa, si me preguntas por mi opinión.
La cola avanza unos metros. Blanca y Gabriel se desplazan con ella.
—¿Conoces a Ernesto Crespo y Aurora Soto? Viven justo enfrente de mi casa.
—Sí. Es un sitio pequeño, nos conocemos todos.
—¿Sabes si se relacionaban con Rafael?
A Blanca le resulta extraña la pregunta y muestra desconcierto en su expresión.
—¡Claro! Rafa trabajaba con ellos; de hecho, facturaba todo a través de su empresa de administración.
—¿Estás segura de eso? —pregunta Gabriel, expectante.
—Completamente. Siempre lo decía. Creo que lo hacía para que la gente se fiara de él, como si, de alguna manera, a Ernesto y Aurora se les respetase más que a él —afirma Blanca.
La cola ha avanzado un poco más y ambos están a punto de entrar en el supermercado. Blanca se entristece al pensar que su conversación con Gabriel va a terminar pronto. Desearía poder hablar de temas mucho más interesantes que Rafael Sierra.