Capítulo 10
El martes por la mañana, Gabriel se da cuenta de que necesita ir a comprar.
No le queda café y la comida empieza a escasear.
Esperará a que Blanca le indique a qué hora ir; puede ser una conversación muy interesante.
Con solo mirarla a la cara, tuvo claro que ella se muere de ganas por contarle todo lo que sabe.
Si es algo provechoso o no, tendrá que averiguarlo.
Ha madrugado y es demasiado temprano para salir al jardín; el sol aún no ha tomado altura y hace fresco.
Se queda dentro de casa repasando las notas de su libreta.
Tiene tareas pendientes, así que enciende el ordenador y lo conecta al internet de su móvil.
Le sienta bien establecer una rutina de trabajo y estar ocupado.
Es mejor que sentarse a esperar que el tiempo pase.
No se ha acostumbrado del todo a esa casa.
Se siente extraño, como si estuviese viviendo en un apartamento alquilado, a pesar de que es su hogar.
Cuando ha cruzado el salón, nada más despertar, le ha inquietado descubrir que uno de los cajones del mueble del televisor estaba mal cerrado.
No lo dejó así, está seguro. Es algo que le irrita mucho; siempre que ve un cajón medio abierto, lo cierra.
Intenta recordar si lo abrió para algo, pero no consigue llegar a ese punto.
Se dice que una de sus prioridades debe ser arreglar la ventana que no cierra bien.
Decide centrarse en lo importante, y lo primero que hace es abrir la libreta por la primera página y marcar el número de teléfono que estaba anotado cuando la encontró en la mesa del recibidor.
Tras dos tonos, salta una grabación automática: «Debido a la pandemia, nuestras instalaciones permanecerán cerradas hasta nuevo aviso. Disculpe las molestias».
Casi al instante, introduce el número en el buscador del ordenador que le ha prestado Óscar.
La búsqueda lo redirige a la página de una policlínica situada en el centro de Alicante llamada Disponere.
Accede a su página web y descubre que el establecimiento ofrece atención en muchas especialidades médicas. Es un callejón sin salida.
Se toma un tiempo para reflexionar. Le extraña que un negocio que ofrece asistencia sanitaria esté cerrado en una pandemia.
Como llevaba tanto tiempo desconectado del mundo que lo rodea, no tiene mucho conocimiento sobre el virus del que tanto habla la gente.
Piensa que es momento de leer las noticias y ponerse al día.
Durante la siguiente hora, lee las ediciones digitales de los principales periódicos nacionales.
Presta especial atención a un artículo titulado «Cronología del caos», y empieza a hacerse una idea de la magnitud del asunto.
Tras recabar información, entiende que el grueso de la demanda asistencial que surge de la COVID se centra en hospitales que cuentan con más recursos que una policlínica ubicada en un edificio del centro.
Le gustaría saber quién apuntó ese número en la libreta y por qué, pero sabe que será muy difícil conseguir esa información con los recursos de que dispone.
Decide pasar a la siguiente pista y marca otro número, el que figura en el contrato que encontró en el coche de Rafael Sierra. Salta otro mensaje automático: «El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos. Por favor, inténtelo de nuevo más tarde».
Gabriel chasquea la lengua. Ha tenido mala suerte con los números, aunque era previsible.
Fuera de la comisaría, sin acceso a bases de datos en las que apoyarse, será un milagro que consiga algo.
Es consciente de que tendrá que pedir favores si quiere avanzar en la investigación.
Quizá el siguiente no se lo pida a Nico.
Percibió un tono molesto en su voz la última vez que hablaron.
Parece evidente que no le gusta que investigue por su cuenta.
Hace una búsqueda en internet sobre Lisa y Bastian Dubois.
No hay mucho sobre ninguno de los dos. Se maneja bien con los buscadores y sabe cómo acotar los resultados.
Lisa aparece etiquetada en varias fotos de redes sociales.
En todas ellas viste prendas lujosas. Es una mujer con estilo, eso es innegable.
Sobre Bastian solo encuentra una foto en la que recoge un segundo premio en un concurso de literatura.
La imagen tiene al menos dos años y muestra a Bastian de perfil sosteniendo su libro abierto con una dedicatoria para los lectores.
Tiene que ampliar mucho la imagen, con la pérdida de calidad que eso supone, para poder leer lo que dice.
Después de un buen rato, cree que ha conseguido descifrar la dedicatoria: «Para todo aquel que corra el riesgo de leer este libro», o algo parecido.
Su firma, un garabato de gran tamaño, es más distinguible.
Gabriel se frustra; no está acostumbrado a trabajar así. No ha obtenido nada interesante.
Sigue siendo demasiado temprano para volver a casa de Aurora y hablar con ella.
Ayer, después de recoger el ordenador que Óscar le dejó en una mochila en el jardín, para evitar que su mujer se expusiera a visitas, se le ocurrió que sería buena idea echar un vistazo al buzón de su vecina.
Estaba oscuro y tuvo que encender la linterna, solo fue un segundo; luego, desapareció en la negrura de la noche, pero averiguó sus apellidos: Ernesto Crespo y Aurora Soto.
Con esa información le resultaría más fácil buscar.
Sobre Aurora tampoco encuentra mucho en la red, pero Ernesto es propietario de una empresa de administración de fincas.
Tiene nueve reseñas de todo tipo, aunque solo le interesa la única con una valoración de una estrella.
Carece de texto, y el usuario que la escribió firmó con el seudónimo «BiG BoY».
Llegado a ese punto, Gabriel toma conciencia de que debe cruzar su línea moral y pedir ayuda.
Busca en su teléfono el contacto de Patricia Siles, su mejor amiga…
o, mejor dicho, quien fue su mejor amiga.
Se estremece al ver que el último mensaje entre ambos lo escribió ella hace dos años y él nunca respondió.
Su dedo permanece unos segundos en el aire, dudando si descender y pulsar el icono verde o no.
No le gusta la impresión que le dará al llamarla después de tanto tiempo solo por interés.
No es de buena educación, pero está dispuesto a todo con tal de resolver el caso. Al final, hace la llamada.
—¿Gabriel? —contesta una voz femenina al otro lado.
—Buenos días, Patri. ¿Te pillo en mal momento?
—No, tranquilo. Bueno…, estoy trabajando, pero está bien. No esperaba que me llamases, pero me alegra que lo hayas hecho.
—Sé que es muy temprano, perdóname —se excusa Gabriel.
—¿Ha pasado algo? —pregunta Patricia con preocupación.
—Necesito pedirte un favor. La verdad es que no sé cómo decirlo. Sé que hace mucho tiempo que no hablamos y que debería haberte llamado antes, pero no ha sido nada…
—Gabriel —lo interrumpe Patricia—, no tienes que darme ninguna explicación; lo entiendo perfectamente y, sea lo que sea que necesites, si está en mis manos, cuenta con ello.
Suspira aliviado. Lo invade una sensación de bienestar al escuchar las palabras de su amiga, que no solo fue su compañera de universidad y de trabajo en el Grupo de Homicidios, sino también un hombro en el que apoyarse y una persona en quien confiar. Se arrepiente de haberla mantenido al margen.
—Te lo agradezco mucho.
—Dime, ¿qué puedo hacer por ti?
—Te cuento. No sé si Nico o alguien de la comisaría te ha comentado que el inquilino que vivía en mi casa de la Coveta desapareció.
—Sí. Hace poco me dijeron que fueron con la orden y, al fin, pudiste recuperarla.
—Así es. El caso es que, desde que llegué, tengo la sensación de que no se trata de una simple desaparición; creo que hay algo más —confiesa Gabriel.
—¿De qué estás hablando? —pregunta Patricia, intrigada.
—No lo sé. Puede que de asesinato, puede que de estafa… —Por primera vez, Gabriel comparte sus sospechas en voz alta.
Patricia tarda en contestar.
—Son dos cosas muy distintas.
—No tengo pruebas suficientes, Patri, lo sé. Pero te aseguro que aquí hay algo más, tengo esa corazonada.
—¿En qué te basas para decir eso?
Gabriel carraspea. No puede responderle que se basa en su instinto; si quiere que lo ayude, necesita algo más, solo que no lo tiene. Procurará adornarlo.
—He estado investigando un poco. El tipo era abogado y algo corrupto. Había intentado captar clientes con patrimonios elevados y, la verdad, creo que sus intenciones no eran buenas.
—Sí, pero todo eso es muy vago, Gabriel. Necesitas algo más concreto. ¿Sabes si salió del país o se fue a alguna parte? ¿Si se cambió el nombre? ¿Lo denunciaste por impago del alquiler? Dame algo de lo que tirar.
—He encontrado unos billetes de avión a su nombre con destino a Samoa.
—No sé ni dónde está eso —confiesa Patricia—. Pero quizá habría que empezar por averiguar si subió a ese avión —sugiere.
—No puedo hacer todo eso estando de excedencia. Solo tengo un portátil que usa Windows XP. —Gabriel oye una risa al otro lado—. Había pensado que tú podrías ayudarme con algunas pistas.
Patricia emite un bufido desalentador.
—Me pides algo imposible, Gabi. Estás haciendo todo esto en el peor momento.
Todos los policías estamos con controles y patrullando las calles por el confinamiento.
Es literalmente imposible contactar con empresas o instituciones, y más complicado aún con compañías aéreas, que tienen millones de reclamaciones por la cancelación de vuelos.
No nos vendría mal que volvieras, por cierto.
—Si vuelvo, no me dejarán seguir con esto… y lo necesito.
—¿Y cómo quieres que yo te ayude?