Capítulo 9
Cuando cae la noche del lunes, Blanca empieza a aburrirse de tanta televisión. Nunca imaginó que echaría de menos los paseos con María, aunque eso implicara empujar su silla de ruedas por las pronunciadas pendientes de la Coveta Fumá.
Por muy agradecida que esté por tener un trabajo y un techo bajo el que vivir, no quiere pasarse toda la vida cuidando de otra persona.
También tiene sus propias inquietudes y, sobre todo, extraña la compañía de un hombre.
Alguien que la mime, la bese y le haga el amor.
Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que ya ni siquiera está segura de recordar cómo hacerlo llegado el momento.
María se ha quedado dormida en el sofá, como de costumbre, lo que significa que tendrá que llevarla a la cama y ayudarla a acostarse.
Blanca aprovecha para cambiar de canal. Está cansada de oír a los expertos que hablan de la pandemia.
Piensa en lo frustrante que resulta que cada uno diga algo diferente; ya no sabe qué creer.
Zapea hasta que encuentra algo que no está relacionado con el virus.
También a ella se le empiezan a cerrar los ojos mientras ve una serie documental sobre un asesinato, pero, de repente, alguien llama a la puerta y se sobresalta.
María no se despierta. Blanca se levanta despacio y se asoma primero por la ventana de la cocina, desde donde puede ver la entrada. Es ese hombre desaliñado pero extremadamente atractivo que las abordó a ella y a María el otro día, el mismo al que le habían dejado una nota en su casa.
Blanca corre hacia el recibidor, dirige una mirada hacia María y confirma que sigue roncando. Se observa en el espejo de la entrada y se atusa el pelo. «¡Qué casualidad! Tenía que venir justo ahora, cuando estoy en pijama», piensa. Se desabrocha el botón superior de la camisa y abre la puerta.
—Hola —dice con voz suave.
Él la mira con una sonrisa.
—Hola. El otro día empezamos con mal pie. Estaba un poco molesto por la nota. Me llamo Gabriel —dice extendiendo la mano derecha.
Blanca duda, observa su mano y luego a él, encontrando su mirada.
—Yo soy Blanca. Se supone que no debemos tocar a otras personas —responde con una risa nerviosa.
—¡Oh! Sí, perdóname —dice Gabriel, y retira la mano.
—Lo siento, no es por mí. Vivo con una persona mayor que se está tomando todo esto muy en serio. De hecho, se enfadaría mucho si me viera de charla contigo.
—No quiero causar problemas. Verás, he venido a hablar con vosotras porque soy policía e investigo la desaparición de Rafael Sierra.
—Al oír esto, Blanca pone cara de sorpresa.
Se lo imagina con el uniforme puesto ofreciéndole una rosa—.
Cuando hablamos, me dio la impresión de que quizá lo conocías, te referiste a él como Rafa.
Cualquier información que puedas darme es muy valiosa.
Blanca piensa en lo que va a decir. Se le ocurre una idea alocada, pero podría funcionar. La verdad es que intuye algunas cosas y tal vez pueda sacar provecho de ello.
Se decide a pasar a la acción.
—Aquí es imposible que podamos hablar. María me mataría. El único momento en el que puedo salir es cuando voy a comprar. Mañana iré al supermercado que está en la entrada de El Campello. Dame tu número e intentaremos coincidir allí. Te contaré todo lo que sé.
—Me parece una idea estupenda —responde Gabriel, y se saca la libreta del bolsillo de la chaqueta.
Óscar acaba de llegar a casa después de trabajar.
Ha pasado todo el día en el hospital y está agotado.
Tiene heridas en la nariz provocadas por el roce de la mascarilla.
Su mujer y su hija están en el salón, pero no puede verlas.
Han acordado que, hasta que la situación se controle, dividirán la vivienda en dos mitades para evitar el contacto, ya que Óscar está muy expuesto.
Lo primero que hace es ducharse. Tiene compañeros que han decidido hacerlo en el hospital, antes de ir a casa; dicen que es más seguro, pero a Óscar no le seduce esa idea.
Cuando termina y se mira en el espejo, repara en que las heridas le sangran.
Se masajea la zona con los dedos y un dolor punzante lo obliga a fruncir el ceño.
A través de la puerta, y alzando la voz, comenta con su familia cómo le ha ido la jornada.
Les miente. Les dice que no ha sido para tanto, que ha tenido trabajo, pero como cualquier otro día.
Se le parte el alma cuando su hija le dice que tiene ganas de jugar con él.
Siente el impulso de llorar, piensa que no está siendo un buen padre y está a punto de derrumbarse.
Últimamente ha tenido que enfrentarse a situaciones para las que no estaba preparado y, en cierto modo, está sobrepasado.
Saca fuerzas cuando recuerda al hombre que ha visto agonizar esa misma tarde; ni su mujer ni su hija pasarán por eso. De ningún modo.
Su teléfono está lleno de mensajes de familiares y amigos que le preguntan cómo está y que, de paso, quieren saber de primera mano si lo que cuenta la televisión es real. Lee uno de ellos:
Fuerza, amigo! Saldré a aplaudir por ti a las 20 h.
Gracias por todo lo que estáis haciendo
A Óscar le da igual que lo aplaudan; solo quiere que todo esto termine.
Su mujer le ha dejado todo preparado en su habitación, incluido un viejo portátil que va a prestarle a Gabriel, quien lo llamó esa mañana para decirle que necesitaba algo con lo que poder trabajar.
Cuando termina de vestirse, mete el ordenador en una mochila, sale de casa y recorre el jardín para dejarlo junto a un frondoso olivo, aún dentro de su propiedad. Toma su móvil y escribe a Gabriel:
Ya puedes venir a recogerlo. La batería se agota enseguida, pero cumple su función
Te debo una
El lunes, a última hora, Ernesto Crespo simula trabajar con el ordenador mientras su mujer, Aurora, mata el tiempo viendo la televisión. En realidad, está buscando información sobre el policía que esa mañana acudió a su casa a molestarlo.
No le gustó en absoluto que, en plena pandemia, ese hombre se presentara en su puerta haciendo preguntas inapropiadas. Desde entonces, su mujer está muy alterada y lo paga con él. «La venganza se sirve en plato frío», se dice a sí mismo tratando de mantener la calma.
Solo tiene un nombre: Gabriel Somoza, que le mencionó a Aurora durante su conversación y que él escuchó desde el salón; pero eso, hoy en día, es suficiente para encontrarlo.
Se maneja bien con las redes sociales y los operadores booleanos, ya que los utiliza siempre que una clienta atractiva aparece en su oficina.
Así puede ver fotos y fantasear. Considera que gozar de ese tipo de habilidades y recursos lo convierte en una persona inteligente que desborda perseverancia y determinación.
No le resulta difícil encontrar los perfiles de ese hombre.
Le irrita descubrir que sus redes sociales están inactivas desde hace más de dos años.
En su foto de portada aparece junto a su familia.
«Debe de haberse separado, porque aquí ha venido solo», piensa.
Sus perfiles no están abiertos y no puede ver toda la información, a no ser que le solicite amistad y eso no va a suceder.
Encuentra un grupo de usuarios del que forma parte, «Promoción Criminología Alicante 02/05», y descubre un comentario suyo en una publicación que hace referencia a una cena de antiguos alumnos diciendo que no asistirá.
Lo interesante viene después, ya que varios miembros del grupo le responden dándole ánimos y deseándole una pronta vuelta al trabajo.
«¡No está en activo!», piensa Ernesto, satisfecho de haberlo descubierto.
Se regodea pensando que la separación ha debido de costarle una depresión. No siente ningún tipo de empatía.
En un momento determinado, aparta la vista del ordenador; le ha parecido ver que una luz se encendía fuera, en el jardín.
Se asoma por la ventana para descubrir que todo está oscuro y que no hay nadie.
«Qué extraño», piensa, sin darle mayor importancia.
Ansía continuar con su entretenida tarea.
Cuando termina de curiosear las redes sociales de Gabriel Somoza, hace lo mismo con una búsqueda general en internet.
Cualquier dato puede ser útil: una sentencia, un foro, una dirección…
, lo que sea; ya hallará la manera de utilizarlo.
Encuentra el enlace a una noticia de un diario con edición en Torrevieja. Tiene que leerla tres veces para entender por qué le resulta tan familiar.
Se le escapa una carcajada que llama la atención de su mujer. Ahora sí que ha averiguado algo con lo que podría hacerle daño.